Por lo general, la historia sólo conserva la tradición de las empresas afortunadas, de los grandes éxitos obtenidos en la serie de los descubrimientos; pero lo que prepara el movimiento y el éxito pertenece á combinaciones de ideas y de pequeños sucesos que obran simultáneamente y cuya importancia no se conoce hasta que se consiguen los grandes resultados, como los que se deben á Díaz, Colón, Gama y Magallanes. De esta suerte de descubrimientos, que llaman poderosamente la atención de los hombres, preséntanse al principio como aislados é independientes del impulso de los siglos anteriores, y sólo cuando pasan las primeras impresiones de admiración y entusiasmo empieza la investigación de las causas que abrieron el camino á las grandes conquistas de la inteligencia. En este trabajo, los odios de nación á nación, el maligno placer de desacreditar y, sobre todo, la falta de buena crítica histórica dan frecuentemente importancia á hechos no comprobados, á creaciones de pura conjetura, que en ningún razonamiento científico se fundan.
Por lo dicho en el capítulo anterior puede apreciarse en su justo valor lo que nos resta examinar respecto á sucesos y opiniones que, según se cree, condujeron al descubrimiento del Nuevo Mundo, y creo que este examen puede llegar á ser fuente fecunda de útiles datos de relación, esclareciendo los hechos con nociones de historia y de geografía física, poco atendidas en estudios de esta índole.
Los hechos son la base principal de toda discusión sometida á una sana crítica, y su indicación es indispensable para que el lector pueda juzgar el grado de confianza que merecen los resultados obtenidos; especialmente cuando su interpretación tiene por objeto formar ideas generales acerca de las varias causas que han determinado la dirección de los descubrimientos y de los progresos del comercio marítimo.
Procuraré, en lo que voy á exponer, no extenderme inútilmente en puntos que han sido tratados hasta la saciedad, limitándome á lo que puede conducir en el actual estado de nuestros conocimientos á esclarecer de nuevo los hechos ó á nuevas combinaciones de datos históricos.
La aventura de Cabral, que en su viaje de Europa á la India, por la via del cabo de Buena Esperanza, fué sin querer arrastrado por las corrientes hacia el Oeste y llevado el 22 de Abril de 1500 á las costas del Brasil (tierra de Santa Cruz), ha hecho decir á Robertson, que en los destinos del género humano estaba el descubrimiento del Nuevo Continente á fines del siglo XV. Dejando á un lado la idea vaga del destino, cuando el mutuo encadenamiento de tantas causas y efectos no es difícil de reconocer, la filosofía y la historia nos muestran en todas las épocas grandes acontecimientos, de largo tiempo atrás preparados; pero lo que constituye el carácter distintivo de cada siglo manifiéstase en acción y somete los sucesos al imperio de una necesidad moral.
La expedicion de Alejandro á Persia y á la India, y la audaz energía de Lutero, favorecieron sin duda, la primera, el contacto del Occidente y del Oriente; la segunda, la emancipación del pensamiento. Pero era tal la situación de las cosas humanas en estas dos épocas memorables de la vida de los pueblos, que la caída del imperio de los persas y la aminoración del poder pontificio no podían retardarse. El contacto de las dos civilizaciones y la reforma religiosa, preludio de las reformas políticas, probablemente se hubieran realizado sin el héroe macedonio y sin el fraile de Wittemberg. Indudablemente, la grandeza de alma y la individualidad de los hombres superiores aumentan las probabilidades del éxito y aceleran y vivifican el movimiento; pero estos hombres superiores que parece inspiran su ideal á los siglos en que viven, obran bajo la influencia de las ideas dominantes en una época fecundada y engrandecida por otra época anterior. En la especial dirección del movimiento intelectual, en la simultaneidad de la voluntad, en la urgencia irresistible de necesidades verdaderas ó ficticias, fúndase la fuerza de impulsión, la necesidad y el poder de los acontecimientos que se realizan.
Fácil es comprender el carácter distintivo de la segunda mitad del siglo XV, de la época que precedió inmediatamente al descubrimiento de América. El progreso del lujo y de la civilización en el Mediodía de Europa produjo necesidades más apremiantes de los productos de la India. Los viajes por tierra, alentados por el fervor religioso de los sacerdotes budhistas y cristianos, por la política y por el interés comercial habían ensanchado el horizonte geográfico y la esfera de las ideas. Al mismo tiempo, el uso más frecuente de la brújula, debido al contacto de los árabes con la India y la China; y el perfeccionamiento del arte naval y de las ciencias que con él se relacionan, facilitaron los medios de emprender navegaciones lejanas.
En tales circunstancias debían nacer casi á la vez dos series de ideas que conviene distinguir cuidadosamente y que se relacionan ambas[233] á las tradiciones y á las conjeturas de la antigüedad clásica, cuyo interés reanimaban las íntimas relaciones de Sicilia, la Pulla y la Calabria con Byzancio, la provechosa influencia de algunos grandes hombres de Italia, por ejemplo, Petrarca, Boccacio y Juan[234] de Ravena, y la emigración de algunos sabios griegos, antes de que fuera destruído el Imperio de Oriente.
Comprendiendo en la denominación de India, por seguir el ejemplo de los Helenos, primero la Etiopía troglodítica y la Arabia, después las regiones ecuatoriales más lejanas de Africa, al lado de allá del cabo de los Aromas (las regiones cinamomífera y mirrífera)[235]; juzgando situadas, desde la dominación de los romanos, las riquezas de la India en las extremidades de la tierra, y, por tanto, en las costas meridionales y occidentales de Asia, la Edad Media alimentó la esperanza de llegar á esta afortunada zona, sea por la circunnavegación de Africa, sea por el camino directo del O., indicado por el conocimiento de la esfericidad de la tierra. Como era posible conseguir el mismo objeto por dos distintas vías, debieron nacer á la vez y nacieron dos direcciones de ideas y se desarrollaron progresivamente hasta la segunda mitad del siglo XV en que Toscanelli y Colón, Usomare y Díaz, abrieron, con igual certidumbre del éxito, los dos opuestos caminos.