El cacique, gefe de la mision, recibia de los Jesuitas instrucciones inmediatas relativamente á todos los ramos de la administracion, y tenia bajos sus órdenes, para hacer sus veces, un alferes y dos tenientes. Ademas de estos empleados, habia dos alcaldes de familia y dos alcaldes del pueblo, dependientes tambien del cacique. Estos ocho magistrados componian el cabildo y se distinguian por el baston con puño de plata que llevaban.

La familia se componia, en cada ramo de industria, de un mayordomo y de su segundo, quienes ocupaban, lo mismo que en Chiquitos, los lugares inmediatos al del maestro de capilla y del sacristan mayor. Habia mayordomos de los oficios de pintor, de carpintero, de tegedor, de tornero, de herrero, de platero, de zapatero, etc.

El pueblo se dividia en parcialidades, cada una de las cuales estaba subordinada á un capitan y su segundo. Estos capitanes eran los comandantes de las embarcaciones, y dirigian en las espediciones á los soldados ó remeros. Habia luego varios otros cargos, como el de alcalde de estancia, individuo comisionado para cuidar las haciendas y atender á la cria de ganados; y el de fiscal, título que se daba al ejecutor de las sentencias dictadas en los juicios. Todos estos empleados subalternos llevaban en señal de distincion una vara negra, y en las grandes festividades religiosas marchaban entre las corporaciones del colegio.

Si se ha de juzgar del estado de industria de Moxos, por lo que aun queda de ella á pesar de los atrasos debidos á la ignorancia y á la negligencia de los curas y administradores que se han sucedido desde la expulsion de los Jesuitas, se vé que á mediados del siglo anterior, no debió quedarse muy atras en sus progresos esta provincia entre los demas pueblos hispano-americanos. Fabricábanse en ella tegidos finos de todas clases y diversidad de otros objetos. La comunidad proveia de vestuario á todos los indígenas; y tanto los hombres como las mugeres llevaban el tipoi de algodon: ámbos sexos tenian la costumbre de dejarse crecer la cabellera. Para el trabajo en comun, sea en los campos, sea en los talleres, todo se hallaba arreglado á la manera que en Chiquitos: era permitido entretanto á cada indio el labrar por su cuenta un campo particular.

Las horas de devocion se sucedian mas á menudo que en la citada provincia; y como ya se dijo, las penitencias corporales iban de par con el fanatismo; de lo que se infiere que los Jesuitas debieron ser mucho mas rígidos para las prácticas religiosas en sus misiones de Moxos. Tambien es verdad que los naturales, estremadamente supersticiosos, se prestaban á ello, como sucede hoy en dia, con una especie de entusiasmo que rayaba en frenesí. Acostumbrados á martirizarse en los ejercicios de su culto primitivo, nada tenia de estraño que al convertirse al cristianismo hubiesen conservado el mismo fervor, y sobre todo la misma insensibilidad física. El hombre que en su estado salvage no trepidaba en sacrificar su muger y sus hijos á necias supersticiones, y en someterse espontáneamente á todos los sufrimientos, no podia tener ciertamente el menor escrúpulo en hacerles aplicar por el fiscal, á la mas leve falta, azotes ó otro género de correccion, y en hacerse castigar él mismo toda vez que creia haber ofendido á la divinidad. Por lo demás, parecerá ménos sorprendente semejante fanatismo, si se considera el estado de aquellos tiempos, en que la inquisicion dominaba en España, y en que los actos esteriores, muy al contrario de lo que sucede actualmente, eran todo en materias de religion[1].

[Nota 1: Aun se ven hoy en dia, en el palacio de la Favorita, cerca de Báden, los instrumentos de suplicio que durante la semana santa se aplicaba voluntariamente la favorita.]

La comunidad suministraba tambien la manutencion á los indios, distribuyendo cada quince dias una racion de carne: cada mision se hallaba provista de los utensilios necesarios para toda clase de trabajos. La buena memoria que los Moxeños han dejado del tiempo de los Jesuitas, entre sus descendientes, nos hace ver que se reputaban por muy felices á pesar de la estrecha dependencia en que vivieron. Los actuales moradores, que conservan religiosamente la tradicion de aquel entónces, suspiran por una existencia que no han conocido, mas venturosa que la presente, y agena sobre todos de las tristes inquietudes del porvenir.

En el año de 1767, la provincia de Moxos se encontraba en el estado mas floreciente con respecto á su industria y á sus monumentos. Sus productos anuales ascendian á la suma de sesenta mil pesos poco mas ó ménos; y en el pueblo de San-Pedro, mision la mas central y capital de aquel vasto territorio, se veia una magnífica iglesia, rica de esculturas y resplandeciente de ornamentos de plata[1] y de piedras preciosas, de que se hallaban cubiertas las imágenes de los santos. Viedma, cuya imparcialidad era conocida, hablando de los Jesuitas, escribia en 1787[2]. «Estos religiosos, á impulsos de una fina política y dedicada aplicacion, consiguieron poner aquellos pueblos en el mayor estado de prosperidad, con los frutos de sus fértiles terrenos cultivados por los indios, é industriosas manufacturas que les fueron enseñando para el beneficio de ellos con maestros hábiles. El sumo grado de felicidad á que llegaron las misiones de Moxos en tiempo de su espulsion, está de manifiesto en la entrega que hicieron de los quince pueblos que componia el todo de ellas.»

[Nota 1: No bajaba ciertamente de veinte quintales el total de la plata invertida en los adornos de esta iglesia.]

[Nota 2: Informe, Descripcion de Santa-Cruz, pág. 140, § 496.]