—Os digo que no las he hecho todas como hubiera debido.
—¿Por qué no hacerlas á tiempo? ¿Por qué decirme que todo estaba concluido? ¿Por qué aguardar?
—¡Ah! ¿Conque me echáis en cara mi demasiada bondad? ¡Yo que lo he facilitado todo por serviros con más prontitud! Pero... pero sin embargo, me han sucedido... Basta: esto se queda para mí.
—¿Y qué queréis que haga?
—Que tengáis paciencia por algunos días. Á más de que, hijo mío, algunos días no son una eternidad. Tened paciencia.
—¿Y por cuánto tiempo?
Nos hemos salvado, pensó D. Abundio; y con el aire más cariñoso que nunca: “Vaya, dijo: en quince días indagaré... procuraré...”.
—¡Quince días! ¿Qué es lo que dice vd? Se ha hecho cuanto habéis querido: se ha fijado el día; éste ha llegado, y ahora me venís diciendo que espere quince días. ¡Quince!... repitió en voz más alta y conmovida, extendiendo los brazos y batiendo el aire con los puños cerrados; y quién sabe hasta dónde le hubiera arrastrado el furor en aquel momento fatal, si D. Abundio no le hubiese interrumpido cogiéndole una mano con cariñoso y lisonjero afecto: “¡Ánimo, ánimo! Por amor del cielo, no os alteréis; buscaré, veré si en una semana...”.
—¿Y qué debo decir á Lucía?
—Que ha sido un descuido mío.