ESPÍA
Eteocles, óptimo príncipe de los cadmeos, torno de allá trayéndote nuevas ciertas del campo; yo mismo he sido espectador de los sucesos. Siete caudillos, hombres impetuosos, desollaron un toro sobre un herrado escudo; mojan luego sus manos en la sangre de la taurina víctima, y juran por Ares, por Enio y por Febo, ávido de matanza, asolar la ciudad, y devastar la fortaleza de Cadmo, a morir empapando en su sangre esta tierra. Después con aquellas mismas sangrientas manos cuelgan del carro de Adrasto las caras prendas que han de ser en el hogar memoria para sus hijos, y las lágrimas salen hilo a hilo de sus ojos, pero ni un ¡ay! de su boca. Antes sus almas de hierro, ardiendo en coraje, respiran muerte como leones que olfatean la sangre. Y no se ha de tardar perezosa la prueba de estos hechos, porque los he dejado echando suertes, a fin de que cada cual mueva su hueste contra la puerta que los dados le señalen. Por tanto, escoge al punto los guerreros más esforzados de la ciudad, y apóstalos en las avenidas de las puertas, que ya el ejército argivo, todo él armado, se acerca a toda prisa, y avanza entre nubes de polvo, y la blanca espuma salpica el llano, desprendida en gotas del agitado resuello de los corceles. Tú, pues, asegura la ciudad como prudente patrón de esta nave, antes que los vientos de Ares se suelten impetuosos. Ya ruge la terrestre onda de los sitiadores. Pronto, aprovecha cuanto más antes la ocasión de la defensa. Yo seguiré todo el resto del día con ojo vigilante y fiel, y sabedor tú con puntualidad de lo que ocurra de puertas afuera, estarás a salvo de todo golpe.
ETEOCLES
¡Oh Zeus! ¡oh Gea! ¡oh vosotros, dioses tutelares de la ciudad! ¡Oh Maldición y formidable Erinna de mi padre! ¡no queráis hacer presa de enemigos, y entregar a todo devastador estrago, y arrasar hasta los cimientos ciudad donde corre el habla de Hélade y hogares en que se alzan vuestras aras! ¡Jamás esta libre tierra ni la ciudad de Cadmo sufran el yugo de la servidumbre! Sed nuestro baluarte. Vuestra como nuestra es la causa porque abogo. Así lo espero, que en la buena fortuna es cuando una ciudad hace honor a los dioses.
(Vanse ETEOCLES, el ESPÍA y el PUEBLO.)
CORO
¡Ay que temo que habré de lamentar grandes dolores! El ejército ha dejado ya el campo y avanza con fiera acometida. Hacia aquí corre innumerable vanguardia de gente de a caballo. Esa nube de polvo que se cierne en el aire, me lo está anunciando, mensajero mudo, pero bien cierto e infalible. El fragor de la tierra, sacudida por los equinos cascos, se levanta de entre el polvo, y se acerca, y vuela, y brama a modo de victorioso torrente que con estruendo del alto monte se derrumba. ¡Oh dioses, oh diosas! apartad de nosotros el mal que nos asalta. Las haces cubiertas de sus lucientes escudos se lanzan con precipitada furia sobre la ciudad, prontas a la acometida; su vocear domina las murallas. ¿Qué dios nos defenderá? ¿Qué diosa será en nuestro socorro? ¿Ante cuál de estos simulacros de los dioses me postraré en súplica? ¡Oh bienaventurados, que ocupáis esos espléndidos tronos, llegó el momento de abrazarnos a vuestras imágenes! — ¿A qué es tardar gimiendo tanto? — ¿Oís o no oís el choque de los escudos? ¿Cuándo pensaremos en ceñirnos velos y coronas, y elevar nuestras súplicas, si ahora no?... Siento un estrépito. ¡Ay que no es el golpe de una sola lanza! — ¿Qué harás, oh Ares, antiguo señor de este pueblo? ¿Harás traición a una tierra que es tuya? ¡Oh dios de casco de oro, contempla, contempla la ciudad a quien tanto amor tuviste algún día! — Dioses tutelares de la patria, acudid todos, acudid; echad una mirada sobre este aterrado coro de vírgenes que os suplican temerosas de la esclavitud. En torno a la ciudad una ola de guerreros de ondeantes penachos hierve mugidora, hinchada por el aliento de Ares. — ¡Oh Zeus, padre sumo, defiéndenos de ser presa de nuestros enemigos! Porque los Argivos rodean la ciudad de Cadmo, y con ellos el terror de las marciales armas. Los frenos que sujetan las equinas bocas dicen con lúgubre son: ¡muerte! Siete hombres audaces que se señalan entre todo el ejército por sus ricas armaduras, blandiendo sus lanzas, amenazan las siete puertas, cada cual la que la suerte le ha deparado. — Hija de Zeus, potestad amiga de los combates, ¡oh Palas! sé el salvaguarda de la ciudad. — Y tú, creador del caballo, Poseidón, señor que dominas los mares con el tridente azote de los marinos peces, líbranos, líbranos de estos terrores. — Y tú, Ares, ¡ay de mí! guarda la ciudad que lleva el nombre de Cadmo, y haz ostentación de tu alianza. — Primera madre de nuestro linaje, Cipris, ven en nuestra defensa. De tu sangre nacimos, a ti llegamos ahora clamando, a ti con súplicas, que sin duda escucharán tus oídos de diosa. — Numen tutelar, Matador de lobos, por nuestros lastimosos clamores, sé el matador de esos lobos de nuestros enemigos. — ¡Oh virgen hija de Latona, ármate bien de tu arco, propicia Artemisa! — ¡Ah, ah, que oigo en derredor de los muros el estruendoso rodar de los carros! — ¡Augusta Hera! En los cubos de las ruedas rechinan pesadamente los ejes oprimidos. ¡Propicia Artemisa! — ¡Ah, ah! El aire brama enfurecido, azotado por las lanzas. ¿Qué te espera que padecer, ciudad nuestra? ¿Qué será de ti? ¿Qué fin te depararán los cielos en estas desventuras? — ¡Ay, ay! — Una granizada de piedras viene sobre las almenas de las torres. — ¡Oh propicio Apolo! Retumba en las puertas el estrépito del golpeado cobre de los escudos. ¡De Zeus venga el piadoso término rematador del combate! — Y tú, que habitas enfrente de la ciudad, Onca, bienaventurada señora, defiende esta tu morada de las siete puertas. — ¡Oh deidades prepotentes; excelsos dioses y diosas, custodios de las torres de esta tierra, no entreguéis la ciudad al hierro de un ejército que habla una lengua extraña! Escuchad, escuchad los justos ruegos de unas vírgenes que os tienden las manos suplicantes. Dioses amigos, rodead la ciudad, protegedla; mostrad cómo la amáis. Velad por los públicos sagrados ritos; velad por ellos, defendedlos. Haced memoria de las fiestas abundosas en víctimas, que con voluntad pronta este pueblo os consagra.
(Sale ETEOCLES.)
ETEOCLES
Yo os pregunto, ganado insufrible, ¿es esto mostrarse pronto a hacer bien a la ciudad, y salvarla, y dar aliento a sus asediados defensores? ¿Es esto? ¡caer ante las imágenes de los dioses tutelares, y gritar, y vocear, ralea aborrecida de los sabios! Jamás, ni en la mala ni en la buena fortuna, viva yo bajo un mismo techo con gente mujeril; que como ella domine, ¡qué intolerable petulancia! mas si algo teme, no hay peste como ella para su casa y pueblo. Ahora, con este gritar y este correr de un lado a otro, ponéis cobarde desaliento en el ánimo de los ciudadanos, y ayudáis a maravilla las armas de los de afuera. Nosotros mismos nos destruimos aquí adentro. He ahí lo que puedes sacar de vivir con mujeres. Mas si alguien no se sujetare a mis órdenes, hombre o mujer o lo que quiera que sea, contra ellos se dictará sentencia de muerte, y no habrá cómo escapen de ser apedreadas por el pueblo en público suplicio. Pues que al hombre tocan las cosas de afuera, no se entrometa la mujer en esto; estése dentro de casa, y no haga daño. ¿Oís, o no oís? ¿hablo con sordas por ventura?