—Callaos, callaos, dijo D. Abundio; las habladurías no sirven de nada. Lo hecho, hecho se queda; ya nos hallamos aquí, y por lo tanto, es preciso que permanezcamos. Sucederá lo que Dios quiera: el cielo nos la depare buena.
Mas lo peor fué cuando, á la entrada del valle, vió un numeroso puesto de gentes armadas; los unos en la puerta de una casa, y los otros en el piso bajo: mirólos de reojo; aquellos rostros no eran los que había visto en su primero y doloroso viaje, ó si encontraba algunos estaban muy cambiados; pero á pesar de todo esto, no puede expresarse la aflicción que le causó semejante vista. “¡Oh, pobre de mí! se decía interiormente: ¡He aquí si hacen locuras! No podía ser de otro modo: yo debía esperarlo de un hombre como ése. Pero, ¿qué querrá hacer? ¿La guerra acaso? ¿Querrá, por ventura, desempeñar el papel de rey? ¡Oh, infeliz de mí! En las actuales circunstancias, en que sería preciso esconderse bajo siete estados de tierra, él busca, al contrario, todos los medios de hacerse ver, de darse á conocer á ellos, ó mejor diré, quiere provocarlos”.
—Mirad, mirad pues, señor, le dijo Perpetua, si hay aquí gente valiente que sabrá defendernos: que vengan ahora los soldados; aquí no son como nuestros miedosos lugareños, que no tienen más que piernas para correr.
—¡Silencio! respondió en voz baja D. Abundio, pero con iracundo acento: “¡Silencio! pues no sabéis lo que os decís. Rogad al cielo que los soldados tengan prisa para proseguir su camino, que no lleguen á saber lo que aquí se hace, y que este lugar se dispone como un fuerte. ¿Ignoráis, por ventura, que el oficio de los soldados es tomar fortalezas? No buscan otra cosa; para ellos el dar un asalto es como ir á unas bodas, porque todo lo que encuentran lo hacen suyo, y pasan á todo el mundo á cuchillo. ¡Oh, Dios mío, Dios mío! Vaya; yo veré si hay algún medio de ponerse en salvo sobre cualquiera de esos precipicios. ¡Oh, en una batalla, no me cogerán! ¡oh, de seguro! no me cogerán”.
—Si tenéis también miedo de ser defendido y auxiliado... volvía á empezar Perpetua; mas D. Abundio la interrumpió ásperamente, pero siempre en voz baja: “¡Silencio! procurad no traer á colación estas cosas; recordad que aquí es preciso mostrar siempre la cara risueña y aprobar todo lo que se ve”.
En la Malanotte encontraron otro puesto de gente armada, á los cuales D. Abundio hizo un profundo saludo, diciendo entretanto para sí: “¡Ay de mí, precisamente he venido á un campamento!” En esto se paró el carro; D. Abundio se apresuró á pagar al conductor y lo despidió, encaminándose con sus compañeras hacia la subida, sin proferir una sola palabra. La vista de aquellos lugares le hacía aglomerar á la imaginación, á la vez que las angustias presentes, el recuerdo de las que había sufrido anteriormente: é Inés, que jamás había visto aquellos sitios, y que se formaba en su mente un cuadro ideal cada vez que pensaba en el espantoso viaje de Lucía, al verlos ahora según eran verdaderamente, experimentaba como un nuevo y más vivo sentimiento por aquellos crueles recuerdos. “¡Oh, señor cura! exclamó: ¡al pensar solamente que mi pobre Lucía ha pasado por este camino!...”.
—¡Queréis callar, mujer sin juicio!, le dijo al oído D. Abundio; ¿son palabras éstas para pronunciarlas aquí? ¿No sabéis que estamos en su casa? La fortuna que ahora nadie os oye; pero si habláis de este modo...
—¡Oh!, dijo Inés, al presente, que es un santo...
—¡Silencio!, replicó D. Abundio; ¿creéis que á los santos se les puede decir, así sin más ni más, lo que á uno se le antoje? Tratad más bien de darle gracias por los bienes que os ha dispensado.
—¡Oh!, lo que es en esto ya había yo pensado; ¿creéis que no sepa también yo algo de buena crianza?