Al llegar la noche del octavo dia de navegacion, se advierten ya sobre la playa los primeros guijarros: esta circunstancia suele regocijar en estremo á los indios moxeños, no solamente por que ella es un anuncio de la proximidad del pais de los Yuracarees, sino tambien por la novedad que les causa la vista de un objeto enteramente desconocido para ellos; pues como ya dije, no se encuentra en la provincia de Moxos el mas mínimo pedernal; por cuya razon siendo los guijarros un verdadero hallazgo, los recogen, sea para sacar fuego, sea por mera curiosidad, con la misma importancia con que recogerian piedras preciosas. Toda vez que un objeto nuevo hiere nuestros sentidos, esperimentamos al punto una satisfaccion, un contento inesplicables: así los naturales de Moxos se extasian contemplando los pedregales, como un habitante de las montañas se anima á la vista de los hermosos arbolados, como un Cruceño siente un gozo desconocido en presencia de las rocas. En esta misma jornada las playas se ensanchan, las montañas parecen aproximarse mas y mas, y las riberas se manifiestan cubiertas enteramente, tan pronto de vejucos matizados de flores ya amarillas ya moradas, tan pronto de innumerables palmeras, de vainilla y de otras plantas aromáticas, tan pronto de esos árboles desconocidos, cuyas copas, totalmente despojadas de follage, no contienen sino flores purpurinas las mas vistosas. Todos los lugares por donde se transita en esta jornada, ofrecen á la admiracion del viagero un conjunto grandioso de maravillas. Entretanto, solo á la mañana siguiente se avista la confluencia de los rios Coni y de San-Mateo, de cuya reunion se forma el rio Chaparé: la corriente de este es rápida en este punto y ya acarrea piedras de algun volúmen. El rio de San-Mateo corre con estrépito sobre un lecho pedregoso y por entre magníficos boscages; mas para ir á Yuracáres se sube el rio Coni que es ménos considerable y sobre todo poco profundo. Barcos de vapor de todos tamaños pueden navegar sin obstáculo por el Chaparé, basta la embocadura de los dos rios que le dan orígen. Cuando se entable la navegacion de aquellos rios, y el tráfico directo del comercio de esas regiones con la Europa, este punto, que está al abrigo de las inundaciones, podrá servir ventajosamente para el establecimiento de un puerto, donde se embarcarán los frutos procedentes de las montañas situadas al nordeste de Cochabamba, y de Valle-Grande.
La subida por el rio Coni es bastante trabajosa, porque hay que luchar contra una corriente á veces rapidísima, y salvar muy á menudo algunas cachuelas cubiertas de guijarros: entre tanto el espectáculo que presentan las orillas es siempre el mismo, imponente á la par que risueño. Finalmente, á los once dias de marcha se hace alto sobre la ribera izquierda, y echando pié á tierra se caminan tres leguas por entre el bosque mas hermoso del mundo, siguiendo el rumbo de un estrecho sendero que conduce al pueblecillo de la Ascension de Isiboro, perteneciente al pais de los Yuracarees.
Camino de Yuracáres á Moxos, por el rio Securi.
Cuando en el año de 1832 me propuse abrir una nueva via de comunicacion entre el pais de los Yuracarees y la provincia de Moxos, emprendí mi viage por el siguiente itenerario. Bajé primeramente al rio Moleto, donde me embarqué en una canoa que habia yo mandado construir para el efecto. Las aguas de este rio estaban muy bajas, y á cada paso tropezábamos ademas con las cachuelas de que está lleno; por cuya razon empleamos tres dias para llegar á la confluencia del rio Icho que solo dista tres leguas. Metidos casi siempre en el agua para arrastrar la canoa y enteramente descalzos, durante el dia nos veiamos atormentados por las picaduras ponzoñosas de los jejenes á los que reemplazaban por la noche enjambres de mosquitos mas encarnizados todavía. Mis compañeros de viage se quejaban con mucha razon, y solamente el ejemplo de mi resignacion y mi constante cooperacion á sus trabajos podian darles el ánimo suficiente para seguir adelante. En este intervalo, el rio Moleto recibe por la parte de oriente las aguas del Ipuchi, y por la de occidente las de los rios Solotosama y Eñesama[1], que corren por entre colinas bajas, mas prominentes hácia el oeste. Estas colinas no son otra cosa que las últimas faldas de la Cordillera.
[Nota 1: El nombre de este rio se compone de dos palabras del idioma yuracáres: de eñe (nombre del pescado conocido en otras partes bajo el nombre de sábalo) y de sama, que significa rio: es decir, rio de los sábalos.]
En la confluencia de los dos rios que forman el rio Securi, las aguas se ensanchan y su hondura es mayor; sin embargo, para poder navegar en grandes barcas, es menester que sean estas de poco fondo. Encontramos en este punto algunos indios ocupados en la pesca, y que se determinaron á seguirnos: bien pronto aconsejándonos hacer alto, nos mostraron detras de unas zarzales de la ribera izquierda un sendero que no hubiéramos podido descubrir desde el rio. Encaminándonos por él, encontramos en medio de un bosque, á un cuarto de legua de distancia, unas cuantas casas que tenian un piso alto, construccion propia para el lugar que me pareció muy húmedo. Con la esperanza de conseguir algunos plátanos y raices de mandioca, únicas provisiones que se encuentran en aquellos lugares salvages, me instalé desde luego en una de esas casas, recientemente abandonadas por sus habitantes, quienes se habian transferido diez leguas al oeste, huyendo de una enfermedad que segun ellos existia en el lugarejo. Al siguiente dia, á poco mas de las once, viendo que aun no volvian los comisionados que habian salido en busca de víveres, resolví regresar al rio para embarcarme y proseguir mi viage; pero no tardaron mis tres indios en llegar tras de mi con algunas provisiones. Inmediatamente nos pusimos en marcha, dejando el pais de los Yuracarees y vogando resueltamente hácia regiones desconocidas.
En el espacio de una legua tuvimos que salvar algunos encalladeros, y despues de haber dejado atras un islote guarnecido de árboles, encontramos el rio ya franco y totalmente desembarazado. Entónces llegué á conocer que seria muy fácil la navegacion de esta corriente, aun para las embarcaciones de vapor. Este punto, cuyos terrenos son los mas feraces que pudieran encontrarse, me ha parecido muy conveniente para el establecimiento de un puerto cuando lleguen á entablerse las comunicaciones comerciales con la provincia de Moxos. El rio es abundantísimo en pescados: cada vez que echábamos nuestros anzuelos, sin pérdida de tiempo sacábamos de á pares enormes pescados, entre los que se distinguian principalmente los pertenecientes á la familia de los siluroides, y tambien los numerosos pacus, pez de los mas esquisitos de América[1]. Al dia siguiente, despues de haber evitado algunos hacinamientos de troncos que obstruian el paso en algunos parages, el rio fué ensanchándose poco á poco, y su profundidad llegó á ser mayor: los jejenes desaparecieron, las palmas viñas eran mas raras, hasta que fueron reemplazadas por las palmas motacúes. Cada banco de arena se veia cubierto de rayadores, de gaviotas y de caprimulgus, que anidan en las playas, depositando simplemente sus huevos sobre la arena.
[Nota 1: En este parage del rio saqué un pescado que tenia dos varas de largo. Este animal, conocido en el Brasil bajo el nombre de pirarara, es un siluroide muy largo, que tiene la cola roja, el vientre amarillo y la parte de encima de un color pardo negruzco.]
Las jornadas se sucedian lentamente por las frecuentes paradas que hacian mis remeros, los que á pesar del ascendiente que yo habia llegado á tomar sobre ellos, saltaban muchas veces á tierra, sin querer obedecerme, para perseguir por entre los bosques, ya las bandadas de pavas del monte, ya los javalíes, ya una tropa de grandes marimonos, que agenos de conocer el daño parecian salir á nuestro encuentro brincando alegremente por sobre los árboles, hasta que una tardía y dolorosa esperiencia les enseñaba á desconfiar del hombre.
Entretanto, las riberas se veian constantemente animadas por toda especie de animales selváticos, que salian de los bosques á retozar sobre la playa ó sobre los árboles de los ribazos. Muy á menudo un gran-bestia, sorprendido de improviso con nuestra llegada, se ponia precipitadamente en fuga; otras veces un carpincho, deslizándose con presteza de la barranca, se escondia en el agua; mas léjos, un ciervo dormido, despertando de pronto, echaba á correr por entre el bosque volviendo de tiempo en tiempo la cabeza para examinarnos de nuevo. De vez en cuando oiamos tambien á la distancia el bramido del tigre.