[Nota 2: Número probablemente exagerado, á ménos que no se haya considerado cada familia como una aldea.]
En 1693, el Padre Agustin Zapata salió de San-Xavier para ir tambien á descubrir otras naciones salvages; y encaminándose veinticinco leguas al norte de esta mision, por los lugares que habitaban los antropófagos Canicianas (hoy en dia Canichanas), visitó cuarenta y ocho aldeas, y los caciques de otras muchas (pues componian setenta y dos poblaciones, del total de cinco mil almas poco mas ó ménos) vinieron á su encuentro. El Padre Zapata les hizo varios presentes, aconsejándoles que cambiasen su manera de vivir; y habiendo sabido que tenian mas al norte unos enemigos llamados Cayuvavas, continuó su marcha hácia esta parte, y encontró mas de dos mil indígenas distribuidos en siete poblaciones, cuyo cacique, llamado Paytiti, se hácia notar por su mucha y muy crecida barba. Volviendo por el norueste, halló á los Duevicumas, los Curuguanas y los Caridionos que consintieron en reunirse para formar una mision. Al siguiente año se dirigió por las llanuras del norte á visitar las naciones de los Cayapimas, Suruguanas, Parinas, Barisinas, Marochinas y Carivinas, que componiendo un total de siete mil almas, convinieron en hacerse cristianos. En 1695 partió nuevamente y conoció á los Canichanas, que se habian reunido, formando un pueblo bastante grande, para llamar la atencion de los Padres jesuitas, con cuyo auxilio deseaban instruirse en la doctrina cristiana y recibir el bautismo, lo que no se pudo llevar á cabo desde luego, por falta de religiosos. Pasando mas adelante, nos dice haber visto pueblos bien edificados, y templos donde se adoraban ídolos vestidos de plumas.
El Padre Juan de Espejo salió de la mision de San José en 1694 para ir á visitar las naciones de los Correcomeros y Chucupupeonos, enemigos mortales de los Moxos, y logró con dádivas ser bien recibido.
Finalmente, en 1696 se contaban ya, en la nacion de Moxos, segun el decir del Padre Eguiluz, diez y nueve mil setecientos ochenta y nueve indios cristianos. Cuando se considera que desde el año de 1674, no habian penetrado en la provincia sino veintitres Jesuitas, no se puede ménos de admirar el resultado á que habian llegado, en el cortísimo tiempo de veintidos años, cambiando totalmente el aspecto del pais y reformando los usos y costumbres de unos hombres enteramente salvages.
Veíanse combinados en esta conquista espiritual dos elementos de prosperidad: el hierro, que por vez primera se ponia en manos de los indígenas, y que llegó á ser la moneda corriente con que se ganaba á los hombres; y esa dulzura, esa paciencia con que se portaban los misioneros, á quienes sus variados conocimientos le permitian hacer al mismo tiempo, de médicos, de cirujanos y de enfermeros, curando indisposiciones y dolencias mortales como la disentería, etc. Era pues muy justo que se grangeasen mas y mas la gratitud y buena voluntad de los indios, que deseaban con ansia convertirse al cristianismo para gozar, como se les prometía, de mayores ventajas que las conocidas. Por otra parte, no habia trabajos manuales, por penosos que fuesen, á los que no se entregasen estos Jesuitas con la mas noble solicitud á fin de instruir á los naturales, ejerciendo en sus misiones los oficios, de arquitecto, de albañil, de carpintero, de pintor, de tornero, de herrero, de cerragero, de sastre, de zapatero, y finalmente, la profesion de todas las artes mecánicas.
Entre tanto, hablan ya logrado su primero y mas esencial objeto, que era modificar las costumbres y cimentar la buena moral. La poligamia habla dejado de existir entre los indígenas, que temian el enojo de Dios: la infinidad de supersticiones de su estado salvage, así como las bárbaras costumbres que á ellas se ligaban, habian tambien desaparecido completamente. Ya no se exedian en el uso de las bebidas espirituosas; y observando religiosamente casi todas las reglas de conducta que los Padres les dictaban, hasta habian llegado á no desear los bienes agenos.
Habiendo sido en el estado salvage fanáticos y crueles en el mas alto grado para guardar la observancia de sus creencias supersticiosas, no pudieron abrazar la religion católica, sin dejarse llevar de igual exageracion; por lo que fué muy fácil sujetarlos á todas la reglas del cristianismo. Los indios que aun no estaban bautizados de dirigian en tumulto á oir los sermones diarios de los misioneros; y los que ya lo estaban, asistian puntualmente á la misa en los dias de fiesta, y alguna vez en los ordinarios, particularmente los sábados para cantar y rezar en coro mañana y tarde, ya en español, ya en moxo. Puede decirse empero, á este respecto, que los Jesuitas dejaron ir muy léjos á los fanáticos Moxos, sometiéndolos á ese régimen severo, reservado únicamente para el claustro. Un inmenso espacio de tiempo era empleado por estos indios en los ejercicios de iglesia, comulgaban á menudo, y por la mas mínima falta religiosa se les azotaba á ruego de ellos mismos como por cualquier delito ordinario[1]. El Padre Eguiluz, hablando de la semana santa, dice que todos los individuos, sin distincion de edad, se confesaban y comulgaban. El viérnes santo, miéntras duraba el sermon de la pasion, dábanse todos «muchas bofetadas y golpes de pechos …» «Luego se ordena la procesion por la plaza, y calles principales, llevando en unas andas la imágen de bulto de Cristo crucificado, y en otras la de la Santísima Virgen, con mas de doscientas luces, en un silencio y compostura tan grande que no se oye una palabra, sinó los azotes de un crecido número de penitentes de sangre, arrastrando sogas y palos pesados, y otros vestidos de nazareno, con cruces á los hombros, cantando los coros de músicos el miserere …» «Varios coros en la iglesia cantan lamentaciones, mientras duran las penitencias y penitentes que van pasando delante del monumento, haciendo reverencia y mas recia disciplina á vista de la imágen de Cristo crucificado[2].» Cuando sobrevenía una peste, inmediatamente se rezaba una novena, acompañada de ayunos y otras penitencias; entónces;—«cada noche hay plática y acto de contricion, y se van siguiendo las parcialidades á hacer disciplina, y si algunos por viejos, ó por la novedad del ejercicio, su dan con poca fuerza, se enojan los oyentes, y le riñen que apriete la mano[3].» Así pues, segun el estado de exageracion religiosa de la España en aquella época, los Jesuitas á mas de los principios de sana moral y de la religion católica, impusieron á los fanáticos Moxos esos castigos corporales, que los ultrajaban, quitándole no poco á su dignidad de hombres.
[Nota 1: Cuando delinquian los indios en lo mas mínimo, ellos mismos pedian el castigo. Se les ponia en el cepo, y recibian sobre el cuerpo desnudo un número de azotes proporcionado al delito.]
[Nota 2: Relacion de la mision apostólica de los Moxos (pág. 62), impresa en 1696.]
[Nota 3: Id., pág. 63.]