Al mismo tiempo había puesto en movimiento á otros hombres y mujeres de su casa y dependencias, para preparar en el castillo alojamiento al mayor número de personas que fuese posible, haciendo disponer camas, colocar jergones y colchones en las salas, las cuales estaban transformadas en dormitorios. Había dado orden para que trajeran provisiones en abundancia, con el objeto de subvenir á las necesidades de los huéspedes que Dios le enviase, y cuyo número iba aumentándose de día en día. En el ínterin él no permanecía ocioso; veíasele tan pronto dentro como fuera del castillo, ya arriba, ya abajo de la colina; era digno de contemplar con qué solicitud recorría el valle, estableciendo, reforzando y visitando los puestos, examinándolo todo, dejándose ver, poniendo y conservando el orden por medio de sus palabras, de sus miradas, y de su presencia. En su castillo, por los caminos, acogía á todos los fugitivos que encontraba; y todos, ya fuese que lo hubiesen visto, ó lo viesen por la primera vez, lo miraban estáticos, olvidando un momento los pesares y temores que los habían lanzado á aquellos sitios, y se volvían aún á mirarlo, cuando apartándose de ellos continuaba su camino.

NOTAS:

[13] Nombre que se daba antiguamente á los soldados alemanes, ya fuesen de á pie ó de á caballo.—Nota del traductor español.

CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO

Aunque el mayor concurso no se hallase por el lado que nuestros tres fugitivos se aproximaban al valle, sino más bien en la parte opuesta, no obstante, empezaron á encontrar compañeros de viaje y de infortunio, que llegaban por caminos de travesía y pequeños senderos al camino real. En semejantes ocasiones todos los que se encuentran se tratan como antiguos conocimientos. Cada vez que el carro alcanzaba algún caminante, se cambiaban de un lado y de otro una multitud de preguntas y respuestas. Éste se había escapado del mismo modo que nuestros personajes, sin esperar la llegada de los soldados; aquél había oído los tambores y las cornetas; otro por último los había visto, y los pintaba con el prisma que el espanto acostumbra dar á todas las cosas.

—Á Dios gracias, nosotros somos aún bastante afortunados. Por allá se han quedado nuestros intereses, pero al menos estamos en salvo.

Mas D. Abundio no encontraba motivos de alegrarse tanto. Aquella gran concurrencia de gente, y más todavía la que temía hallar en el castillo, empezaba á entristecerle. “¡Oh, qué historia!” decía en voz baja á las mujeres en un momento en el cual no había nadie alrededor. “¡Oh, qué historia! ¿No comprendéis que reunirse tanta gente en un sitio solamente, es lo mismo que el querer atraer por fuerza á los soldados? Todo el mundo se esconde, todos huyen; en las casas no queda nadie; en su consecuencia los soldados creerán que allá arriba están los tesoros, y de seguro subirán. ¡Oh, infeliz de mí, en buena me he metido!”

—¡Oh, no tendrán nada más que hacer que subir al castillo! decía Perpetua; ellos también deben ir por su camino. Además, siempre he oído decir que en los peligros es mejor el encontrarse muchos reunidos.

—¡Muchos, muchos! replicaba D. Abundio; ¡pobre mujer! ¿No sabéis que cada lasquenete se comería cien de éstos? Y después, “¡si quisiesen hacer locuras, sería una bonita cosa! ¿no es cierto que sería hermoso el hallarse en medio de una batalla? ¡Oh, pobre de mí! Mejor hubiera sido ir á refugiarse en los montes. ¡Que todos hayan de querer ocultarse en un mismo sitio! ¡Maldita gente!”. En seguida refunfuñaba: “Todos aquí; andad, andad pues; uno detrás de otro del mismo modo que las ovejas”.

—Según esta cuenta, dijo Inés, ellos podrían decir otro tanto de nosotros.