Empero, lo mas verídico es que despues de la translacion de la ciudad de Santa-Cruz al lugar donde hoy se encuentra, los gobernadores de esta ciudad trataron de someter á los naturales de Moxos. Se vé de manifiesto tal intencion en el acto por medio del cual, el 2 de octubre de 1607, Martin de Almendras Holguin, entónces gobernador, dio en encomiendas la provincia de Moxos á Gonzalo de Solis Holguin y á los suyos, durante dos vidas, con la condicion de fundar en ella una ciudad bajo el nombre de Santísima Trinidad, y de enseñar las doctrinas del cristianismo á sus habitantes[1]. No supieron los Españoles proceder acertadamente en esta empresa, y exasperaron por lo tanto á los indígenas, quienes cortaron toda correspondencia con los moradores de Santa-Cruz.
[Nota 1: Viedma, Informe, págs. 139 y 145, §§ 494 y 520.]
Cuarenta años mas tarde, es decir, en 1647, deseosos los indios Moxos de procurarse algunas herramientas, cuya utilidad habian aprendido á conocer desde el tiempo de sus primeras relaciones, subieron el Piray ó rio Grande, con la mira de ir á buscarlas en las poblaciones de los Chiriguanos; mas habiendo encontrado en el camino á los Cruceños, compráronles estos las plumas y los tegidos de algodon que llevaban para operar el trueque por aquellos utensilios. Satisfechos de esta especulacion comercial, y exhortados á continuarla, no tardaron mucho en volver en mayor número á Santa-Cruz; así es que estrechando mas de dia en dia sus relaciones con los moradores de esta provincia, no solamente dieron al olvido sus antiguos recelos, sinó que llegó á tanto su confianza, que en 1667[1], hallándose en disension con los salvages Canacurees, sus vecinos, apelaron al auxilio de los Cruceños; los que aspirando siempre á tener á los Moxos bajo su predominio, no desecharon ocasion tan oportuna para mezclarse en sus asuntos, y por este medio conseguir tales fines. Acompañados del Padre jesuita Juan de Soto, que desempeñaba el cargo de cirujano, marcharon pues solícitos los naturales de Santa-Cruz contra los enemigos de los Moxos, y no tardaron en regresar triunfantes.
[Nota 1: El P. Diego de Eguilus, Relacion de la mision apostólica de los Moxos(1696), pág. 3.]
Tercera época, desde la entrada de los Jesuitas hasta su espulsion (de 1667 á 1767).
Durante la espedicion de que acabo de hablar, Juan de Soto habia empleado todos los medios de captarse la benevolencia de los Moxos, ofreciéndoles volver á su nacion, junto con otros religiosos, tan luego como le fuese posible. En virtud pues del beneplácito de estos indios, é inmediatamente despues de haber recibido tan favorable nueva, mandó el Padre provincial á los hermanos José Bermudo y Julian de Aller que acompañasen á Juan de Soto que regresaba á Moxos. Entraron á la provincia estos tres religiosos en 1668, y emplearon un año entero en solo tomar las primeras nociones del idioma moxo, sin darse por entendido de sus miras posteriores: apercibiéronse los Indios, sin embargo; y recelosos de verse nuevamente bajo el duro yugo á que los habian sujetado los primeros Españoles, é instigados por sus sacerdotes se sublevaron amenazando de muerte á los Jesuitas; pero por temor á los Cruceños se contentaron con ir á despedirlos hasta Santa-Cruz, declarándoles formalmente que no querian hacerse cristianos.
Habiendo el gobernador de Santa-Cruz encomendado oficialmente en 1671 la conquista espiritual de estos indios[1] á los Jesuitas del Perú, hicieron estos otras dos tentativas tambien infructuosas. Empero al Padre José del Castillo, léjos de ceder á tanta resistencia, se determinó á entrar el solo en Moxos, en el año de 1674, y empezó por hacer cuantiosos presentes á sus habitantes, prometiéndoles muchos mas si consentian en ir á buscar junto con él algunos otros religiosos. Habiendo logrado tal consentimiento, regresó al año siguiente en compañía de los hermanos Pedro Marban, Cipriano Baracé y José Bermudo, quienes recibieron muy favorable acogida[2]. Estos cuatro religiosos visitaron el espacioso distrito ocupado por la nacion de los Moxos, distribuyendo por todas partes regalos y presentes los mas estimados por aquellos naturales, como cuentas de cristal (chaquiras), cascabeles, anzuelos, navajas, cuchillos, etc., regresando de su correría atacados de las fiebres intermitentes. Consagráronse luego dos años consecutivos al estudio de la lengua, y á merecer poco á poco la entera confianza de los indígenas; mas, á pesar de haber llegado á ser absolutamente necesarios para aquella nacion por sus conocimientos en medicina, y de haberse grangeado por sus buenos procederes el afecto de todos los moradores, tuvieron que valerse de la astucia para determinarlos á la conversion. Aseguraron á los gefes de su pronta partida si no consentian en constituirse en pueblos donde se profesase el cristianismo. Semejante amenaza produjo el efecto deseado, haciendo tomar á los indios el partido de la obediencia. Un cuchillo era la recompensa ofrecida á cada individuo que contrajese matrimonio y renunciase á la poligamia. El Padre Marban recorrió en seguida todas las poblaciones, arrancando de los Camacois y Tiaraukis todos los ídolos, para quemarlos publicamente. Encontróse entónces un caliz sustraido tiempos atras á los Franciscanos, y del que por el momento se servian los hechiceros. Los bebederos ó templos donde se colocaban las cabezas de los tigres y de los enemigos muertos en el combate, fueron tambien destruidos.
[Nota 1: Viedma, Informe, etc., pág. 139, § 494.]
[Nota 2: El P. Eguiluz, págs. 5 y 7.]
En 1682 habiendo llegado á Moxos otros muchos misioneros, se dedicaron á dar la última mano á la conversion de los naturales. Administraron el sacramento del bautismo á mas de quinientas almas: un año despues hicieron otro tanto con la poblacion de tres aldeas que deseaban reunir en un solo pueblo. Buscando para realizarlo un lugar á propósito y á cubierto contra las inundaciones, fundaron en 1684[1], al cabo de siete años de infatigables esfuerzos, la mision de Nuestra Señora de Loreto en las llanuras del norte y sobre la ribera sud del rio Mamoré, construyendo con adobes una hermosa iglesia de tres naves y de sesenta varas de largo sobre veinte de ancho.