He notado ademas que á estas palabras, escritas tal cual lo están en el diccionario, se encuentra unido un pronombre posesivo[1], cosa que debe existir tambien entre las otras tribus. Cada una de ellas tiene algunas palabras que le son peculiares; así pues, sobre cuatrocientos vocablos muchojeones, ciento quince tienen analogía con los de los Baures, y cuarenta y nueve son idénticos; al paso que, sobre el mismo número, cincuenta palabras de los Baures tienen analogía con las de los Moxos, y solamente cuatro son idénticas. El sistema de numeracion, que llegan hasta veinte entre los Baures y Muchojeones, está basado sobre el número de dedos de las manos y los piés. Los Moxos solo cuentan hasta el número tres.
[Nota 1: El pronombre posesivo nu, mi, lo mio, se adjunta sin duda alguna al nombre propio de las partes. Véase al Padre Marban, Arte de la lengua moxa, con su vocabulario: Lima; 1704; págs. 8 y 9.]
La sociabilidad y alegría, y una paciencia imponderable, son las cualidades características que distinguen á los Moxos. Mucho se aman entre ellos mismos, siendo susceptibles de un apego estremado para con los estrangeros. Son enemigos de la indolencia, defecto inherente á los moradores de los paises cálidos; así es que pasan la vida siempre en continua actividad. Sus numerosas poblaciones, compuestas de chozas muy bajas, se hallaban situadas por lo regular, sobre las riberas de los anchurosos rios, al borde de las lagunas, cerca de los bañados, en el centro de las llanuras y en medio de los bosques. Una supersticion religiosa los hácia creerse hijos del rio, del bosque ó del lago inmediatos al lugar donde habian nacido; por cuya razon consideraban á este como sagrado, y jamas se apartaban de él, viviendo siempre reunidos en grandes familias, y ocupándose activamente ya en la agricultura, ya en la pesca ó la caza. Efectuaban sus siembras y plantaciones en medio de los bosques, é iban á cazar y pescar en unas largas canoas, hechas de un tronco ahuecado, de las que tambien se servian para comunicarse, siguiendo el curso de los rios, ó cruzando, en tiempo de lluvias, los llanos inundados. Diestros navegantes, conocian perfectamente esas sinuosidades interminables de los numerosos rios de su territorio; y si guerreaban con sus vecinos, se presentaban al combate en sus canoas, armados del arco, de las flechas y de la pesada macana. En los momentos que les dejaban libres sus graves y laboriosas ocupaciones, gustaban de danzar y divertirse: casi todos ellos eran músicos y tenian unas flautas, semejantes á la zampoña, pero largas de mas de seis piés. El deseo de beber los licores fermentados, preparados de antemano para las fiestas religiosas á que asistian los vecinos y toda la aldea, motivaba casi siempre sus reuniones, que tenian lugar en un recinto comun, reservado para el caso.
Tolerábase entre ellos la poligamia, y no habia sumision recíproca entre los esposos, los que se desuinan, cada cual á su antojo, bajo el pretesto mas fútil, y muchas veces por formar otros lazos. La muger adúltera era castigada entre tanto, no solamente por su marido, sino tambien por todos sus deudos ¡tan grande era la veneracion que se tenia por la pureza de costumbres! Si durante la ausencia de un marido su muger llegaba á serle infiel, se consideraba de suma gravedad semejante falta, y los parientes se veian en la obligacion de vengar el honor de la familia, temerosos (en virtud de una estraña supersticion) de que el marido ó sus compañeros de viage fuesen víctimas de algun animal feroz; de que les sucediese cualquier otra desgracia, ó de que no se viesen favorecidos en el objeto de su espedicion. Si por acaso algo de esto acontecia á los ausentes, á su vuelta indagaban inmediatamente cuál era la culpable que les habia acarreado tal fracaso; y muy á menudo tocábale en suerte á la inocente el ser maltratada, ó verse cuando ménos obligada á divorciarse; empero, como el celibato era una cosa vergonzosa, ámbos esposos volvian desde luego á contraer matrimonio.
Es muy estraño que con un carácter tan apacible, tuviesen los Moxos algunos usos que deben reputarse de sumamente bárbaros. So pretesto de que los animales tan solo daban á luz muchos hijos á la vez, mataban á los gemelos. Habia madres que enterraban vivas á las criaturas porque nacian débiles, porque eran lloronas, y muchas veces solamente por no tener el trabajo de criarlas. Cuando llegaba á morir una india dejando algun hijo en edad tan tierna que necesitase aun del cuidado materno, sus parientes lo sepultaban juntamente con la que le diera el ser. Si alguna muger tenia la desgracia de malparir, sus deudos y todos los habitantes de la aldea conspiraban cruelmente contra la infeliz para arrojarla al rio, y ahogarla sin misericordia, persuadidos de que si así no lo hacian, se verian todos ellos atacados de disenteria: por lo tanto, la pobre muger, á quien tal accidente llegaba á suceder, se veia en la precision de ponerse inmediatamente en salvo, yendo á buscar en otra parte la conservacion de una existencia amagada por sus mismos parientes.
La industria estaba muy adelantada entre estos indígenas: los hombres fabricaban sus armas, iban á la caza, cultivaban la tierra con instrumentos de madera[1], pescaban á flechazos y construian sus canoas. Segun el decir de un autor no muy antiguo, pero recomendabilísimo por su veracidad[2], tenian tambien una especie de escritura. Esprímese á este respecto el mencionado autor, en estos términos: «Un indio moxo escribe los anales de su pueblo en una tabla ó pedazo de caña por medio de varios signos, cuya inteligencia y manejo pide mucha convinacion y una memoria feliz.» Entre tanto, los varones cultivaban la música. Las mugeres hilaban, tegian las vestimentas y las hamacas indispensables en un pais continuamente anegado, confeccionaban la vagilla de barro, y ayudaban á recoger las cosechas, ocupándose al mismo tiempo de las faenas domésticas. En sus festividades se adornaban todos ellos la cabeza con plumas de colores: los hombres se presentaban desnudos, ó cubiertos solamente con una especie de camisa sin mangas; las mugeres vestian la misma camisa, llevaban los cabellos sueltos y se pintaban la cara de negro y de rojo á imitacion de los indios; quienes se agujereaban ademas los labios y la nariz para adornarse con argolletas: un collarin, hecho con los dientes de sus enemigos muertos en el combate, era entre tanto el adorno que ostentaban con mas ufanía.
[Nota 1: Robertson, Historia de América, edic. españ., t. II, p. 104, se equivoca ciertamente cuando dice que los Moxos no conocian la agricultura.]
[Nota 2: Francisco Viedma, Informe general de la provincia de
Santa-Cruz (manuscrito cuyo original poseo), 1787, pág. 89.]
Respecto du su organizacion gubernativa, vivian divididos estos indios en una multitud de aldehuelas, independientes las unas de las otras; y tenian á su cabeza un cacique ó gefe, cuya autoridad no les imponia el menor respeto; así es que en su primitivo estado no componian verdaderamente un cuerpo de nacion.
Su religion era una de las mas complicadas. Creíanse, como tengo dicho, hijos del lago, del bosque ó de la orilla del rio en que vivian, por cuya razon nunca se alejaban de su recinto. Por lo demas, cada pueblo tenia una creencia diferente; confiaban los unos en la merced de ciertos dioses solteros ó casados que presidian á las siegas, á la pesca y á la caza; otros profesaban un respeto temeroso á los dioses del trueno. Las sectas eran variadas en sumo grado. La mas general, y que tenia un culto esterior mas aparente, reverenciaba al tigre, erigiéndole altares cuyos sacerdotes ó Comocois eran aquellos individuos escapados al furor del sangriento animal. Efectivamente, cuando alguno llegaba en sus viages á libertarse de las garras de esta fiera, se le consideraba como un favorito del Dios, y digno por lo tanto de desempeñar en lo sucesivo el cargo de su sacerdote, poseyendo desde luego el don de sanar las enfermedades, y siendo una de sus atribuciones saber el nombre de todos los tigres de la comarca. No obstante, para ser investidos de tan alta dignidad, los nuevos sacerdotes tenian que someterse durante dos años á un régimen de ayunos, de continencia absoluta en sus relaciones con las mugeres, y á la abstinencia de comer pescado so pena de ser devorados por el tigre. Cuando algun individuo mataba un tigre, ó le acertaba un flechazo, tenia que buscar en el instante al sagrado ministro, á fin de saber el nombre del animal muerto ó herido para adoptar este nombre por suyo, dejando el que sus padres le dieran al nacer.