El axioma de Herodoto, de que «las extremidades del mundo han obtenido (en el reparto de los bienes de la tierra) las producciones más bellas», no expresa únicamente la triste y, por lo mismo, natural idea en el hombre de que la felicidad está lejos de nosotros; fundábase también en la observación directa de lo distante que estaban las comarcas de donde los Helenos «habitantes de una zona templada» recibían el electrum y el estaño, el oro y los aromas.
A medida que fueron conociéndose las costas del Asia meridional por el comercio de los fenicios, de los Edomitas del golfo de Acaba (d’Elath y de Ezion-Geber) y del Egipto, bajo la dominación de los Ptolomeos y de los romanos, recibiéronse los productos de primera mano, y en la imaginación de los hombres, las extremidades del οἰκουμένη con sus riquezas avanzaron al parecer hacia el Este.
Es digno de atención que hayan sido los árabes quienes han mostrado el camino de la India en dos épocas memorables en la historia del comercio de los pueblos, en tiempo de los Lagidas y de los Césares y en el siglo XV, en la época de los rápidos descubrimientos de los portugueses. Ophir y el Dorado de Salomón extendíanse hasta el Este del Ganges, y allí fué situada la famosa tierra de Chrysé que tanto preocupó á los viajeros en la Edad Media, y que unas veces aparece como isla y otras como parte del Quersoneso de Oro[236]. La abundancia de este metal que el archipiélago de la India, sobre todo, Borneo (Montradok) y Sumatra, dan todavía al comercio[237] explica la celebridad de esta región.
En la geografía sistemática de las comarcas lejanas, cerca de Chrysé, la isla de Oro, debía estar simétricamente colocada Argyré, ó la isla de Plata: así se reunían los dos metales preciosos, las riquezas de Ophir y de Tarsis (Tartessus) de Iberia.
Para los geógrafos árabes Edrisi y Bakui, los límites orientales del mundo conocido están marcados por la isla de arenas de plata, Sahabet y las islas auríferas Vac-Vac y Saïla (que no debe ser confundida con Ceylán ó Serendive) (Bakui, pág. 399; Edrisi, pág. 38), donde los perros y los monos llevaban collares de oro. Considerábanse estos grupos de islas como próximos de una parte á Sofala de Africa y de otra á los Sines (al Cathay), lo cual sólo puede comprenderse teniendo á la vista el mapamundi de la biblioteca Bodleyana en el que el mar de Hind se extiende de Occidente á Oriente, limitado por las costas paralelas de Africa y de Asia.
Todas las mediocres composiciones geográficas de la Edad Media, mezclando constantemente una falsa erudición clásica con algunas nociones tomadas de los itinerarios más modernos, presentan casi estereotipada la configuración extraordinaria y ficticia dada por Ptolomeo ó por sus inhábiles continuadores (lib. VII, capítulos 2 y 3) al Quersoneso de Oro, un poco prolongado hacia el Sur; al Sinus Magnus y á esa inmensa península de los Sines, en la cual están situadas Thinæ y Catigara.
Lo que hasta nosotros ha llegado de Diarios y cartas de Cristóbal Colón está lleno de reminiscencias bíblicas del Ophir y de recuerdos de Ptolomeo. Al elogiar pomposamente la utilidad y el valor moral y religioso del oro («con el qual se hace tesoro, y con el tesoro, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo y llega á que echa las ánimas al paraíso»), Colón recuerda á la reina Isabel cómo el historiador Josepho nos enseña que el rey Salomón sacó su oro (666 quintales) de la Aurea (quiere decir del Quersoneso de Oro) y afirma que la tierra de Veragua (al noroeste del istmo de Panamá), que en dos días le ha dado más signos de riquezas que la Española en cuatro años, es esa Aurea de las Indias. «El oro que tiene el Quibian de Veragua y los otros de la comarca, bien que segun informacion él sea mucho, no me pareció bien ni servicio de Vuestras Altezas de se le tomar por via de robo: la buena orden evitará escandalo y mala fama, y hará que todo ello venga al Tesoro, que no quede un grano»[238]. Anteriormente he hablado de «el misterioso fin del Oriente, donde está la montaña Sopora[239], á donde para llegar tardaban los barcos de Salomón tres años, y que SS. AA. poseen hoy en la isla de Haïti.»
Durante el tercer viaje, en el que descubrió la costa de Paria, las ideas bíblicas dominan el ánimo de Colón. El sitio del Paraíso que acaba de hallar, y las riquezas del «país montañoso de Ophir (Monte Sopora), agitan su imaginación». En el cuarto y último viaje vuelven á preocuparle el Quersoneso de Oro, y las ideas de Ptolomeo aprendidas en las obras de Pedro d’Ailly y de Nicolás de Lira.
Un cambio de ideas de bastante importancia, que data del tiempo de la topografía cristiana de Cosmas, y que favorecieron los viajes por tierra en la Edad Media, es la opinión sistemática de llevar las riquezas de la India, las especias, los aromas, los diamantes y los metales preciosos á la parte más oriental del continente asiático. El Indicopleustes había dado á conocer las costas de los Tzines, bañadas por un mar oriental; los Sinæ de Ptolomeo estaban, al contrario, más alejados del Sinus Magnus. El mapamundi de Behaim pone á Chrysé (Crisis) y Argyré á la desembocadura del Ganges, más allá del meridiano de Java Mayor (Borneo?) hacia Zipangu, el Japón[240]. Hasta en el Opúsculo geográfico de Myritius, dedicado á un comendador de Malta, el barón de Riedesel-Kamberg (Ingolst. 1590, pág. 128) encuentro «Zipangri olim Chryse dicta»; indicación tanto más notable, cuanto que, por la relación de Barros sabemos que á la vuelta de su primer viaje, el 4 de Marzo de 1493, vióse obligado Colón á entrar en el Tajo y á presentarse al Rey y á la Reina de Portugal, que de seguro no le tenían grande afecto, y parecióle oportuno hacer correr la noticia de «que venía de Zipangu, trayendo de allí[241] oro en abundancia».