Cristóbal Colón y Martín Behaim.

En todas las épocas de avanzada civilización ha ocurrido á los descubrimientos geográficos lo mismo que á las invenciones en las artes y á las grandes inspiraciones en literatura y en las ciencias, por medio de las cuales intenta el espíritu humano abrirse nuevos caminos; al principio se niega el descubrimiento ó la exactitud del invento, después su importancia, y, últimamente, su originalidad. Estos tres grados de duda alivian, por lo menos durante algún tiempo, las penas que la envidia ocasiona. Tal costumbre, cuyo motivo es casi siempre menos filosófico que las discusiones á que sirve de origen, data de mucho antes de la fundación de aquella Academia de Italia que dudaba de todo menos de sus propios acuerdos[130].

«Cuando Colón prometió un nuevo hemisferio, dice el ilustre autor del Estudio sobre las costumbres y el genio de las naciones, decíasele que este hemisferio no podía existir, y, cuando lo descubrió, se pretendía que era ya conocido de largo tiempo atrás.»

He procurado precisar el grado de importancia que debe atribuirse á las relaciones de Toscanelli con Colón en una época en que éste había adquirido ya por sí mismo la convicción del éxito de su empresa. Toscanelli proporcionó nuevos datos, que, por ser numéricos, eran más seguros y preciosos para meditaciones de esta índole; fué, como dice D. Fernando Colón, la causa más poderosa del ánimo con que el Almirante se lanzó á la inmensidad de un mar desconocido, y, cosa extraña, la posteridad casi ha olvidado[131] esta influencia del geómetra florentino, obstinándose durante largo tiempo en colocar al lado de Cristóbal Colón otro personaje, merecedor sin duda de la mayor consideración como geógrafo, como viajero y como marino, pero que verosímilmente dirigió todas sus miras al camino de la India rodeando la extremidad de Africa.

Se ha dicho que Martín Behaim ó Beheim había descubierto el archipiélago de las Azores y revelado á Colón, no sólo el camino hacia el Asia oriental, sino también la existencia de un nuevo continente; y que señaló en un globo el estrecho á que dió su nombre Magallanes, por lo que con más justicia se le debía llamar[132] Fretum Bohemicum, como América entera Behaimia y hasta Bohemia occidental.

Cuanto más misterioso aparece este hombre en su origen, más se le quiere engrandecer. Se le supone unas veces noble portugués, otras bohemio de raza slava, nacido en la isla de Fayal[133] (en el grupo de las Azores), otras ciudadano de Nuremberg. Encuéntrasele en Venecia, en Amberes y en Viena, ocupado durante más de veinte años en el comercio de paños; construyendo en Lisboa un astrolabio que llegó á ser de grande importancia para los marinos; viajando con Diego Cam por las costas de Africa hasta más allá del Ecuador, y trayendo la malagueta[134] (una de las especias más estimadas) del país que la produce. Se le halla en Nuremberg, en la Zistelgasse, en casa de su primo el senador Miguel Behaim, terminando en 1492 el globo que quiere dejar como recuerdo «á su cara patria antes de partir para el lugar donde tiene su casa á 700 millas de Alemania», mientras Colón emprende su primera expedición; está en las Azores en casa de su suegro el caballero Iobst con Hürter, mientras Vasco de Gama descubre el camino á las Indias, rodeando la parte meridional de Africa.

Nació probablemente el mismo año que Cristóbal Colón, y muere en Lisboa (según las investigaciones de Mr. de Murr), en el mismo mes que el descubridor de América, cuya gloria jamás quiso empañar. Su muerte precedió en cerca de dos años al descubrimiento del mar del Sur por Vasco Núñez de Balboa, y en trece años á la expedición de Magallanes, á quien debió confiar «el secreto del estrecho».

Vida tan extraordinaria y constantemente agitada, la gran fama de cosmógrafo de un hombre que fija su domicilio durante diez y seis años en la isla de Fayal, á la extremidad occidental del mundo conocido, debía prestarse, aun en los tiempos en que comenzaba á imperar una sana crítica histórica, á conjeturas é hipótesis especiosas.