—Me atrevo á esperar que seremos bien recibidos. Conozco á ese buen señor; y cuando una vez tuve que apersonarme con él, se portó muy bien conmigo.

—Y conmigo también, interrumpió Inés; me mandó á decir, por conducto de monseñor ilustrísimo, que cuando necesitase algo acudiese á él.

—Sublime y hermosa conversión repuso D. Abundio; persevera en ella, ¿no es cierto?, ¿persevera?

El sastre se puso entonces á hablar largamente acerca de la santa vida que hacía el Incógnito, y cómo después de haber sido el cruel azote de todas las cercanías, había llegado á ser el ejemplo y el bienhechor.

—¿Y la gente que tenía consigo... toda aquella servidumbre?... replicó D. Abundio, el cual había oído decir algo, pero que no estaba enteramente seguro.

—La mayor parte se han marchado, respondió el sastre; y los que han quedado, han variado de vida, de tal modo... En una palabra, el castillo se ha convertido en una nueva Tebaida: vos debéis saber todo esto.

Luego se puso á platicar con Inés sobre la visita del cardenal. “¡Grande hombre!, decía; ¡grande hombre!, ¡lástima que pasara por aquí con tanta precipitación, pues ni aun pude honrarle como merecía. ¡Oh, cuán satisfecho estaría si pudiese hablarle otra vez, así, más despacio!”.

Después que se levantaron de la mesa, les enseñó una estampa que representaba al cardenal. La tenía pegada á una de las hojas de la puerta, como en señal de veneración al personaje, y también para poder decir á todo el mundo que el retrato no era parecido, porque él había podido examinar de cerca, y con mucha calma, al cardenal en persona, en aquella misma habitación.

Lo han querido hacer con esta cosa aquí... dijo Inés: el vestido le parece; pero...

—¿No es verdad que no tiene parecido?, repuso el sastre: yo siempre lo digo; no nos engañamos, ¿eh? Mas en su defecto está su nombre debajo; al fin es un recuerdo.