«Hoy en día, aun cuando tiranías tan atroces como las anteriores no deshonran la legislación actual de las colonias, podemos, hojeando los periódicos que se publican en nuestras posesiones, ver que el poder arbitrario del régimen colonial no se ha mejorado. Dos erupciones en quince años mostraron claramente los sentimientos de los Canadienses. En el mismo periodo los Boers del Cabo se han rebelado tres veces; y acabamos de efectuar una tumultuosa agitación y una violenta campaña periodística para convencerlos. En las Indias Occidentales hay un descontento universal. De Guayana vienen noticias parecidas. Aquí hay combates en trincheras, allí motines de insurrectos y el descontento se nota en todas partes. El nombre de Ceilán recuerda por una parte la insolencia de un llamado Gobernador y por otra el rencor de los ofendidos colonos. En las colonias australianas se ha tenido por triste objeto la inmigración de criminales; mientras que de Nueva Zelanda vienen protestas contra el despotismo oficial. Por todos los vientos vienen relaciones semejantes de descuido, quejas de impertinencias extremadas, de disparates, de disputas, de corrupción, etc. Los Canadienses se quejan de haber sido inducidos por la oferta de un privilegio á invertir sus capitales en molinos de trigo que una legislación subsecuente convirtió en inútiles. Con una cantidad siempre variable de protección, los plantadores de caña de azúcar dicen que no saben lo que llegará á suceder. El Sur de Africa muestra un mal manejo que unas veces convierte en enemigos á los Griquas y otras conduce á la guerra contra los Cafres. Los inmigrantes de Nueva Zelanda lamentan el establecimiento de un gobierno escogido absurdamente, el gasto de dinero empleado en caminos que nadie usa y el completo abandono de obras necesarias. La Australia Meridional fué declarada en quiebra por las extravagancias de un gobernador; las tierras se han proporcionado á los colonos como si se tratase de barbarizarlos por dispersión; y los trabajadores se han enviado con exceso y los han abandonado á mendigar. Nuestro comercio con los chinos fué perjudicado por la conducta insolente de los oficiales militares con los naturales; y las autoridades de Labuan fundaron su primera colonia en un pantano pestilente.»

«Por grandes, sin embargo, que sean los males ocasionados por la colonización gubernativa tanto á la madre Patria como á las colonias, parecerán insignificantes si se les compara con los ocasionados á los aborígenes de los paises sometidos. El pueblo de Java cree que el alma de los europeos pasa cuando mueren al cuerpo de los tigres; y se dice de un jefe de la Española que deseaba no ir al cielo, porque supo que allí había españoles. Estos hechos son apenas obscuros indicios de abominables horrores. Pero no apuntan nada peor que lo que la historia refiere. Sea que se piense en la extinción de las tribus de las Indias Occidentales que eran conducidas á la muerte en las minas, ó en los Hotentotes del Cabo que eran castigados por sus amos con un balazo en las piernas; ó en aquellos nueve mil chinos á quienes el Dutch asesinó una mañana en Batavia, ó en los árabes ahogados últimamente por los franceses en las cuevas de Dahra, son estos simples ejemplos aislados del tratamiento común soportado por las razas subyugadas y aplicado por las llamadas naciones cristianas. Si alguien se lisonjease de que nosotros los ingleses somos inocentes de semejantes barbaridades, pronto sería confundido con una narración de nuestros hechos en el Oriente. Los Anglo-Indios de la última centuria—«aves de paso y de rapiña» como fueron calificados por Burke—muestran solamente un aspecto menos cruel que sus prototipos del Perú y México.

«Imaginad cuán negras debieron ser sus acciones para que llanamente admitan los Directores de la Compañía que «las grandes fortunas adquiridas en el comercio interior del país fueron obtenidas por medio de la conducta más tiránica y opresiva que jamás se haya visto en ningún país y en ninguna edad.» Concebid el atroz estado de la sociedad descrita por Vansittart, que nos dice que los ingleses obligaban á los naturales á comprarles ó venderles al precio que querían, bajo pena de azotes ó prisión: Juzgad cuántas cosas pasarían cuando dice Warren Hasting al describir una jornada: «la mayor parte de las pueblos y serais los abandonaban apenas nos aproximábamos.» Una fría perfidia era la política establecida por los autoridades. Los Príncipes eran lanzados á la guerra unos contra otros; y habiéndole ayudado á uno de ellos á vencer á su antagonista, después lo destronaron por un supuesto crimen. Siempre había á la mano algún motivo obscuro para las rapiñas oficiales. Los jefes sometidos, dueños de los países codiciados, eran arruinados con las exorbitantes exigencias del tributo, y su manifiesta incapacidad para satisfacerlas era interpretada como una desleal ofensa que se castigaba deponiéndolos del mando. En nuestros dias continúan semejantes iniquidades. (Véanse los despachos de Sir Alexander Burns.)

«En nuestros días continúa también el lamentable monopolio de la sal y los inhumanos gravámenes que arrebatan al pobre campesino cerca de la mitad del producto del suelo. En nuestros días continúa el astuto despotismo que convierte en soldados á los naturales, para mantener y extender el dominio sobre los mismos naturales—despotismo bajo el cual no hace muchos años fué asesinado un regimiento de cipayos con premeditación, por haberse rehusado á marchar sin el correspondiente uniforme. En nuestros días las autoridades políticas se ligan á los bribones ricos y permiten que los instrumentos de la ley se empleen para fines de extorsión. En nuestros días los llamados caballeros quieren pasear sus elefantes sobre los cuerpos de los empobrecidos campesinos y abastecerse de provisiones en las aldeas de los indígenas, sin pagar nada. En nuestros días, en fin, es común en los habitantes del interior, correr á los bosques cuando ven á un europeo!» (Herbert Spencer, Social Statics, Goverment Colonization.)

El Dr. Congreve escribía en 1857 con motivo de la insurrección de la India: «No me propongo referir las vicisitudes de la contienda en la India, como que, siendo hombre no encontraría sino un penoso interés en ellas. Las veo en conjunto con la mayor reprobación. Un término como lamentación, no puede expresar mi sentimiento referente á la conducta que hemos seguido en la India antes del levantamiento. Esta conducta ha sido caracterizada singularmente por un hombre de Estado de la India, en la descarada expresión: «Hemos caminado con el paso majestuoso de los conquistadores.» No veo razones para dudar de la justicia de esta expresión. Pero sí las veo para no dudar que los horrores de la explosión, distintos de la explosión misma, son atribuibles al sentimiento de humillación consecuente á la conducta de los terribles conquistadores. «Los hombres no pueden recoger sino lo que siembran, la violencia engendra la violencia ó algo peor.»

«Repruebo estos horrores como el que más, aun cuando piense que es fácil hallarles excusas y todavía más fácil parangonarlos. Con no menos energía repruebo las represalias y el espíritu de venganza que han manchado á nuestros soldados y hombres civiles, y que contrasta notablemente con nuestros hábitos y nuestras tradiciones. Para mí, la guerra en la India tiene todo el carácter repulsivo sin ninguno de los paliativos que ordinariamente tienen las guerras.»

Estoy convencido de que todos los principios del derecho internacional se oponen á nuestra ocupación, salvo que modificando ligeramente lo que Heeren ha dicho de nuestra conducta en Ceylán, nos preguntemos si en las Indias Orientales existe una ley internacional distinta de la de Inglaterra. Si abiertamente se declara que existe la diferencia de leyes internacionales y que lo que rige á los Estados independientes en Europa, no es obligatorio en el Oriente, entonces que se nos diga cuáles son los límites de la diferencia y sobre qué fundamentos se establece. ¿Será acaso sobre la pretendida superioridad de la raza en Europa, ó sobre la barbarie comparativa de la población de la India? Si es así, escuchemos á Burke: «Esta multitud de hombres no consiste en un populacho abyecto y bárbaro, menos aún en hordas salvajes, semejantes á los Guaraníes y los Chiquitos que vagan en las incultas riberas del Amazonas y el Plata; sino en un pueblo civilizado desde hace siglos y que cultivaba todas las artes de la vida civilizada en una época en que nosotros vagábamos por las selvas. Han tenido (y los despojos subsisten todavía) príncipes llenos de autoridad, de dignidad y de opulencia. Se encuentran entre ellos á los jefes de tribus y naciones. Se encuentran también un sacerdocio antiguo y venerable, depositario de sus leyes, de su ciencia y de su historia, guía del pueblo durante la vida y su consuelo á la hora de la muerte; una nobleza de gran antigüedad y renombre; una multitud de ciudades no sobrepasadas ni en comercio ni en habitantes por ninguna de las primeras de Europa; comerciantes y banqueros y casas privadas cuyos capitales han rivalizado con los del Banco de Inglaterra y cuyo crédito ha ayudado más de una vez á un Estado en situación crítica y ha salvado á sus gobiernos en medio de la desolación y de la guerra; millones de industriosos fabricantes y artesanos; millones de los más diligentes y no menos inteligentes labradores de la tierra. Se encuentran igualmente todas las religiones profesadas por los hombres, el Brahamismo, el Islamismo y el Cristianismo Oriental y Occidental.» (Speech on the East India Bill, vol. IV, p. 18).

Todo el libro del Dr. Congreve, que tiene por título «India,» es una reprobación del espíritu sanguinario que universalmente prevalecía en 1857 en Inglaterra, y una completa refutación de los argumentos con que se defendia y defiende la posesión del imperio de las Indias. En la obra International Policy, escrita por varios positivistas, hay un capítulo denominado «Inglaterra y la India,» en el que se demuestra que la acción de los ingleses en su principal colonia, lejos de ser civilizadora, tiene todos los caracteres de destructora de una civilización antigua y avanzada. El malogrado positivista James Geddes comprometió seriamente su posición en el «Servicio Civil de la India» por sus valientes artículos publicados en la Calcutta Review sobre la Lógica del déficit de la India, sobre la Explotación Comercial de los Hindúes por los ingleses y sobre la Política del Positivismo en la India, y en los cuales da á conocer lo que vale la Administración inglesa como corrupción y violencia.

Las atrocidades cometidas por los ingleses en la India en los años de 1857 á 1859, los crímenes perpetrados para someter á los naturales, fueron motivo para que el Gobierno inglés ordenase que se cantara en Londres el 1º de Mayo de 1859 un Te Deum en acción de gracias por la represión del alzamiento de los Hindúes. El Dr. Congreve redactó una protesta que ningún periódico londinense quiso acoger y que se pegó en las esquinas de las calles y se distribuyó en la comuna de Wandsworth, condado de Surrey, donde habitaba entonces su autor. Dice así:

«El Te Deum ordenado para el 1º de Mayo de 1859.