Si en estas correrías llegan á encontrarse dos canoas de la misma nacion, dividen los indios entre sí, con un desprendimiento fraternal, todo cuanto poseen: verdad es que todos ellos se consideran como miembros de una sola familia cuando son oriundos de la misma nacion.
Los infelices indios gozan en Moxos de mucha ménos libertad que en Chiquitos, no teniendo un solo dia del que puedan disponer á su antojo; pues los dias de reposo, como los domingos y otros de festividad, están enteramente consagrados á las prácticas religiosas. El resto del año se les supone ocupados en beneficio del Estado, cuando no hacen realmente sino trabajar sin descanso en provecho de los empleados; guardando estos, en las exigencias del trabajo, todavía ménos consideraciones con las mugeres, que se resienten de ello, esterilizándose desde temprano. Jamas se ha visto mayor esclavitud y despotismo bajo un gobierno liberal. Es de advertir que ántes de 1832 los gefes de la república ignoraban completamente lo que sucedia en las provincias apartadas del centro, consideradas en cierto modo como posesiones particulares de los empleados, á cuyos intereses cuadraba mucho el poco celo manifestado por los supremos gobernantes.
Cada quince dias se distribuye una cantidad de algodon en pepitas, dando á cada india un copo de veinte onzas que á la vuelta de quince dias debe esta presentar hilado. La entrega se efectua del modo siguiente. Colócase el cacique en la puerta del colegio con unas balanzas para verificar si la madeja de hilo, que depone cada india al entrar, tiene el peso exigido de cuatro onzas. A medida que van pasando instálanse las indias bajo los corredores para devanar el hilo: terminada esta operacion, las vuelven á llamar por lista á fin de verificar nuevamente el peso y tambien la finura, dando de chicotazos á la que lo presenta demasiado grueso. Recibe luego cada india, en cambio de su ovillo de hilo, un pedazo de jabon fabricado en la misma mision. En Chiquitos ya no se castiga á las mugeres desde el tiempo en que administró esta provincia el gobernador Don Marcelino de la Peña. En Moxos la codicia de los empleados ha perpetuado y aun multiplicado los rigurosos castigos impuestos á los indígenas, y por la menor falta ó por el mero antojo de un administrador, de un cura ó de un cacique, cuando no los atan á un poste los hacen tenderse de barriga para azotarlos. Hay ejemplos de indios que han sido castigados por haberse distraido y no saludado al cacique.
Como los ganados abundan en Moxos, cada quince dias, en el dia sábado, se hace una distribucion de carne. Se matan regularmente desde quince hasta veinte animales, segun la poblacion de las distintas misiones. Para proceder á esta distribucion, instituida por los Jesuitas, conducen los pastores al matadero el número de animales que es menester; y despues de haberlos degollado, hacen tantas porciones cuantas son las familias, colocando luego en hileras, sobre piebles tendidas por tierra, todas estas porciones. El cacique por un lado y los alferes por otro dan la voz á los intérpretes para que llamen por secciones, primeramente á todas las mugeres casadas, en seguida á las viudas, luego á las solteras y á los niños, que llegan á tomar su racion pasando por entre dos hileras de fiscales armados de un chicote para mantener el órden, el cual es estrictamente observado.
Divierte mucho en estas ocasiones el ver la familiaridad de los gallinasos, estos parásitos del hombre civilizado y del salvage, que se acercan con una audacia increible como si reclamasen tambien su parte, mezclándose con los indios y disputando muchas veces con ellos la pocesion de un pedazo de carne. Uno de estos pájaros, que era el mas atrevido de la banda, y muy conocido por algunas señales, particularmente por que cojeaba, asistia siempre á las distribuciones de Concepcion. Apénas comparecia por el aire, saludábanlo con gritos de alegría todos los indios, para quienes era ya un objeto de diversion; así es que jamas se le hácia el menor daño. Este bien venido huesped no habia faltado una sola vez en el espacio de diez años consecutivos, y estaba ya tan consentido que se llevaba la carne hasta de los canastos de los indios.
El dia en que celebran la fiesta de la mision, se les dobla á los indios la racion ordinaria: los administradores gozan entretanto del privilegio de tener carne fresca cada dos dias. Todo este consumo reunido al estraordinario que se hace para la provision de las canoas, cuando viajan personas de alguna categoría, presenta en cada mision un total poco mas ó ménos de quinientas á novecientas cabezas por año.
En la mision de Baúres y en la del Cármen, todavía se observa una costumbre, ya enteramente olvidada en las otras misiones. Cuando llega algun viagero de distincion, todos los indígenas van á visitarlo el dia domingo despues de la misa, llevándo cada cual un presente, que consiste en cacao, vainilla, pieles de mono, patos, gallinas, ó en cualquier otra cosa que pueda llamar la atencion del forastero, quien á su turno tiene que corresponder con otros regalos; mas si la fama abulta sus liberalidades, el pueblo entero se agolpa á sus puertas, y es menester valerse de un fiscal para poner fin á tal asalto de majaderías.
Las mugeres usan el tipoi[1] sin ningún adorno, pero de un tejido bastante fino; algunas lo suelen llevar pintorreado de negro. Los indios se visten lo mismo que las mugeres para asistir el domingo á los oficios religiosos: unos y otros dejan sueltas sus cabelleras que están empapadas en un aceite, cuyo olor, difundiéndose por toda la iglesia, incomoda á los estrangeros. Uniformados de tal manera hombres y mugeres, difícil es distinguir los sexos, sobros todo siendo estos indios enteramente lampiños. El trage ordinario que usan los jornaleros, se reduce á la camisa de corteza del bibosi, de que no ha mucho hice mencion.
[Nota 1: Véase la lám. 10.]
En las misiones de Moxos, se emplea mucho mas tiempo que en Chiquitos para las prácticas religiosas. Los jóvenes van mañana y tarde á la iglesia, á instruirse sobre la religion: á los ocho de la noche se reza siempre el rosario en comunidad. Segun la costumbre establecida por los Jesuitas, sacan el dia sábado en procesion á la virgen María, y dan una vuelta por la plaza precedidos por un coro de danzantes adornados con plumas, y cuyo aspecto grave forma un singular contraste con sus ridículos atavíos[1].