Tiene la provincia de Moxos un vicario general, nombrado por el obispo de Santa-Cruz; y hay en cada mision uno ó dos curas encargados del gobierno espiritual. Muy á menudo suelen hallarse estos en rivalidad de poderes con los administradores, lo que origina mil disturbios y disputas que escandalizan y sirven de mal ejemplo á las misiones.

Costumbres, usos y estado moral de la provincia.

Si bajo la administracion de los curas se viéron obligados los indios de Concepcion[1] á hacer oficio de caballos, tirando del carruage en que iba el cura de esta mision ; si mas tarde los gobernadores españoles no se sentaban á la mesa sin mandar venir una tropa de músicos que los divirtiesen durante la comida, ó no se dejaban ver de sus súbditos sino sentados bajo un dosel; aun se tributan hoy en dia muchos de estos honores exagerados á los mandatarios de la provincia.

[Nota 1: Segun el testo del Informe de Don Lazaro de Rivera, del 2 de julio de 1787, que tengo en mi poder.]

Cuando el gobernador de la provincia va de viage, los administradores y curas de las misiones hacen adornar con flores las canoas, colocando en ellas un tambor para anunciar la alta categoría del viagero. Así que este avista el puerto suenan las cajas, y los curas y administradores, seguidos de los principales magistrados de la mision, se adelantan á su encuentro. Monta el gobernador á caballo, y se encamina al pueblo con toda esta comitiva, á la que precede un indio que toca la caja yendo á todo galope. Al aproximarse á la mision repican las campanas para dar aviso de la llegada del gefe de la provincia, y salen entónces los jueces y demas empleados á recibirlo con acompañamiento de músicos. Conducido triunfalmente hasta el colegio, se van presentando á él sucesivamente todas las autoridades indígenas, cuyas harengas le son traducidas por un intérprete. En seguida vienen á ofrecerle flores las jóvenes indias. Miéntras dura la comida no cesa la música un solo instante; y cuando llega la noche se organiza un baile en el que muchas veces hacen bailar por fuerza á los indios jóvenes y á las muchachas. Las tambores anuncian con un redoble la llegada de los bailarines que entran por parejas, al compas de la marcha ejecutada por la música que los precede: atravesando luego toda la sala con mesurado andar y afectando una gravedad imperturbable, desfilan por delante del gobernador, y despues de haberlo saludado van sucesivamente á colocarse en línea para bailar la contradanza española. En Trinidad y en Loreto las mugeres bailan descalzas y llevan un vestido de zaraza, ó simplemente el tipoi, de esta misma tela, ceñido á la cintura; su cabello va sostenido por un peine colocado en la parte superior de la cabeza. Los danzarines, mancebos por lo regular de catorce años, visten pantalon y camisa, y llevan un gorro blanco ni mas ni ménos como las mugeres de Normandía. Despues de haber ejecutado su contradanza con mucha seriedad, saludan otra vez al gobernador y toman todos asiento. Los negociantes y los otros blancos que se encuentran por acaso en la mision, suelen tomar parte en estas diversiones, cortejando á las bailarinas, las que se animan un poco cuando llega el ponche, y no se hacen ya de rogar para ejecutar las diversas danzas usadas en Santa-Cruz.

Los Bolivianos blancos que viajan en la provincia van en canoas hechas de un solo tronco ahuecado: estas embarcaciones que tienen generalmente de nueve á doce varas de largo, sobre una ó dos de ancho, son muy bajas de bordo en el medio y rara vez, estando cargadas, sobrepasan de dos ó tres pulgadas á la superficie de las ondas; por manera que al menor choque contra algun árbol flotante, entra en ellas el agua con abundancia. Las canoas de un tamaño regular admiten generalmente cuatro ó cinco baules, y á lo mas tres pasageros que se ponen á cubierto del sol ó de las intemperies bajo un toldo de cuero donde apénas se puede estar sentado. El número de remeros varia segun el largo de la embarcacion; para dirigirla, se mantienen de pié en la parte trasera el capitan de la canoa y su ayudante; otros dos indios van sentados en el estremo opuesto, cuidando de prevenir y evitar los embarazos. Los remeros, colocados en medio de á dos en dos, no dejan de mano en todo el dia los grandes y anchos remos de que se sirven para impulsar la pequeña barca. Todos estos indios principian la jornada dándose un baño, y al rayar el el dia están ya en marcha: hacen alto á cosa de las ocho para almorzar, y ántes de pasar adelante toman un segundo baño. Al medio dia se detienen otra vez por una hora para comer, y navegan en seguida hasta la noche. Cuando el viagero es un personage de distincion, envian los administradores una canoa cargada de comestibles, en la que se prepara la comida á las horas de regla, sin perder tiempo en detensiones. En todo el tránsito desempeñan los indios sus tareas con el mayor celo posible, y no es dado hacerse una idea de los prolijos cuidados con que atienden á los viageros, estando siempre alertas para adivinar y prevenir sus menores deseos.

Cuando se tiene que subir un rio, generalmente se andan de ocho á diez leguas por dia; y cuando se voga rio abajo suele doblarse esta distancia; mas esto depende de la mayor ó menor rápidez de la corriente, variable en cada rio, y tambien de los remeros, cuya destreza y actividad no en todas partes son de igual grado. Cada nacion tiene su manera particular de remar: los Itonamas van sentados y reman con mucha precipitation; los Cayuvavas, tambien sentados, reman pausadamente pero con fuerza, en tanto que los Baures se mantienen de pié como para dar mayor impulsion á los remos. De todas estas naciones los Cayuvavas son los remeros mas afamados, y tratan de conservar su reputacion, esforzándose por sobrepujar en celeridad á todas las embarcaciones estrangeras que encuentran sobre su paso. Tienen la costumbre estos naturales de bañarse tres veces al dia cuando van de viage; para practicarlo, se detienen de pronto, se arrojan al agua, zambullen y vuelven, á vestir su camisa de cortezas, continuando en seguida la marcha. Toda vez que los Moxos entran á bañarse, enseñan sus espaldas cubiertas de cicatrices que parecen quemaduras, y que no son sino el resultado de las flagelaciones de la semana santa. Entre ellos mismos se manifiestan ufanos de llevar sobre sus cuerpos semejantes señales, mofándose con cierta ironía de aquellos que no las tienen.

Cuando el tiempo es hermoso, el calor que reina á eso del medio dia en el estrecho callegon formado por los árboles coposos y antiquísimos, que guarnecen las orillas de los rios, jamas llega á ser templado por la mas leve y pasagera brisa; el viagero echando entónces de ménos el aire vivificador de la pasada mañana, desea la noche con impaciencia; pero tan luego como esta envuelve la tierra, densos vapores se levantan del rio, y se encuentra uno tan mojado por la mañana como si hubiese llovido de recio toda la noche. Cuando en el curso del dia llueve sin que haya tempestad, salen de los bosques millares de mosquitos, y refugiándose en las canoas, torturan á los pobres viageros que demasiado sufren por las noches semejante molestia. Si el tiempo se pone sumamente malo, construyen los indios á toda prisa una choza de cañas, bajo la cual se ponen los viageros á cubierto contra los torrentes de lluvia; si esta continúa, construyen tambien para ellos cabañas espaciosas; de modo que en pocos instantes se transforma el campamento en una aldehuela donde permanecen muchos dias hasta que se apacigua el viento. Las fuertes oleadas que promueven los vientos en los grandes rios no son, como ya lo hemos dicho, los únicos peligros á que está espuesto el viagero que transita por aquellos lugares. Las barrancas arenosas suelen desplomarse derrepente sobre las aguas, arrastrando en su caida alguno de los árboles gigantescos que se alzan en las orillas, y cuyas enormes raices llevan tras sí una inmensa mole de terreno. Si todos estos escombros caen por casualidad sobre la frágil embarcacion, la hacen desaparecer completamente; pero cuando esto no suceda, bastarian para hacerla zozobrar las olas de proyeccion, que tales derrumbamientos exitan en el seno de las ondas.

Algunas veces, subiendo los rios en la estacion lluviosa, se aventuran los indios á pasar por en medio de los brazos que forman las islas, y en los que la corriente se manifiesta ménos rápida; empero, estos brazos suelen hallarse obstruidos en sus remates por gruesos troncos que han amontonado las aguas; si los remeros tratando de salvar el paso se meten por los pequeños estrechos donde la corriente es muy impetuosa, se enreda la canoa entre las ramas, y se llena de agua en un momento: justamente alarmados se echan desde luego al rio, y ya nadando, ya soliviándose sobre las ramas, sostienen la embarcacion sin que se hunda, hasta que llegan en su ausilio las demas canoas. Es en tales ocasiones cuando los superticiosos Cayuvavas echan por tierra una espiga de maiz en accion de gracias á la suprema Providencia por haberlos libertado del peligro.

Si estos viages son penosos para los Españoles, lo son aun mucho mas para los pobres indios, continuamente espuestos á las intemperies, y obligados muchas veces á pasar la noche en las llanuras anegadas, suspendidos sobre el agua en sus hamacas.