No entiendo ninguno de estos vaticinios. Los otros sí los conozco, que toda la ciudad los publica a voces aún.

CASANDRA

¡Ah, desdichada! ¿Cómo te atreves a consumar ese crimen? Vas a hacer entrar en el baño al esposo que comparte tu lecho; le vas a lavar tú misma, y... ¿Cómo decir lo demás? Ello ha de suceder bien pronto. ¡Ya tiende la mano sobre su víctima una y otra vez!

CORO

Nada comprendo. Envueltos esos oráculos en enigmas, no acierto a descifrarlos.

CASANDRA

¡Ah, ah, oh dolor! ¿Qué es eso que se ve ahí? ¿Es alguna red del Hades? Sí, una red; la túnica que le acompañaba en el lecho; el instrumento de su muerte. Legión desordenada de Erinnas, nunca hartas de la sangre de esta raza, romped en regocijados alaridos de triunfo por ese sacrificio execrable.

CORO

¿Qué Erinna es esa cuyas maldiciones llamas sobre este palacio? Pónenme miedo tus palabras. Agólpase mi sangre al corazón, como si herida con mortal golpe viera ya ponerse ante mis ojos la postrera y desmayada luz de la vida. ¡Ay! ¡Y cómo viene presuroso el infortunio!

CASANDRA