¿Dónde estáis, dónde estáis, potestades subterráneas? Tremendas maldiciones de los muertos, ved lo que resta de los Atridas; contemplad a estos infelices que no se pueden valer, ultrajados, y desposeídos de su casa.
CORO
Mi corazón se estremece cada vez que oigo tus lamentos. Cúbrese el alma de horrenda negrura, y la esperanza me abandona, cuando el valor y la confianza volvían a renacer; cuando divertía mis dolores, y esperaba que había de amanecer para nosotros un día feliz.
ORESTES
Entonces, ¿qué podremos decir? ¿Diremos los males que nos hace padecer una madre? ¡Ay, que quiere templarnos; pero estos dolores no se calman jamás! Como lobo hambriento, así es de implacable la ira que mi madre encendió en mi alma.
CORO
¿He podido hacer extremos de dolor como una ariana, ni mostrar mi duelo a estilo de plañidera cissia? ¿Acaso me viste tú corriendo de aquí para allá, e hiriendo mi cuerpo a puño cerrado con repetidos golpes, arriba y abajo, en la cabeza y en el pecho, menudeándolos con toda prisa y sin darme punto de reposo? ¿Oíste tú resonar mi cabeza dolorida al choque de mis puños?
ELECTRA
¡Ay enemiga y despiadada madre! ¡Tú te atreviste con inaudita resolución a darle sepultura como a un enemigo, sin que al rey le acompañasen sus ciudadanos, ni al esposo cortejo de piadosas lágrimas!
ORESTES