En política hay dos morales, la absoluta y la relativa, la que juzga con relación á un tipo patrón, standard como diría un inglés, y la que juzga con relación á otros actos. Del examen de los actos, para calificarlos de buenos ó malos, de morales ó inmorales, ya se aprecien con el patrón ó ya con otros actos, nace el método de comparación que emplea la moral en sus investigaciones. Yo puedo ser inmoral comparado con Pedro, pero moral si se me compara con Juan; y Juan, Pedro y yo podemos ser inmorales si se nos aplica el standard. La comparación, es, pues, un método que emplea la moral en las investigaciones que constituyen su objeto. Esta simple distinción de la moral absoluta y de la moral relativa, da al traste con todas las vociferaciones de los enemigos de España sobre las crueldades de esta nación como nación conquistadora. Se olvidan con frecuencia las gentes impresionables, impresionadas por las muy famosas estadísticas, al enterarse del número de locos que mueren por el alcoholismo, de lo que bebían nuestros bisabuelos, y á los jingoes y periodistas amarillos les ha atacado con tal fuerza la hispano-fobia, que no parece sino que en un tiempo no había más que españoles y que la crueldad ellos la inventaron.
El método comparativo va á ser nuestro principio director al juzgar á España y á los demás pueblos modernos conquistadores. Admitimos que los españoles cometieron muchas iniquidades en el Nuevo Mundo, pero no admitimos que se les juzgue como si las hubiesen cometido á mediados del siglo XIX en que los pueblos tienen ya otros principios que los guian distintos de los que trazaban el camino á los gobernantes en siglos anteriores.
Todas las instituciones deben juzgarse con relación á su tiempo y á su medio social y en los estudios referentes á cuestiones políticas el investigador debe tener presente como caso concreto, como gran ejemplo, el hecho de que el incomparable Aristóteles, el más conspicuo representante de la filosofía antigua, no podia concebir ni aun la existencia de una sociedad sin esclavos. No tenemos noticia de que con la anterior precaución se hayan propalado errores sociológicos, antes bien, sólo encontramos en los adeptos del método positivo ocasiones de admirar los buenos resultados á que conduce. Como ejemplo vamos á ceder la palabra á un esclarecido filósofo mexicano.
El eminente pensador Don Gabino Barreda, después de describir serena y concienzudamente el estado social y politico de Nueva España y de indicar los medios que los españoles hubieran podido emplear para que la emancipación de México de la Metrópoli se hubiese realizado sin medios violentos, agrega: «Sería, sin embargo, injusto echar en cara á España una conducta que cualquiera otra nación, en su caso, habria seguido, y que, la falta de una doctrina social positiva y completa, hacía tal vez necesaria en aquella época.»
Otro eminente pensador mexicano, nuestro insigne maestro el Dr. D. Porfirio Parra, ha dicho refiriéndose á la situación de México, después de vencidos los aztecas: «Una administración perfecta en su género fomentaba la industria de la floreciente colonia, estimulaba la producción y la enorme acumulación de la riqueza, brindaba los beneficios de la paz, y al suave influjo de una religión filantrópica en alto grado, surgían asilos para el desvalido, lechos piadosos para el doliente enfermo, planteles de enseñanza que hoy nos parecerán parcos, que hoy acusaremos de suministrar á la inteligencia nutrimento escaso, lo cual si es de lamentarse sería injusto atribuir á la malevolencia de la Metrópoli, que adolecía de la penuria intelectual del tiempo. Así lo dijo el liberal entusiasta, el inmortal cantor del Oceáno y de la Imprenta, el ilustre vate Quintana, poniendo en boca de la dolorida América los siguientes versos tan hermosos como verdaderos:
.....................Yo olvidaría
El rigor de mis duros vencedores;
Su atroz codicia, su inclemente saña,
Crimen fueron del tiempo y no de España.»
A esto se llama ver las cosas como son en realidad y no como queremos que sean, por más que nuestros deseos sean nobles y muy elevados. Expresa el Sr. Barreda los medios con que se habría evitado nuestra guerra de insurrección, en la siguiente forma: «Una conducta más prudente, que hubiese permitido un ensanche gradual y una gradual diminución de los vínculos de dependencia entre México y la Metrópoli, de tal modo que se hubiese dejado entrever una época en que esos lazos llegasen á romperse, como la naturaleza misma parecía exigirlo interponiendo el inmenso Océano entre ambos continentes, habría sin duda evitado la necesidad de los medios violentos que, la política contraria hizo necesarios.» Este cargo del Sr. Barreda á España, que resume la política colonial que aconseja el Positivismo, del que la absuelve expresamente por el período que precedió á la creación de la síntesis positiva, es cargo que con toda energía puede hacerse á los pueblos conquistadores modernos que han comenzado á fundar colonias en una época en que la doctrina social positiva existe ya; con razón sobradísima se nos tacharía de parciales si no lo hiciésemos extensivo á España por lo que atañe á Cuba, Puerto Rico y Filipinas, pero hallamos mayor responsabilidad en Francia é Inglaterra que en España, porque si bien es cierto que ningún hombre de Estado tienen derecho á ser ignorante, también no menos lo es que, por desgracia, en los tiempos que corren los hombres de Estado de la madera de los Richelieu y Mazarino, Colbert y Turgot, Cromwell, Campomanes y De Aranda, Jiménez de Cisneros y Pombal, son cada vez más y más raros.
Es un hecho la inferioridad de los hombres de Estado del presente siglo, con relación á los del pasado, por ejemplo, en lo que atañe á conocimientos filosóficos y á principios directores, pero los estadistas ingleses y franceses, no han dejado de estar aconsejados por los positívistas de uno y otro país, que con verdadera constancia han defendido los intereses de los habitantes de las colonias inglesas y francesas. Estos consejos, siempre escritos, han faltado á los españoles, y mayor responsabilidad tienen los ingleses y franceses que no han modificado su política colonial, conociendo como conocen la doctrina salvadora.
Desde 1856, en que el enérgico y distinguido positivista inglés Richard Congreve publicó su notable opúsculo «Gibraltar ó las Relaciones Exteriores de Inglaterra,» hasta nuestros dias, el Gobierno de S. M. Británica no ha dejado de recibir indicaciones de los positivistas londinenses sobre la política colonial y sobre la solución que á los arduos problemas de la misma da el Positivismo. Si á esta incesante acción de 42 años se agregan las nobles y repetidas protestas del profundo escritor Herbert Spencer contra el inicuo tratamiento de los pueblos débiles por los más fuertes, ninguna excusa queda á los estadistas ingleses sobre la ignorancia de un método que coordina y de una doctrina que guia. El Gobierno francés, por su parte, no ha dejado de estar aconsejado por los numerosos positivistas franceses sobre los mismos puntos, y tampoco puede alegar como el inglés la ignorancia. En honor de España debe proclamarse que uno de sus hombres de Estado, el distinguido Conde de Aranda, en pleno siglo XVIII, ha sido el único estadista europeo que haya propuesto el desarrollo de una política colonial que tendiese á la gradual emancipación de las colonias de su Metrópoli. Aun cuando el pensamiento del gran Ministro de Carlos III hace responsable á España por no haberlo seguido, y aun cuando ese pensamiento honra mucho á su autor, dista mucho también de constituir por sí solo toda una doctrina social comparable á la que se les ha dado á conocer á los hombres de gobierno de Francia é Inglaterra en la última mitad de esta centuria.
Dejemos la cuestión puramente política para estudiar el tratamiento dado por los españoles y los otros europeos á los aborígenes subyugados. Es bien conocida la conducta de España en México, por ejemplo, en los tres siglos de dominación, y por lo mismo nos limitaremos á presentar algunos casos de atropellos cometidos por los otros pueblos europeos en el presente siglo en que otros son los principios guías de los gobiernos. Con excepción de los hechos que se refieren á Nueva Inglaterra en el párrafo que vamos á transcribir, todos se han efectuado en el siglo XIX.