CLITEMNESTRA
No hace mucho tiempo que gritaba yo trasportada de gozo; anoche, cuando la llama mensajera nos anunció por primera vez la toma y destrucción de Ilión. Y no faltó entonces quien me increpase, diciéndome: ¡Qué! ¿fiada en esas hogueras te imaginas ya que Troya ha sido destruída? ¡Cierto que es muy del corazón de la mujer el alborotarse luego! Con tales juicios pasaba yo por loca. No obstante, ofrecí sacrificios, y entonces aquí y allá, cada cual por su lado, iba clamando por la ciudad con femenil estilo, y celebrábase la alegre nueva en los templos de los dioses, mientras la fragante llama se iba apagando sobre el consumido cuerpo de la víctima. Ahora, ¿a qué es que tú me cuentes más? De boca del mismo rey voy a saberlo todo. Corro presurosa a fin de recibir a mi esposo venerado con el más grande acogimiento. ¿Qué luz habrá más dulce y clara para una mujer, que abrir la puerta a su marido que por merced de los dioses vuelve salvo del combate? Ve y dile a mi esposo; dile que cuanto antes, que en seguida venga a este su pueblo que le ama, y que en viniendo, que él encontrará en su casa una mujer fiel, la misma de siempre; cual la dejó; una perra para su casa; para él dulce, y para los que mal le quieren, fiera; y así en todo, que en tan larga ausencia no he violado el sello de su fe. Así sé de halagos ni de culpables palabras de otro hombre alguno, como de teñir cobre. Hacer gala de tales prendas, cuando se está lleno de verdad, no desdice en mujer de mi sangre.
(Vase.)
CORO
Bien puedes haberlo aprendido, que hermosamente lo expuso ella, y en términos que no pueden dejar duda. Pero dime tú, mensajero, que deseo preguntarte por Menelao. ¿Viene también con vosotros sano y salvo aquel príncipe tan amado de este pueblo?
MENSAJERO
No es posible, amigos, que yo os cuente falsas dichas. No os gozaríais largo tiempo en ellas.
CORO
¡Ah! ¿Cómo hacer que diciéndonos dichas, nos dijeses también verdades? Que dicha engañosa jamás deja de verse tal cual es, y bien pronto.
MENSAJERO