Innumerables trozos de vegetacion, ocultos bajo las aguas, hacen zozobrar á menudo las canoas: detiénense entónces los indios sobre algun banco de arena para poner á secar las mercancía. Muy rara vez llega algun indio á perecer en estos trances; pues todos ellos nadan como si las ondas fuesen su elemento natural. Pero hay otros peligros á que está espuesta su vida en estos viages: citaré como uno de los principales el encuentro con los tigres. Cuando descubren sobre las playas los rastros de esta fiera, levantan inmediatamente su campamento, yendo á buscar mas léjos la no muy completa seguridad; y si en medio de la noche oyen sus bramidos, van á recoger inmediatamente toda la leña que pueden, y encienden grande fogatas; pero esto no siempre los pone á cubierto contra los funestos accidentes, sobre todo cuando la espedicion ne se compone mas que de indios. Un administrador de Magdalena habia enviado en cierta ocasion unos cuantos indios, para que fuesen á recoger en los bosques los gajos de un árbol, cuya ceniza suministra una potasa escelente para la fábrica del jabon. Muchas dias habia que estos indios, enteramente desprovistos de armas, se hallaban acampados y contraidos á su trabajo, cuando de improviso se presentó una noche en medio de ellos un tigre hambriento, y arrojándose sobre un indio que yacia dormido en su hamaca, se lo llevaba para devorarlo léjos de allí; empero, asustado con la grita tumultuosa de los otros indios que despertaron á los quejidos de la víctima, echó á correr, dejando en tierra al pobre indio con la cabeza hecha pedazos y con muy pocos instantes de vida. Este hecho es como un reproche á esa medida absurda, que, so pretesto de evitar las pendencias con los blancos, prohibe[1] llevar armas á unos hombres constantemente espuestos á los mayores peligros en medio de esos desiertos, cuyo imperio pertenece todavía á los animales feroces. Es de notar que el tigre jamas enviste á las personas cuya cabeza no alcanza á ver, y no hay un solo ejemplo de que algun viagero, estando bien escondido bajo su mosquitero, haya perecido víctima de su voracidad.

[Nota 1: Esta prohibicion data desde la sublevacion de los indígenas de
San-Pedro, cuya relacion puede verse en la pág. 196.]

Las riberas del Mamoré, de ordinario sumamente silenciosas, ven pasar una vez al año infinidad de canoas reunidas que se dirigen de Moxos á Santa-Cruz, y dando eco á la grita tumultuosa y alegre de los navegantes, cobran una animacion que bien puede llamarse deliciosa. Hizo la casualidad que yo me hallase tambien de viage en el momento de una de estas espediciones. Copiaré aquí el punto de mi diario que á este pasage se refiere.

«… Mas de cuarenta canoas se aprestaban á partir á la vez del puerto de Loreto, componiendo una verdadera flota. Los curas y negociantes que iban incorporados á la espedicion, quisieron que yo me encargarse de conducir la marcha, viajando en compañía; y como podia practicarlo tanto mejor, cuanto que mis remeros eran los mas hábiles, acepté desde luego el honor que se me conferia. Al fin de la jornada hicimos alto para pasar la noche sobre un espacioso banco de arena, no léjos de un bosque. Entónces me fué dado gozar de un halagüeño punto de vista, mientras llegaban las canoas poco á poco y sucesivamente, saludadas por los gritos triunfales ó de mofa de los que se hablan anticipado. Todos los indios se dispersaron luego dentro del bosque, y volvieron trayendo leña, algunas cañas con que armaron camas para los viageros, y gruesas estacas que clavaron simétricamente en tierra para suspender, por grupos separados, las hamacas pertenecientes á los remeros de cada canoa: en el centro de estos grupos se encendió una fogata; y en la parle de afuera brillaban ya de trecho en trecho otros fuegos donde se preparaba la cena.»

«Nuestro campamento, que reunia mas de seiscientas personas, presentaba el aspecto mas curioso que pudiera imaginarse. Hablábanse en él casi todas las lenguas de la provincia, sin confundirse unas con otras las diferentes naciones. Todos los blancos nos habiamos congregado en el centro, en tanto que, aquí y acullá, los Baures, los Itonamas, los Movimas, los Cayuvavas, los Canichanas y los Moxos formando diversos grupos, platicaban en sus respectivos dialectos. La playa poco ántes solitaria era el transuto del teatro mas animado. Cada grupo de hamacas blanquecinas, colgadas en derredor de una hoguera encendida, contrastaba con los mosquiteros de los viageros y con la hilera de piraguas que se estendia magestuosamente á lo largo de la orilla[1]: sentados todos sobre la arena cenamos luego en comunidad, suscitando mil alegres conversaciones, á que la estrañeza de los diferentes lenguages daba mas originalidad. Cada individuo, apartándose de Moxos, se hallaba ya escento de temores y dejaba ir libremente su lengua; las indiscreciones de los unos daban pié á las recriminaciones de los otros; así es que me fueron revelados en aquella noche todos los secretos sobre la conducta privada de los empleados, y supe mas cosas en una sola hora, que en algunos meses de permanencia en la provincia.»

[Nota 1: Véase la lám. 11.]

«Acabada la cena, todos los indios se reunieron como de costumbre para orar en comunidad. Estos cánticos religiosos que tantas veces me habian sorprendido agradablemente en medio de aquellas soledades, resonaron á mi oído en aquel momento con tal discordancia, que tuve que retirarme á un lado; y no podia resultar ménos de la confusion de aquellas entonaciones en diferentes dialectos, que se producian todas á la vez en el silencio de la noche. Los indios, sin cubrirse con otra ropa que sus tipois, se acuestan en sus hamacas, y pasan la noche espuestos á las picaduras de los encarnizados mosquitos, y sobre todo al fuerte rocio que cae en las regiones calurosas sobre las orillas de los rios. Apénas raya el dia, se levantan y despues de haber descolgado sus hamacas, entonan en coro y con el mayor recogimiento la súplica de la mañana.»

Cuando se viaja con un séquito compuesto de una sola nacion, y que se hace alto en el bosque de las riberas, estas preces de la noche suelen tener un encanto inexplicable. No puedo prescindir de traer al caso la espresion consignada en mi diario, de las sensaciones que la solemnidad de un acto semejante imprimió una vez en mi espíritu. «La noche era ciertamente una de las mas oscuras, y su lobreguez aun parecia mayor bajo la bóveda formada por el tupido follage. Brillaban de distancia en distancia los fuegos de los indios acampados, esparciendo una claridad incierta sobre los objetos que nos rodeaban y dando un colorido mágico al silvestre recinto. A cosa de las ocho mis setenta indios entonaron en coro sus cánticos religiosos, que en el silencio de la noche y en aquellos lugares tomaron un carácter de tanta magestad que me sentí profundamente conmovido; jamas me habian parecido tan sencillos á la par que imponentes: su duracion fué demasiado corta para mi arrobamiento, y largo tiempo despues que habian cesado, aun buscaba mi oido sus místicos acordes. Apoderóse de mi espíritu una dulce melancolía que se armoniaba con la vaguedad de mi pensamiento y sobre todo con el respeto que me inspiraba la belleza virginal de aquellos lugares. Muy en breve mis compañeros de viage se entregaron al reposo; los fuegos se apagaron; creció la oscuridad, y el silencio magestuoso de la selva era apénas interrumpido por el susurro de las hojas levemente agitadas en la copa de los árboles, ó por el murmullo de las aguas. Solo yo habia quedado despierto sin poder olvidar las felices impresiones de esta velada, cuyo recuerdo ha venido mas de una vez en lo sucesivo á deleitar nuevamente mi espíritu.»

El trage que usan los indios moxeños para viajar, se compone solamente de una camisa muy larga y sin mangas, hecha de la corteza del bibosi que abunda, como ya se dijo, en las riberas del Mamoré, principalmente mas abajo de Exaltacion: la corteza de una especie de moral, que se encuentra sobre las orillas de todos los rios vecinos al pais de los Yuracarees, sirve tambien para lo mismo. Cuando transitan los indios por tales parages, siempre se detienen para proveerse de camisas, haciendo resonar todo un bosque por algunos instantes con el menudeo de los hachazos y con el ruido que hacen los árboles al caer á los forzudos golpes. Elígense de preferencia aquellos mas nuevos y ménos nudosos, cortando primeramente un pedazo para reconocer su calidad. Una vez puesto en tierra el árbol escogido, se le arrancan los gajos, señalando luego sobre el tronco el largo de cada camisa por medio de una incision circular: despues de haber practicado una abertura longitudinal, se introduce por debajo de la corteza un palo pequeño, bien liso y afilado, para desprenderla de la parte leñosa sin desgarrarla. Terminada esta operacion, resulta un corte de camisa, cuyas estremidades es menester doblar para afuera con el objeto de separ la parte esterior, áspera y dura, de la interior, blanca y compacta. Sin embargo, falta todavía el trabajo de la preparacion, nada costoso por cierto, y al que se procede de la manera siguiente. Cada indio trae consigo del bosque un trozo de árbol sobre el cual coloca, en la orilla del rio, la corteza que debe prepar; y provisto de un mazo cuadrado, estriado trasversalmente, golpea sobre ella fuertemente, tan pronto con una mano tan pronto con la otra, para desprender unas de otras todas las fibras: despues de haberla maceado por ámbos lados, la estira, lavándola en seguida en el rio: vuelve luego á macearla todavía por algunos instantes, y finalmente la estiende como una pieza de lienzo, no faltando mas, para que la camisa pueda llenar su oficio, sino coserla por los lados y practicar una abertura para hacer pasar la cabeza.

Hay en el pais de los Yuracarees una planta llamada itira, de la que se sirven los Moxos para teñir de un morado escelente estas camisas. Cuando las cortezas se encuentran ya preparadas, las doblan de un modo particular, para empaparlas luego en aquella tintura, resultando de la disposicion de los dobleces, cuadros cuasi perfectamente iguales. Todos los navegantes indígenos que bajan de aquel pais llevan esta camisa morada, y de léjos se creeria ver en ellos un coro de obispos.