¡Oh, mujer! lo primero de todo rindamos tributo de adoración a los dioses. Pero quisiera estar oyendo de continuo esa asombrosa nueva; que tuvieses a bien repetírmela.
CLITEMNESTRA
Sí, dueños son hoy de Troya los Aqueos. Imagínome ya estar oyendo las encontradas voces que resuenan en la ciudad. Echad vinagre y aceite en un mismo vaso, y veréis cómo no se juntan amorosos; cómo se rechazan. Así también suenan distintos y encontrados los gritos que en tan diversa fortuna lanzan vencidos y vencedores. Aquí están abrazados con los cuerpos de sus esposos, de sus hermanos y de sus padres, las mujeres y los niños, que ya no podrán ni siquiera llorar con libertad el triste destino de aquellos a quienes más amaron en el mundo. — Allí, los vencedores, después de la fatiga de la pelea y de una noche sin reposo, acosados del hambre, apercíbense a hacer la comida de la mañana con los manjares que la ciudad les ofrece. No hay orden ni rangos; cada cual se acomoda donde la suerte le depara, y así ocupan las casas de la cautiva Troya, y se ponen, por fin, al abrigo del sereno de la noche y de las inclemencias del cielo. — ¡Y cómo que son felices con poder dormir la noche entera sin centinelas que los guarden! Veneren piadosos a los dioses tutelares de la ciudad tomada; respeten sus templos, y no sufrirán después de la victoria la suerte de los vencidos. ¡Ojalá no se deje vencer nuestro ejército de la avaricia, ni entre en deseo de lo que no le es lícito codiciar; que para volver a sus hogares sanos y salvos, aún les queda por andar la mitad de la jornada! Y si pecaren contra los dioses pudiera suceder que a su vuelta, la sangre de los vencidos se alzase contra ellos; cuando no sobrevinieren nuevos males. Ahí tienes todo lo que yo, como mujer, puedo decir. ¡Que sea acabada su dicha y sin revés que la turbe; que no les deseo menos que la posesión de largos bienes!
CORO
Generoso es tu pecho, mujer, y has hablado como pudiera un hombre prudente. En cuanto a mí, oídas tus palabras, que no dejan lugar a duda, voy al punto a hacer piadosa oración a los dioses; que no merece menos la recompensa que han tenido nuestros trabajos.
(Vase CLITEMNESTRA.)
¡Oh, Zeus soberano! ¡Oh cara noche, que tan grande gloria nos deparaste, y tendiste red espesísima sobre los muros de Troya de modo tal, que ni el grande ni el pequeño, ninguno pudiera escapar de aquel lazo de esclavitud y muerte que los aprisionó a todos! Yo te adoro, Zeus poderoso, que velas por los fueros de la hospitalidad; hacedor de estas grandes cosas, que ya de antes habías tendido el arco contra Alexandro. No se disparó el dardo antes de tiempo, ni vanamente se perdió más allá de los astros.
Ya pueden decir que este golpe es castigo de Zeus; bien han podido conocerlo. Él comenzó esta obra, y él también la consumó. Hay quien dice que los dioses no se dignan cuidarse de los hombres que pisotean el honor de las cosas santas; pero el que así habla es un impío. Algún día se manifiestan los dioses a los hijos de aquellos hombres soberbios que sólo respiraban guerra e inquietud, y vivieron hinchados con la pompa de una opulencia sin medida. Viva yo libre de males, y tan sólo con lo que basta al varón prudente. No son baluarte las riquezas para quien en el tedio de la hartura derriba con pie sacrílego el ara santa de la justicia. Él será borrado de entre los hombres.
Arrástrale la funesta confianza que el delito engendra, madre y consejera de maldades. No hay salvación para él. Su crimen no permanece oculto en la sombra; antes, cual lumbre que brilla con siniestros fulgores, muéstrase a los ojos de todos. Como moneda de mala ley que con el uso y roce se ennegrece, así el hombre es por fin apreciado en lo que vale. Niño que corre tras el vuelo de un pájaro, al cabo ve que sólo ha conseguido arrojar indeleble afrenta sobre su patria. No hay dios que escuche sus preces, y el inicuo, que causó tantos males, es borrado de sobre la haz de la tierra. Así Paris, que recibido en el hogar de los Atridas, deshonró la mesa de la hospitalidad con el rapto de una esposa.
Osada ella, con audacia jamás vista, salva ligera las puertas de la ciudad. Déjale a su patria chocar de lanzas y de escudos, y armamentos de naves. A Ilión llévale en dote total y lastimosísima ruina. ¡Ay, casa! clamaban los adivinos de palacio con tristes lamentos; ¡ay, casa! ¡ay, príncipes! ¡ay, lecho nupcial! ¡ay, desaconsejados pasos de la afición amorosa! Ahí está el esposo que ella abandonó; ahí está, que se le puede ver; silencioso, sin honra; pero sin que ni una injuria salga de sus labios, ni se haya alterado la dulce tristeza de su semblante. Vencido del deseo de aquella esposa, que huyó al otro lado de los mares, diríase que es un espectro que reina en esos palacios. La gracia de las hermosas estatuas que se la representan, le es desabrida y aborrecible; que toda su hermosura se pierde en aquellos ojos sin expresión y sin pupilas.