[235] Estas denominaciones, tomadas de una ciencia que aun no existía, la geografía de las plantas, las aplica ya Ptolomeo á Africa y Asia á la vez. La Myrrhifera regio está situada (Geogr., lib. IV, cap. 9, pág. 114) cerca del Coloë Palus, en las fuentes del Astapus, y (lib. VI, cap. 7, pág. 154) junto al golfo Sachalites, al E. del Hadramaüt, en un país montañoso, fértil en smyrna y en libanotos. Confundiéronse durante largo tiempo las comarcas que producían los aromas y las especias, con las en que se hacía el comercio de almacenaje de estas mercancías; y aunque Herodoto ya oyó decir que el cinamomum nacía en el país donde fué criado Baco, aludiendo sin duda á la India (Heeren, II, 1, pág. 101), y no á Arabia (Herodoto, III, 107), costaba trabajo, aun en los tiempos modernos de la escuela de Alejandría, no buscar la cinnamomifera regio en África, más allá de la costa de los Trogloditas. El rey Juba, único autor que reunió el conocimiento de la literatura de Cartago (Amm. Marcell, XXXII, 15) al de la literatura romana, esclareció mucho, en la época de Augusto, todo lo relativo al comercio de los aromas de Oriente y á los caminos de las caravanas (Plinio, VI, 28, 29; XII, 14) que conducían estos preciosos productos; pero una antigua preocupación influía siempre para confundir la India con las costas á donde se podía llegar yendo por el estrecho de Bab el Mandeb al mar Erythreo.

[236] Dión, Perieg, V, 589; Mela, III, cap. 7, pár. 70, el cual añade ingeniosamente: «Aurei soli (ita veteres tradidere) aut ex re nomen aut ex vocabulo fabula»; Plinio, VI, 21; Ptolomeo, Geogr., VII, cap. 2, pág. 176 (no está nombrado Argyré). Peudo-Arriano, maris Erythr., compuesto, según Letronne (Christianisne d’Abyssinie, pág. 47), en tiempo de Séptimo Severo ó de Caracalla.

[237] Véase mi Essai politique sur la Nouvelle Espagne, t. III, página 457, segunda edición.

[238] Este delicado procedimiento está descrito en la carta fechada en Jamaica el 7 de Julio de 1503. Recuerda casi involuntariamente un rasgo de franqueza de otro grande hombre de la misma época, Hernán Cortes, que no habiendo recibido todavía á los embajadores de Moctezuma, asegura á su soberano, en carta escrita en la Rica villa de la Frontera, «que este rico y poderoso señor» (mejicano) preso ó muerto, debe caer en sus manos. Cartas publicadas por el Arzobispo de Mexico (después cardenal) Lorenzana, pág. 39.

[239] Carta del tercer viaje, de letra de Fray Bartolomé de las Casas, conservada en los archivos del Duque del Infantado (Navarrete, t. I, pág. 244). El nombre de Sophira que los Setenta dan al Ophir, recuerda, en Ptolomeo, más aún que la metrópoli Sappara de Arabia (lib VI, cap. 7, pág. 156) el Soupara de la India (lib. VII, cap. 1, pág. 168), en el golfo de Cambaye (Barygazenus Sinus), que Hésychio llama «región célebre en oro». Es el Upara (mal expresado) del Periplo del mar Erythreo (Geogr. minor., t. I, pág. 30). Véase también Gosselin, Rech., t. III, pág. 208 y las nuevas y curiosas disertaciones de M. Federico Keil, Ueber die Hiram Salomonische Schiffahrt, Dorpat, 1834, páginas 40-455.

[240] Behaim pone á continuación de estas tierras (desde los 40° de latitud austral á los 38 de latitud boreal), Java minor, Angama (Angaman de Marco Polo, sin duda una corrupción de Andaman, los Maniola de Ptolomeo), Java minor, Insula Candyn, Argyré, Crisis, Thilis y Zipangut en el Oceanus Indiæ superioris; finalmente, las islas Cathai en el Oceanus Indiæ orientalis, que se extiende al Norte hasta los 50°.

[241] Barros (déc. I, lib. III, cap. 11) llama á Colón «eloquente e bon latino, o qual decia que venha de l’isla Cypango e trazia muito ouro». En la Vida del Almirante, publicada por su hijo (cap. 40), háblase largamente de la visita que hizo á la Corte en el palacio de Valdeparaíso, cerca de Lisboa, y en el Diario de la primera navegación, conservado por Las Casas, se menciona la vuelta de la India y los Indios que mostraba. Muñoz se inclina á creer (lib. IV, § 12), que el Almirante citaba engañosamente á Zipangu, para desvanecer toda sospecha de que venía de una tierra comprendida en la capitulación ajustada entre Portugal y España, por ejemplo de las costas de África, ó, como se decía entonces, de la Mina de Portugal y de Guinea. Pero examinando atentamente el Diario de Colón y los escritos de su hijo, comprendo que el supuesto engaño era íntima persuasión. Comprometido el Almirante á decir dónde había estado, optaba por la isla de Zipangu (Cipango), que le había dado á conocer el itinerario proyectado por Toscanelli en 1574 y que preocupaba tanto su imaginación, que cinco días antes del descubrimiento de Guanahaní declaró á Martín Alonso Pinzón deseaba más ir primero á tierra firme (al Asia) y después á las islas, entre las cuales se encontraba Cipango (Navarrete, t. I, pág. 17).

El hijo de Colón (cap. 20) dice positivamente «que su padre esperaba ver tierra á 750 leguas al Oeste de Canarias; y que hubiera hallado la Española, llamada entonces Cipango, de no saber que se decía estar á lo largo de Tramontana á medio día, y por eso quedaba á la izquierda».

Después del descubrimiento de Guanahaní el 13 de Octubre, aun expresa Colón en su Diario el deseo «de topar á la isla de Cipango»; pero antes de llegar á ella, costea por el NO. la isla de Cuba, cree que es un continente y que se encuentra á más de cien leguas de distancia de las grandes ciudades del Cathay (Zaitum y Quinsai), que por las narraciones de Marco Polo le había ponderado Toscanelli. «Y es cierto, dice el Almirante, questa es la tierra firme, y que estoy ante Zayto y Guinsay»; Diario, 1.º de Noviembre de 1492.

Posteriormente, según veremos en una carta al contador Santángel (á bordo de la carabela, cerca de las islas Canarias, el 15 de Febrero de 1493), llama de nuevo á Cuba una isla, pero extraordinariamente atento á la analogía de las denominaciones geográficas, consigna con interés en su Diario que el Rey de la Española, llamada por los indígenas la isla Bohio, aseguraba que muy cerca de allí, en Cipango, á que ellos llamaban Civao (era una comarca de la Española que aun se llama así), había mucho oro. Una semejanza accidental de sonido favoreció, pues, tal idea en la viva imaginación del Almirante.