—Vamos, querido Renzo, no os incomodéis, pues estoy dispuesto á hacer... todo lo que dependa de mí. Yo, querría veros contento, porque os aprecio; yo... ¡ah! Cuando pienso que os iba tan bien... de soltero. ¿Qué os falta?... Ya se ve; os han entrado de pronto las ganas de casaros...
—¿Qué discursos son éstos, señor mío?, replicó Renzo con aire entre admirado y colérico.
—Hablo por hablar; tened paciencia; quisiera veros satisfecho.
—En suma....
—En suma, querido hijo: yo de esto no tengo la culpa: las leyes no las he hecho yo; y antes de celebrar un matrimonio, nos vemos al mismo tiempo obligados á hacer muchas y muchas indagaciones para asegurarnos que no hay impedimentos.
—Pero vamos; decidme de una vez, ¿qué impedimento ha sobrevenido?
—Cachaza; éstas no son cosas que puedan descifrarse así tan á la ligera. Ello no será nada: á lo menos, así lo espero; pero no obstante, dichas indagaciones estamos en el deber de hacerlas. El texto es claro y terminante. Antequam matrimonium denunciet...
—Ya os he dicho que no entiendo de latines...
—Sin embargo, es necesario que os explique...
—Pero, ¿no habéis hecho ya las indagaciones?