D. Abundio daba prisa y estaba impaciente por llegar; el sastre se empeñó en ir á buscar un carro que los condujese hasta el pie de la subida; corrió, pues, con la mayor solicitud á su encuentro, y pocos momentos después volvió diciendo que ya venía. Luego se dirigió á D. Abundio, y le dijo: “Señor cura, si deseáis llevaros allá arriba algún libro para pasar el tiempo, yo podré serviros, pues, aunque soy un infeliz, me divierto también en leer un poco. Ello no serán libros como los vuestros, por estar escritos en lenguaje vulgar, pero no obstante...”.
—Gracias, gracias, respondió D. Abundio: las circunstancias son tales, que apenas tiene uno cabeza para ocuparse de lo que es de obligación.
Mientras se dan y vuelven las gracias, se cambian los saludos y buenos presagios, invitaciones y promesas de otra visita á la vuelta, el carro ha llegado delante de la puerta de la calle. Colocan en él las cestas, montan y emprenden con un poco más de calma y tranquilidad de espíritu la segunda mitad del viaje.
El sastre había dicho la verdad á D. Abundio, con respecto á la nueva vida del Incógnito. Desde el día en que lo dejamos, había continuado haciendo lo que se propuso; á saber: reparar los males causados, reconciliarse con sus enemigos, socorrer á los desgraciados, hacer, en suma, todo el bien que pudiese. Aquel valor que en otro tiempo había manifestado en ofender y defenderse, ahora lo mostraba en no hacer una cosa ni otra. Iba siempre solo y sin armas, dispuesto á sufrir las consecuencias posibles de tantas violencias como había cometido, y persuadido que sería usar de una nueva si se valía de la fuerza para defender su persona, que era deudora de tantas y tantas; convencido, igualmente, de que todo el daño que se le hiciese sería una injuria hacia Dios, pero con respecto á él una justa retribución, y que él tenía menos derecho que cualquiera otra persona para castigar al que le injuriase. Á pesar de todo esto, permanecía tan inviolable como cuando tenía armados para su seguridad tanta multitud de brazos en unión con el suyo. El recuerdo de su antigua ferocidad, y la vista de su actual mansedumbre, la una que debía haber dejado naturalmente tantos deseos de venganza, y la otra, que la hacía tan fácil, conspiraban, sin embargo, á la vez, á vencer los odios, y á conquistarle una admiración que le servía principalmente de salvaguardia. Éste era el hombre que nadie había podido humillar, y que se había humillado á sí mismo. Los rencores irritados otras veces por su desprecio y por el miedo que le tenían, veíanse, al presente, embotarse ante aquella nueva humildad: los ofendidos habían obtenido, contra toda esperanza y sin ninguna especie de riesgo, una satisfacción que no hubieran podido prometerse de la mejor venganza; esto es, el placer de ver á un hombre semejante arrepentido de sus crímenes, y siendo partícipe, por decirlo así, de su indignación. Existían muchos cuyo rencor se había hecho más amargo y profundo á causa del infinito número de años que lo abrigaban, sin haber podido encontrar durante tan largo trascurso de tiempo una ocasión en que pudiesen ser más fuertes que aquel hombre para tomar la revancha de los daños que les había causado; mas al verlo luego solo, desarmado y en la actitud de un hombre que no opondría resistencia, no sentían otro impulso hacia él más que una intensa veneración y profundísimo respeto. En aquella voluntaria humillación, su presencia y continente habían adquirido, sin que él lo supiese, un cierto no sé qué de más noble y elevado, pues se traslucía en toda su persona, todavía mejor que antes, la ausencia de todo temor. Los odios, aun los más tenaces é inveterados, se sentían como ligados y contenidos respetuosamente por la veneración general de la cual era objeto aquel hombre arrepentido y tan benéfico. Dicha veneración era tal, que él mismo se veía embarazado para sustraerse á las demostraciones que se le hacían, teniendo que poner todo su cuidado en no dejar transparentar en su semblante y ademanes, el sentimiento interior de compunción y no humillarse mucho para no ser demasiado ensalzado. En la iglesia eligió el sitio más inferior, y no había peligro que nadie lo ocupase; hubiera sido lo mismo que usurpar un puesto de honor. Ofender pues á semejante individuo ó tratarle con poco miramiento, podía parecer no solamente una insolencia y villanía, sino también un sacrilegio; y los mismos á quienes este sentimiento general podía servir de comedimiento, participaban igualmente más ó menos.
Éstas y otras muchas causas alejaban también de él la venganza de la fuerza pública, y le procuraban además por este lado una seguridad, por la cual ningún cuidado pasaba. El rango y elevado nacimiento, que en todo tiempo le habían servido de escudo, militaban aún más en su favor, después que á aquel nombre ya famoso se unían las alabanzas de una conducta sumamente ejemplar y la gloria de su conversión. Los magistrados y los grandes se habían alegrado de ésta públicamente como el pueblo, habiendo parecido extraño el enconarse contra el que era objeto de tantas congratulaciones. Además de esto, un poder ocupado en una guerra perpetua y siempre desgraciada contra rebeliones vivas y renacientes, podía estar bastante satisfecho con haber librado de la más indomable y molesta, para no ir á buscar otra; tanto más, cuanto que dicha conversión producía reparaciones que el expresado poder no estaba acostumbrado á obtener, ni tampoco á pedir. Martirizar á un santo no parecía un buen medio para librarse de la vergüenza de no haber sabido tener á raya á un facineroso, y el efecto que se hubiera conseguido castigándole no habría sido otro que hacer volver á sus semejantes á su antigua y criminal vida. Probablemente también la parte que el cardenal Federico había tenido en la conversión, y su nombre asociado al del convertido, servían á éste como de un impenetrable y sagrado escudo. Y en ese estado de cosas é ideas, en esas singulares relaciones de la autoridad espiritual y del poder civil, que tan á porfía debatían entre sí sin pensar jamás en destruirse, mezclando continuamente á las hostilidades, actos de reconocimiento y protestas de deferencia, y que no obstante iban siempre de conserva á un fin común, sin hacer nunca las paces, pudo parecer en cierto modo que la reconciliación de la primera llevase consigo el olvido, si no la absolución del segundo, cuando aquélla se había acumulado solamente para producir un efecto querido de ambas.
Así, aquel hombre, sobre el cual, si hubiese caído, habrían corrido á porfía grandes y pequeños á pisotearle, derribándose voluntariamente, conseguía ser perdonado por todos, y venerado por muchos.
Es cierto que también había algunos á quienes aquel estrepitoso cambio debía dejar muy disgustados; tales eran los ejecutores pagados para cometer crímenes, los compañeros de delitos, que perdían una tan gran fuerza, con la cual estaban habituados á crearse una renta, y que acaso en el momento que esperaban la noticia de la ejecución, encontraban á un mismo tiempo rotos los hilos de las tramas urdidas á fuerza de tanto tiempo y trabajo. Pero ya hemos visto los diversos sentimientos que la tal conversión hizo nacer en los corazones de los secuaces que se encontraban entonces con él, y la cual oyeron anunciar por la misma boca de su jefe: estupor, aflicción, abatimiento, cólera; un poco de todo, menos desprecio ni odio. Lo propio sucedió á los demás que tenía apostados en diferentes sitios, cuando llegaron á informarse de tan terrible nueva; lo mismo á los cómplices de más alta importancia, y á todos por las mismas causas. El odio principal, según dice Ripamonti, recayó más bien sobre el cardenal Federico. Miraban á éste como el que se había mezclado en sus negocios para destruirlos: el Incógnito había querido salvar su alma; nadie tenía razón de quejarse.
Poco á poco la mayor parte de los antiguos sicarios del Incógnito, no pudiendo acostumbrarse á su nueva disciplina, y no viendo tampoco ninguna probabilidad de cambio, se fueron marchando. El uno había ido á buscar un nuevo amo, acaso entre los amigos del que acababa de dejar; el otro fué á alistarse en alguno de los tercios, como entonces se llamaban, de España ó de Mantua, ó de cualquier otra parte beligerante; éste se lanzó á los caminos reales, á fin de hacer la guerra por su cuenta; y aquél, por último, se había contentado con ir tuneando á sus anchas. Los que se hallaban á sus órdenes en diversos pueblos, se vieron obligados á hacer poco más ó menos lo mismo. El pequeño número de los que habían podido habituarse á aquel nuevo género de vida, y que la abrazaron voluntariamente, naturales los más del valle, habían vuelto á los campos ó á ejercer los oficios aprendidos en sus primeros años, y abandonados después: los forasteros se quedaron en el castillo en clase de criados; unos y otros, como convertidos al mismo tiempo que su amo, pasaban del modo que éste su vida, sin hacer ni recibir daños, inermes y respetados.
Mas cuando á la llegada de las tropas alemanas algunos fugitivos de las poblaciones invadidas ó amenazadas se dirigían al castillo para pedir un asilo, el Incógnito, sumamente satisfecho de que sus muros fuesen un lugar de refugio para los débiles, así como en otro tiempo lo habían sido de execración y espanto, acogía á esos desgraciados más bien con expresiones de agradecimiento que de cortesía. Hizo publicar que su casa estaría abierta á todo el que quisiera refugiarse, y se ocupó en seguida de poner, no solamente el castillo, sino también el valle, en estado de defensa, por si los lasquenetes ó dragones quisiesen ir allí á hacer de las suyas. Reunió los servidores que le habían quedado, que eran pocos, pero valientes, como los versos de Torti; hízoles una arenga sobre la dichosa ocasión que Dios les ofrecía, así como igualmente á él, de emplearse una vez en ayuda de su prójimo, al cual tantas habían oprimido y asustado; y con aquel antiguo tono natural de mando, que expresaba la certidumbre de ser obedecido, les anunció en términos generales lo que él deseaba que hiciesen, y les prescribió sobre todo cómo debían conducirse, á fin de que la gente que llegara á refugiarse al castillo no viese en ellos todos más que amigos y defensores. Mandó sacar de un desván en donde estaban hacinadas una multitud de armas blancas y de fuego, las cuales distribuyó; hizo decir á sus aldeanos y arrendadores del valle, que si querían ir voluntariamente al castillo con armas, serían bien recibidos, y que el que no las tuviese se le darían; nombró oficiales, señaló los puestos á la entrada y en diversos parajes del valle, en la subida, á las puertas del castillo; fijó las horas y el modo de relevarse, como en un campamento, ó según se había verificado en dicho castillo mismo en los tiempos de su vida criminal.
En un rincón del susodicho desván, se hallaban separadas del montón las armas que él solo había usado: veíase allí su famosa carabina, sus mosquetes, espadas, dagas, espadones, pistolas, cuchillos, puñales, tirados por el suelo ó arrimados á la pared. Ninguno de los servidores tocó á dichas armas; pero trataron de preguntar al señor las que deseaba que le fuesen llevadas: ninguna, respondió; y ya fuese esto voto, ya resolución, permaneció siempre desarmado á la cabeza de aquella especie de guarnición.