Vienen las sombras de la noche, y asáltanle con tristes apariencias que le traen vanísima alegría. Vana, sí, porque cuando se imagina que está contemplando su bien, al punto escápasele de entre las manos, y la visión desaparece con alada planta por los ligeros caminos del sueño. Tales son los dolores que hacen su habitación en el hogar de este palacio; tales son, y aun otros que con mucho les superan. Mas donde quiera se enseñorea el dolor; un dolor que oprime los corazones. En cada hogar de donde salió un heleno para la guerra. Sí, ¡que son muchas las desdichas que hieren nuestra alma! Cada cual recuerda bien a quién dió su despedida; mas en vez de hombres, urnas y cenizas, he ahí todo lo que volverá a nuestros hogares.

Porque Ares, que vuelve cadáveres por hombres, y durante la pelea tiene en sus manos la balanza, envíanos desde Ilión, en vez de aquellos a quienes tanto amamos, el triste y lacrimosísimo polvo de sus cenizas, recogido de la ardiente hoguera; todo lo que de ellos queda, bien holgado en una urna funeraria.

Y se llora a los nuestros; y se bendice su memoria; a éste por diestro en el combate, a aquél porque cayó con honra en la fiera matanza por causa de una mujer ajena. Esto se murmura en voz baja, y dentro del pecho hierve dolorosa cólera contra los Atridas que todo lo provocaron. Los otros yacen allá, en honrados sepulcros, al pie de los muros de Ilión. La tierra enemiga guarda en su seno a sus dominadores.

Grave cosa es que un pueblo airado dicte sentencia; que al fin la maldición popular es deuda que se paga. Esta angustia, que no me deja un instante, me está diciendo que algo se oculta entre las sombras. No escapan a la mirada de los dioses los que han derramado torrentes de sangre. Andando el tiempo, las negras Erinnas, con precipitado vuelco de fortuna, hunden en las tinieblas al afortunado que menospreció la justicia; su fuerza toda se aniquila, y él desaparece sin dejar huella. De temer es ser aplaudido y envidiado. El rayo de Zeus hiere entonces los ojos, y ciega y derriba. Una dicha no envidiada, esto es lo que prefiero. Ni llegue yo jamás a ser destructor de ciudades, ni me vea jamás esclavo, y sujeto al arbitrio de otro.

Mas la alegre nueva del fuego mensajero ha atravesado veloz toda la ciudad. Si es verdad, ¿quién lo sabe? ¿No será quizá engaño de los dioses? ¿Quién tan niño y falto de seso que deje que su corazón se encienda con las noticias de ese fuego repentino, para que después tenga que sufrir el desengaño? Propio es del gobierno de la mujer celebrar victorias antes de sabidas. Es la condición femenil pronta a creerlo todo, y llenarse luego con ello. Gloria que tiene a la mujer por pregonero, es de corta vida y pronto se desvanece.

En breve vamos a saber si esas encendidas lumbres, si esa sucesión de hogueras eran verdad, o si a modo de un sueño su regocijada luz vino a engañar nuestra mente. He aquí que diviso un mensajero que llega de la costa, la frente sombreada con el ramo de oliva. Ese árido polvo que se levanta, hermano del lodo, me está notificando que alguien nos trae nuevas del suceso; y no mudo, ni con hogueras de silvestres sarmientos, ni con humos ni lumbres. Sí, sus palabras pondrán colmo a nuestra alegría. Lejos de mí imaginar lo contrario. ¡Ojalá lo que avenga supere nuestras esperanzas! ¡Y recoja el fruto de sus impíos pensamientos quienquiera que hiciese por la ciudad otras súplicas que estas!

(Sale TALTIBIO, mensajero.)

MENSAJERO

¡Oh tierra de Argos! ¡Oh suelo de la patria! Al cabo de diez años vuelvo a ti en este claro día. De tantas esperanzas defraudadas, por fin se me ha logrado una; la que jamás imaginé conseguir. Morir en Argos, y tener mi sepultura en su tierra queridísima. — Salve, pues, ¡oh tierra! ¡salve luz del sol! ¡y tú, Zeus, señor altísimo de esta comarca; y tú, dios Pitio, que ya no dispararás las flechas de tu arco contra nosotros! Sobrado tiempo, oh dios Apolo, nos fuiste contrario en las riberas del Escamandro; sé ahora nuestro salvador, y líbranos de nuevas contiendas. También a vosotros todos os saludo, dioses tutelares que presidís nuestra Ágora; y a ti, Hermes mensajero, mi patrón, gloria y culto de los mensajeros. Dióscuros, vosotros que acompañasteis nuestra marcha, recibid propicios los restos de nuestro ejército que escaparon de la lanza enemiga. — ¡Oh palacio de mis reyes! ¡Oh techo amado! ¡Oh sagrados altares! ¡Oh dioses saludados por el claro sol de Oriente; si por ventura de antes mirasteis a nuestro rey con serenos ojos, recibidle ahora con agrado después de tan larga jornada! — Porque el rey Agamemnón viene, y trae en sus manos la luz que ha de alumbrar esta obscurísima noche; la vuestra, la nuestra y la de todos. Ea, acoged como es debido al asolador de Troya, que con el azada justiciera de Zeus ha removido hasta el seno mismo de la tierra enemiga. Desaparecieron las aras y templos de sus dioses; la raza entera de un pueblo ha sido aniquilada. Y después que yugo tal echó sobre la cerviz de Troya, torna a vosotros el augusto Atrida, nuestro señor; el varón afortunado, el más merecedor de honores entre cuantos mortales existen hoy sobre la haz de la tierra. No se jactará Paris jamás ni la ciudad, que fué su cómplice, de que la hazaña superó al castigo. Convicto de rapto y robo, perdió la prenda robada, y arruinó la casa de sus padres junto con su propia patria. Con doble pena pagaron su culpa los hijos de Príamo.

CORO