Procuro obedecerte; pero el temor no deja que descanse mi pecho. Como paloma criadora, que a la vista del dragón se agita en el mísero nido, y tiembla por sus polluelos, así las ansias, que hacen habitación en mi alma, aumentan mis terrores. — El ejército todo viene derecho en apretadas haces hacia nuestras torres. ¿Qué va a ser de mí? De todas partes arrojan sobre nuestros soldados una granizada de asperísimas piedras. Dioses hijos de Zeus, haced todo esfuerzo en defensa de la ciudad y ejército de Cadmo. ¿Por qué otro suelo mejor cambiaríais este suelo, si abandonaseis esta tierra de profundos y henchidos surcos, y el agua Dircea, la más saludable entre cuantas buenas de beber envía Poseidón, el que entre sus brazos abarca la tierra, y los hijos de Tetis? Enviad, pues, dioses tutelares de mi patria, contra los que están fuera de muros la espantable derrota, perdición del soldado que hace arrojar las armas; dad el triunfo a los thebanos, y por nuestras lastimeras súplicas permaneced por siempre en vuestros ricos tronos para ser los defensores de Thebas.
Miserable cosa sería que una tan antigua ciudad fuese precipitada en el Hades. Que por permisión de los dioses se viese esclava, hecha presa de las armas enemigas, afrentosamente asolada por el aqueo, y vuelta en cenizas inertes. Que las mujeres ¡ay de mí! jóvenes y ancianas fuésemos llevadas por fuerza de las crenchas de nuestros cabellos a modo de yeguas, y desgarradas nuestras túnicas. Y en la desierta ciudad resonarían los apagados ayes de los cautivos moribundos. Ya antes de que suceda tan funesta desdicha se llena de terror mi alma.
Y bien de llorar sería para las delicadas doncellas dejar sus casas por un camino odioso, ya agostadas por bárbara fuerza, que arrebató los frutos verdes aún, antes que un legítimo hymeneo los gozase. ¡Qué por más dichoso tengo a quien muere, que no a éstas sin ventura! ¡Ay de mí, que ciudad entrada luego padece muchos infelicísimos males! Los unos haciendo cautivos a los otros, y dándoles muerte, y llevando a todas partes el incendio; la ciudad entera toda ella envuelta e infestada de humo; mientras el domador de los pueblos, Ares, atropella toda piedad, y sopla enfurecido.
Dentro de muros estrépito temeroso; fuera, una valla de picas que a modo de torre inexpugnable encierra a los vencidos. Al bote de lanza de un hombre cae muerto otro hombre. Resuena en el aire el vagido lastimero de los recién nacidos que espiran ensangrentando con su propia sangre el materno pecho que les sustenta. Tras de esto aquel correr codicioso de acá para allá, seguido de su hermano el pillaje. El afortunado, que hizo presa, se encuentra y topa con otro afortunado, rico de despojos, y el apocado, que va con las manos vacías, deseoso de su parte, incita a voces a quien como él va de vacío. Y no la buscan menor ni siquiera igual, sino cada cual mayor que la de los otros. ¿Qué podrá esperarse después de esto?
Derramados por el suelo toda suerte de frutos son dolor de quien se los halla, y amargura de los ojos del ama cuidadosa. Revueltos en confuso montón, corren muchos en sórdidas y vilísimas ondas los regalados dones de la tierra. Las tiernas doncellas esclavas sufren con nuevo dolor, como a un enemigo más poderoso, el servil lecho de quien las logró por su buena fortuna. Su esperanza es que venga la sempiterna noche y les libre de sus lastimosísimos dolores.
PRIMER SEMICORO
¡Oh amigas! he ahí el espía que llega, y según me parece trae alguna nueva del ejército. Bien de prisa viene, y apretando el paso.
SEGUNDO SEMICORO
Y aquí está el rey en persona, el hijo de Edipo, a saber las nuevas que el espía tan oportunamente trae. También a él apenas le deja la prisa fijar la planta en el suelo.
(Salen ETEOCLES y el ESPÍA.)