—¿Y aquí no tenéis miedo?

—Os diré, señor cura; juiciosamente pensando, según todas las probabilidades, no deberían venir á alojarse aquí, á causa de estar esto fuera de camino para esas gentes: cuando más podrán hacer alguna escapatoria (lo que Dios no quiera), pero en todo caso siempre hay tiempo: antes hemos de oir hablar de las infelices poblaciones por donde irán pasando.

Los viajeros habían resuelto descansar algunos momentos, y como era justamente la hora de comer, “Señores, dijo el sastre, os ruego que honréis mi pobre mesa; francamente, consistirá en un solo plato que tiene muy buena traza”.

Perpetua dijo que llevaba consigo algo con que romper el ayuno. Después de algunos cumplidos por una y otra parte, acordaron juntar las provisiones y comer en compañía.

Los niños se habían colocado con grande algazara alrededor de Inés, su antigua amiga. El sastre ordenó prontamente á una de sus hijas (la que había enviado con aquel plato de comida á la viuda María, según recordarán los lectores), que fuese á asar unas castañas, que eran de las primeras que se habían cogido.

—Y tú, dijo á un muchacho, marcha corriendo al huerto, y sacude bien el albérchigo, recoge los que caigan, y tráelos; que vengan todos, ¿oyes? Y tú, dijo á otro, encarámate á la higuera y coge los higos que estén más maduros. Éste es un oficio que conocéis demasiado.

Por lo que á él hace, fué á destapar un tonelito de vino, y su mujer á traer ropa de mesa. Perpetua sacó sus provisiones, púsose la mesa, se colocó en la cabecera una servilleta y un plato de loza para D. Abundio, añadiendo Perpetua un cubierto que traía en la cesta. Sentáronse á la mesa y comieron si no con grande alegría, á lo menos con mucha más de la que ninguno de los comensales hubiera esperado disfrutar aquel día.

—¿Qué decís vos, señor cura, de esa barahúnda de cosas? dijo el sastre; me parece que estoy leyendo la historia de los sarracenos en Francia.

—¡Qué queréis que diga! ¡Era preciso que me alcanzase esta nueva desgracia!

—Pero habéis escogido un excelente refugio, replicó aquél, ¿quién se atrevería á subir allí á la fuerza? Encontraréis una numerosa concurrencia, porque he oído decir que se ha refugiado mucha gente, y que continuamente va llegando más.