¡Oh hijos! ¡oh libertadores del hogar paterno, callad! Cuidado, no os oiga alguien, hijitos, y se le vaya la lengua y lo descubra todo a los que hoy todavía son los amos. ¡Así los vea yo algún día muertos y consumiéndose en abrasada pira!
ORESTES
No me hará traición, no, el oráculo del poderoso Loxias que me manda arrostrar este peligro. Él me hablaba con voz formidable; él hacía arder más y más la cólera en mi pecho, y me anunciaba que me asaltarán crueles infortunios si no busco a los matadores de mi padre, y no les doy igual muerte que a él le dieron, y no me revuelvo hecho un toro contra los que me despojaron de mi hacienda. Que entonces yo seré quien tendrá que pagar los infortunios de esa ánima querida, sufriendo largos y acerbos males. Y a mi pueblo le predijo todas las plagas de la tierra en satisfacción de las deidades irritadas; y a mí que la lepra invadiría mis carnes, y devoraría con hambrientas mandíbulas mi recia complexión de otro tiempo, y enfermaría mis cabellos, y los volvería blancos. “Otros golpes descargarán sobre ti las Erinnas, suscitadas por la sangre paterna —añadió—. En medio de la oscuridad verás centellear los ojos de tu padre y revolverse airados en sus órbitas. Y te herirá el dardo que desde el fondo de las tinieblas que habitan, disparan contra los suyos los que cayeron a impío golpe y no alcanzaron venganza. Y la rabia furiosa, y los vanos terrores de la noche te agitarán y te llenarán de pavor; y huirás de tu patria, siempre perseguido tu apestado cuerpo por acerado azote. Porque con estos tales ninguno partiría su copa; ninguno les haría lugar en sus libaciones; recházaseles hasta de las aras. Nadie daría abrigo al objeto visible de la cólera de un padre; nadie se hospedaría con él bajo un techo. Abominado de todos, sin un amigo, poco a poco se va consumiendo, y por fin, acaba en aquella crudelísima miseria.” Justo es que yo crea en estos oráculos; y cuando no creyera, todavía mi obra había de ponerse en ejecución. ¡Son muchos los incentivos que para ello se juntan! La orden de un dios; el duelo desconsolado de un padre, y la pobreza que me estrecha. ¿Ha de vivir este pueblo, el más glorioso entre todos los pueblos de la tierra, el que con inaudito esfuerzo destruyó a Troya, ha de vivir así a la voz de dos mujeres? Porque él tiene corazón mujeril, y si no, pronto se ha de ver.
CORO
¡Oh poderosas Moiras! ¡Ea, cúmplase lo que es justo, con ayuda de Zeus! La justicia reclama su deuda y grita con voz formidable: Páguese la afrenta con la afrenta; la muerte con la muerte. Ya lo dice sentencia antiquísima: quien tal hizo que tal pague.
ORESTES
¡Oh padre, padre infeliz! ¿Qué te diría yo? ¿Qué pudiera yo hacer que llegara desde este suelo a las profundas mansiones donde moras, y te restituyese de las tinieblas a la luz? ¡Mas presentes y honores se llaman aquí los lamentos; uno son para los antiguos señores de esta casa; para los Atridas!
CORO
Hijo, el fuego con sus voraces mandíbulas no logra aniquilar los afectos de los muertos. Después de la muerte estalla también su cólera. La víctima lanza lastimeros ayes, y su matador aparece a los ojos de todos. Los desgarrados y continuos lamentos de un padre, de aquel que te engendró, reclaman justa venganza.
ELECTRA