La correspondencia con Toscanelli precedió en diez y ocho años á la grande época del descubrimiento del nuevo continente, y Colón aprovechó, sin duda, este intervalo para procurarse otros materiales. Seguramente no llegó á ver, como pronto probaremos, el mapamundi de Martín Behaim, pero pudo estudiar en los de Jacobo de Giroldis, de Andres Bianco ó de Grazioso Benincasa.

Cuando por primera vez escribió á Toscanelli, fundaba su razonamiento en una esferilla que envió á maestro Paulo, según dice su hijo D. Fernando. Es probable que después, y sobre todo cuando la famosa disputa con los profesores de Salamanca, empleara esferas y mapas como argumentos en favor de su proyecto de navegación hacia el Oeste. Lo que él defendía era su sistema y no el de Toscanelli, y por grande que haya sido la influencia de los consejos y de la carta del astrónomo florentino en el ánimo de Colón, sería fiar demasiado en la humildad y abnegación del genio creador, suponer que el Almirante explicó á los sabios de Salamanca, ó durante el viaje, á Martín Alonso Pinzón, la dirección de la travesía hacia la India valiéndose de una carta ó mapa de Toscanelli.

Aficionado Colón á los trabajos gráficos, dibujaría él mismo, con los datos de Toscanelli y otros materiales, una carta marina representando esa tercera parte de la superficie del globo que permanecía desconocida desde las costas de Portugal y de la Mina hasta las costas orientales y australes del Asia.

Muñoz insiste (lib. II, § 17) en que Colón supo la existencia de la Antilia por la carta y el mapa de Toscanelli; pero creo poder afirmar que en ningún escrito del Almirante, ni aun de su hijo D. Fernando, se encuentra el nombre de Antilia, que ya era conocido en el siglo XIV, ni el de Antillas que, especialmente desde el reinado de Carlos V, se dió al archipiélago tropical de América[125].

Colón conservó la costumbre de llamar á las Pequeñas Antillas «islas Caribes», ó las primeras islas de las Indias[126]. Además, el camino que siguió en 1492 no es el que Toscanelli trazó en su carta y que parecía seguir el paralelo de Lisboa («tomando el camino derecho á Poniente»), aunque la diferencia de latitud entre Lisboa y Quinsai (Hangtheufu) sea casi de nueve grados, y de que Toscanelli, al principio de la misma carta, hable también, aunque vagamente, de la distancia que en este camino «podríase apartar del polo Artico hacia la línea equinoccial». Colón determinó, sin duda por las hipótesis de la posición de Cipango, seguir una dirección más meridional. Durante más de la mitad del camino siguió el paralelo de la Gomera, con tanta mayor constancia, cuanto que, como dice ingenuamente su hijo, temía perder su autoridad si, cambiando de rumbo, pareciera no saber dónde iba.

Esta ruta, muy distinta de la que los marinos toman hoy para ir á las Antillas, condujo á Colón directamente al través del gran banco de fucus, que se extiende al Oeste del meridiano de Corvo, desde los 19 á los 22 grados de latitud; y á pesar de dos desviaciones de la ruta hacia el Sudoeste (el 24 de Septiembre y el 8 de Octubre), Colón se creía en el paralelo[127] de la isla de Hierro (latitud 27° 45′) cuando el descubrimiento de Guanahaní.

No discutiré aquí la existencia de otra carta que debió haber guiado al Almirante, y que su contemporáneo Gonzalo Fernández de Oviedo[128] atribuye á un marino portugués (Vicente Díaz, de la villa de Tabira), suponiendo que este marino, al volver de la costa de Guinea, encontró una tierra al Oeste de Madera. Este cuento de Oviedo, relacionado con las pretendidas tentativas de los hermanos Lucas y Francisco de Cazzana, no merece atención[129].


VI.