—Por fuerza debo saber algo, dijo Renzo, empezando á alterarse; porque bastante me habéis quebrado la cabeza estos últimos días con esos asuntos. Pero ahora, ¿no está todo concluido ya? ¿no se ha hecho lo que había de hacerse?
—Todo, todo... esto os parece á vos, porque... tened paciencia... el animal soy yo, que olvido mi deber por no causar penas á los otros. Pero, ahora... basta: yo me entiendo. Nosotros, pobres curas, estamos entre la espada y la pared: sois impaciente, infeliz mancebo, os compadezco; y mis superiores... no digo más; no todo se puede decir; y sobre nosotros caen todas las molestias.
—Mas explicadme de una vez de lo que se trata, y cuál es la formalidad que queda por llenar, según vos decís; pues se hará al momento.
—¿Sabéis cuántos son los impedimentos dirimentes?
—¿Qué queréis que yo entienda de impedimentos?
—Error, conditio, votum, cognatio, crimen.
Cultus, disparitas, vis, ordo, ligamen, honestas.
Si sis affinis...
iba diciendo D. Abundio, enumerando con las yemas de los dedos.
—¿Os burláis de mí?, interrumpió el joven; ¿qué queréis que yo haga de vuestros latinajos?
—Pues si ignoráis las cosas, tened paciencia, y remitíos á quien las sabe.
—¡Finalmente!...