Cualquiera que sea la conducta de los yankees en el porvenir, nadie los eximirá de la acusación antedicha y mucho nos tememos que ésta se agrave cuando se firme la paz, si exigen á España otras condiciones para firmarla, que no sean la independencia de Cuba. Ya sabemos que se va á gritar: la nación vencida paga los gastos de guerra, porque es precepto del derecho internacional. A lo anterior contestamos: la guerra se ha verificado con violación manifiesta del derecho internacional y es ilógico querer aplicarlo al final de ella, cuando tácitamente se ha declarado sin ningún valor en el caso, y para encontrarle justificación hemos necesitado de recurrir al altruismo, considerándolo como una virtud del pueblo yankee, hemos aceptado que á éste no lo excitan los vulgares estimulantes del interés individual, y los movimientos altruistas no se efectúan para el logro de indemnizaciones materiales, sino para alcanzar con sacrificios por parte del altruista, la más preciada de las estimaciones: la gratitud. Al reproche y no á la gratitud, se harán acreedores los yankees, si después de haber proclamado que iban á obrar movidos por los sentimientos más nobles, cobran corretaje por sus buenas acciones, á aquellos á quienes ya han perjudicado demasiado.

Hay que consignar que el hecho de haber recurrido á la fuerza el Gobierno yankee para lograr la independencia de Cuba, no ha merecido universal aprobación entre los gobernados por McKinley. La mayor parte de la gente sensata de los Estados Unidos de Norte América, ha declarado que la guerra es injusta é innecesaria y aun después de iniciadas las hostilidades ha reiterado esa declaración.

Una palabra para concluir la parte relativa á las causas de la guerra. Como causa ocasional se ha señalado la explosión del «Maine.» La moralidad del Gobierno yankee resulta dudosa en el caso, porque un asunto sencillísimo, por ser del dominio de las ciencias inferiores, en las que la complexidad menor de los fenómenos, facilita singularmente el estudio de éstos, no quiso someterlo al augusto tribunal de la ciencia, y en vez de pruebas decisivas contra los españoles opuso el silencio más completo, cuando la ciencia pedía á gritos que no se la manchase con el dolo al que es completamente ajena.


Desde que se reanudó en 1895 la insurrección de Cuba, los políticos jingoes, así yankees como ingleses, y la prensa amarilla de todo el orbe no han cesado de insultar á España y al criterio en todos los tonos y con los epítetos más injuriosos, presentando como razón la conducta del pueblo ibero en sus diferentes colonias. Por fortuna, los historiadores juiciosos como Prescott, por ejemplo, no se dejan influir por jingoes y periodistas amarillos y no riñen con el método, la lógica y el criterio, y Gibbon, Robertson, Hallam y los historiadores de su talla seguirán ejerciendo el irresistible influjo que ejercen y han ejercido y continuarán en el elevado puesto que ya tienen, pese á todos los calumniadores de la Patria de los reyes católicos.

No vamos á tratar la cuestión II de nuestro estudio con la extensión de que es susceptible, porque no es nuestro ánimo escribir un libro, apenas la delinearemos aunque es fecunda en grandes enseñanzas y tiene un interés verdaderamente grande.

Dejaría de ser desde el punto de vista positivo nuestro ensayo si no aplicásemos el criterio positivo al examen de los hechos. Entre los numerosos títulos que tiene Augusto Comte para ser considerado como el más grande de los filósofos contemporáneos, figura en primera línea el de haber planteado y resuelto con incomparable acierto el problema de la educación del hombre. La sagacidad sin par del fundador de la sociología se manifiesta en alto grado en la manera como trató tan importante problema y en la acertada solución que le dió. Haber demostrado que el estudio de los métodos es inseparable del de las doctrinas, y que cada ciencia posee un método ó métodos que le son peculiares en las investigaciones que constituyen su objeto, es una gloria que nadie disputará á Comte, porque solo él, entre los filósofos, con esa videncia propia únicamente de los genios, encontró y puso en claro la importancia capital del método sobre la doctrina.

Hemos hecho la anterior digresión para precisar nuestro punto de vista, para poner en claro que mucha doctrina vale nada sin método y que éste es el alma de todo estudio filosófico.

Se puede declamar mucho contra la ferocidad de los iberos, se pueden decir horrores de ellos, pero si se olvida el método de la moral, ni esa ferocidad ni esos horrores llevarán á la condenación de España cuando impere el criterio positivo.