Al cabo de algunas jornadas de marcha por la corriente profunda, pero poco rápida del rio Securi, llegamos á la confluencia del rio que los Yuracarees llaman Yaniyuta, el cual, bajando del este, viene á dar mas ensanche al Securi. La abundancia de víveres que habia reinado hasta entónces, gracias á la buena pesca y á la caza, nos fué abandonando poco á poco; pues la selva iba siendo cada vez mas desierta, y por otra parte, la pólvora que yo llevaba alterada sin duda por la humedad, se habia puesto inservible; por manera que bien pronto la falta de caza nos redujo al pescado sin sal por todo alimento, y mas tarde á unas pocas espigas de maiz que nos proporcionaron los Yuracarees, y á los palmitos que pudieron derribar mis indios.
Lo largo del camino y la monotonía de esta navegacion empezaban ya á desalentarme cuando el 8 de agosto, á eso de las once de la mañana, llegamos por fin á la confluencia de un rio que baja del oeste, y es mucho mas considerable que el Securi. Los Yuracarees le dan el nombre de Isiboro, y segun el decir de los que me acompañaban, esta caudalosa corriente, formada de los rios Isiboro, Samucebeté y Chipiriri, recibe todas las aguas del vertiente oriental de la cadena del Iterama ó del Paracti, comprendidas entre el rio San-Mateo, y el rio Yaniyuta, por delante del cual habiamos pasado tres dias ántes. Viendo pues que el rio Securi tomba ya un ensanche igual al que habia yo notado en el punto de su confluencia con el Mamoré, recobré el ánimo, esperando llegar bien pronto á encontrarme con este rio.
Al siguiente dia se deslizaba tranquilamente nuestra canoa por entre islas guarnecidas de bosques, cuando se presentó derrepente, posada sobre un árbol del ribazo, la mas hermosa, la mas corpulenta, la mas noble de todas las aves de rapiña, una verdadera harpía[1], que levantaba su bello copete, mirándonos detenidamente sin parecer inquietarse de nuestra presencia. No pudiendo hacer uso de mi escopeta por falta de buena pólvora, dejé á la destreza de mis Yuracarees, que saltaron inmediatamente á tierra, la gloria de capturar aquel soberbio animal. Uno de ellos le asertó desde luego un flechazo: á pesar de este golpe, echóse á volar el pájaro; pero embarazado con la flecha que llevaba clavada, (la cual tenia como dos varas de largo) cayó bien pronto dentro del bosque á donde la siguieron mis cazadores. Me regocijaba ya con la idea de poder llevar á Francia esta rara presa, cuando vi regresar á mis indios trayendo el pájaro con la cola y las alas enteramente desplumadas, y el cuerpo casi pelado. Los Yuracarees estiman en mucho las plumas de este pájaro; ya para empenar sus flechas, ya para adornarse en los dias de gala[2]; así es que sin perder tiempo se habian apoderado de ellas, dejando burladas mis esperanzas. Despues de haberlos reñido asperamente por esta conducta, ordené que me tragesen al animal, que creiamos muerto; y sentado en la canoa lo coloqué delante de mí. Aturdido solamente por los golpes que habia recibido en la cabeza, volvió en sí poco á poco sin que nos apercibiésemos de ello, y cuando yo ménos lo pensaba, se arrojó sobre mí, haciéndome de un solo golpe ocho heridas con sus enormes garras, una de las cuales, de mas de tres pulgadas de largo, me atravesó el brazo de parte á parte, entre el cubitus y el radius, desgarrándome uno de los tendones. A los gritos que dí, acudieron mis compañeros de viage, y lograron con muchísimo trabajo quitarme de encima al furioso animal. Bañado en sangre y sin medicamentos para curar mis heridas, mi estado no dejaba de ser peligroso. Entretanto, continuamente espuesto al calor del dia ó á la nociva humedad de la noche, la fiebre se apoderó bien pronto de mí. Por otra parte el temor de que me atacase un pasmo, y la duda de si quedaria estropeado por causa de la adherencia de la piel al tendon, aumentaban sobremanera mis sufrimientos. Gracias á la Providencia el solo mal positivo que me resultó de todo esto, fué la imposibilidad de servirme de mi brazo durante algun tiempo.
[Nota 1: El Falco destructor. Esta especie es de un tamaño casi doble que el de la águila real de Europa. Véase la lám. 13.]
[Nota 2: Empenan sus flechas con las grandes: las pequeñas se las ponen á modo de peluquín empolvado.]
En la noche de ese mismo dia llegamos á la confluencia del rio Sinuta, último tributario occidental del Securi. Saliendo de este punto, hicimos todavía dos jornadas mas, y mis inquietudes ya tocaban á su colmo, cuando se presentó por fin el rio Mamoré, desplegando á nuestra vista toda su grandeza. Inmediatamente dí al olvido mis padecimientos, pues me encontraba en Moxos, blanco de mis afanes, y al dia siguiente, despues de haber remado toda la noche vogando rio abajo, desembarcamos en Trinidad, capital de la provincia.
Habiendo hecho el plano de este itinerario, resultó claramente, como yo lo esperaba, que el nuevo tránsito practicado por mí era mucho mas corto, y no tan peligroso como el de Palta-Cueva.
Camino de Moxos á Santa-Cruz de la Sierra por el rio Grande y el rio Piray.
Para encaminarse de Loreto, último punto habitado de la provincia de Moxos, hácia Santa-Cruz de la Sierra, es necesario hacer primero, lo mismo que para ir á Cochabamba, un tránsito de tres dias hasta la confluencia de los rios Sara y Mamoré. Se sigue luego por el primero de estos rios, que no es otro que el rio Grande cuyo numbre cambia momentáneamente en la confluencia del rio Piray hasta el punto de su reunion con el Mamoré. Sus aguas rogizas forman un contraste con las cristalinas de este último: por lo demas, las riberas del rio Sara presentan, aunque con ménos terrenos bajos, absolutamente el mismo aspecto; pues se hallan cubiertas de igual modo que las del Mamoré, de bosques muy variados por la diversidad de árboles de que se componen, y entre los que sobresalen las palmas motacúes. Solo en la estacion de seca se ven á descubierto los altos ribazos de esta corriente; entretanto, la línea del nivel á que alcanzan las inundaciones, queda siempre marcada sobre los troncos de los árboles inmediatos, como á una vara de altura desde su pié.
Al fin de la quinta jornada, se presenta la confluencia del riachuelo, llamado Maravo, que baja por la izquierda, de las llanuras inundadas. En la mañana de la sesta jornada se pasa la confluencia del rio Ibabo, cuyas fuentes se encuentran en Tasajos, en Pampa-Grande y en Vilca, puntos de las montañas de la provincia de Valle-Grande. Esta corriente formada de los rios Surutú y Yapacani, toma el nombre de Ibabo cuando baja á serpentear por la llanura, siendo navegable hasta el pié de las montañas. Al cabo de una jornada de navegacion por el rio Sara, se llega á la confluencia del rio Piray. En tiempo de los Jesuitas se subia por el rio Sara ó rio Grande hasta el lugarejo de Payla, situado al este de Santa-Cruz; pero este camino, que obligaba á los viageros á dar una vuelta considerable, siendo al mismo tiempo no poco peligroso en tiempo de crecientes por causa de las avenidas que ocultan enteramente el álveo del rio, ha sido abandonado, harán como cincuenta años, para dirigirse mas bien por el Piray, el cual, aunque mucho mas angosto que el rio Grande, es ménos propenso á las crecientes devastadoras; razon por la que se le prefiere aun á pesar de los saltos que suele tener en tiempo de seca. Es probable que cuando las endebles canoas sean reemplazadas por barcos de vapor, se volverá á tomar el rio Grande, abandonando el Piray, ménos conviente para la navegacion de grandes embarcaciones.