La menor distancia desde Irlanda al Labrador es de 542 leguas marinas, unas 30 leguas más que la distancia desde Africa al Brasil. Pero es tal el frío que reina en la costa oriental de un continente, en las latitudes donde cae la nieve en abundancia y donde dominan los vientos de Oeste, que son por tanto los de tierra, tal es la diferencia de posición y la inflexión de las líneas isothérmicas en América y Europa, que para encontrar una tierra donde el europeo pueda habitar cómodamente, es preciso avanzar desde el Labrador hacia la desembocadura del lago San Lorenzo. Determinaremos la distancia (690 leguas marinas) desde Irlanda al San Lorenzo con alguna precisión, porque la desembocadura de este gran río ha sido el punto de las primeras incursiones de los colonos islandeses, quinientos años antes de Colón y Sebastián Cabot.
En estas consideraciones sobre la geografía física sólo he tratado hasta ahora de valuaciones de distancias directas, no de las rutas que siguen los pueblos al través del Océano, favorecidos ó contrariados por los vientos ó las corrientes, atraídos ó desviados por las ventajas que ofrecen las islas interpuestas ó las estaciones intermediarias. La Islandia, las Azores y las Canarias son puntos de parada que han desempeñado importantísimo papel en la historia de los descubrimientos y de la civilización; es decir, en la serie de los medios que han empleado los pueblos de Occidente para ensanchar la esfera de su actividad y para comunicarse con las partes del mundo que les faltaba conocer.
Los fenicios y los helenos conocieron las islas Afortunadas, próximas á la entrada del antiguo río Ogenos (Océano) desde que traspasaron las columnas de Briareo. El descubrimiento de la Islandia precedió al de las Azores, grupo intermedio por su posición en latitud, pero algunos grados más al Occidente de la antigua Thulé, cuya costa oriental coincide casi con el meridiano de Tenerife. Estas islas[248], situadas entre dos continentes, han perdido su importancia desde que dejaron de ser avanzada de la civilización europea, puntos de llegada y de esperanza. Cuando terminaron las exploraciones de las costas de Africa y de América, terminó también su interés histórico, quedándoles únicamente la ventaja material de servir de puntos de escala y de colonización agrícola.
La extensión del nuevo continente es inmensa en su parte boreal, sobre todo más allá de los 60° de latitud, donde el máximum de su anchura continental de Oeste á Este, desde el cabo del Príncipe de Gales á la tierra de Edam, ó, si se quiere, hasta un punto determinado, con más certeza astronómica, por el capitán Sabine, Roseneath-Inlet en la Groenlandia oriental, es de 154½°, ó[249] de 148° 20′. En esta altura, los dos mundos por el Este de Asia están tan próximos, que sólo les separa un estrecho cuya anchura es de 17½ leguas marinas[250], y los Tchuktchos de Asia, á pesar de su inveterado odio contra los esquimales del golfo de Kotzebue, pasan algunas veces á las costas americanas.
Esta gran aproximación de los continentes revélase también en la distribución geográfica de los vegetales. Al Norte del Estrecho de Behring es donde especialmente los Rhododendron, la Azelia procubens, la Uvularia asplenifolia y las Liliaceas de la flora alpina del Kamtchatka cubren[251] el litoral americano, que, siendo bajo y arenoso, goza de una temperatura más suave que la costa asiática.
Cuando se observa atentamente la configuración extraordinaria de Asia y la serie de islas que casi sin interrupción se prolonga desde la península de Kamtchatka, por medio de las Korilas, Yeso, el Japón, los Lieu-Kieu (Loo Choo), Formosa, los Bachis y los Babuyanes hasta Filipinas, desde los 20° á los 52° de latitud, se concibe cómo esa larga cadena de islas de diferentes tamaños, formando con el litoral del continente, diversamente articulado, cuatro mediterráneos con muchas salidas[252] (los mares de Okhotsk, de Taraïkaï, del Japón y de la China), debía ejercitar los pueblos del continente en el establecimiento de relaciones comerciales, de colonización y de propaganda religiosa con los habitantes de las islas situadas enfrente de la costa.
El estudio más concienzudo que en estos últimos tiempos se ha hecho de la historia de la China, del Japón y de Corea, gracias á los trabajos de Abel Rémusat, de Klaproth y de Siebold, prueba la influencia que estas relaciones han ejercido en los progresos de la civilización y en la extensión del budhismo. En todo el Este y Norte de Asia dicha extensión parece relacionada con la templanza de las costumbres y la afición á la literatura. Doscientos nueve años antes de nuestra era, la expedición mística de los Thsin chi-Huang-ti recorrió el mar del Este «en busca de un remedio que procure la inmortalidad del alma». Con este motivo trasladaron su residencia al Japón 300 parejas de jóvenes[253].
El carácter especial del litoral del continente y de una serie de islas que se presenta á la vista del navegante, á veces como lengua de tierra cortada, á veces como levantamientos volcánicos, siguiendo una misma dirección (Sur-Suroeste, Norte-Noreste), hace creer que naciones comerciantes, que desde largo tiempo conocían el uso de la brújula, hayan ido progresivamente hacia la América occidental por el Estrecho de Behring ó por la larga cadena arqueada de las islas Aleutinas, que casi une las penínsulas de Alaska y de Kamtchatka (á los 60° de latitud). Sin embargo, no hay prueba alguna de que, en los tiempos históricos, se haya realizado esta navegación ni de que un descubrimiento debido al azar, á la violencia de una tormenta, llegara á ser motivo de comunicaciones entre ambos continentes.
Un sabio, cuyo nombre goza de justa celebridad, Deguignes, padre, se equivocó cuando en las Memorias de la Academia de Inscripciones (vol. XXVIII, pág. 505) anunció hace más de ochenta años que desde el siglo V conocían los chinos América, y que sus barcos iban al Fusang, situado á 20.000 li de distancia del Tahan; que el Fusang es la costa Noroeste del nuevo continente, y el nombre de Tahan designa á Kamtchatka. Deguignes tomó por relato de una navegación la noticia dada por un religioso budhista[254] acerca del Fusang, que era su patria, noticia inserta en los Grandes anales de la China. Analizando críticamente esta noticia[255], ha probado el Sr. Klaproth que el Fusang, donde la ley de Budha y las instituciones monásticas se habían establecido desde el año 458 (de J. C.), es el Japón. Según las distancias indicadas por el monje Hoeï-chin, natural de Fusang, país de las viñas, donde usan de carretas arrastradas por bueyes de largos cuernos, caballos y ciervos, el Sr. Klaproth ha hecho ver que el país de Than, situado al Oeste del Vinland de Asia[256] no puede ser otra cosa que la isla Taraïkaï, que nuestros mapas nombran erróneamente Saghalien[257]. La indicación sólo de la frecuencia de los caballos, del uso de la escritura y de la fabricación del papel con la corteza del Fu-sang ó morera útil, hubiera podido advertir á Deguignes que Hoeï-chin no habla de América. ¿Qué interés, por lo demás, hubiera podido llevar más allá de los 50° de latitud á pueblos que habitaban en climas benignos, y cuya navegación, como su brújula, dirigíanse más bien hacia el Sur? Los chinos tuvieron indudablemente relaciones desde muy antiguo con pueblos de raza tunguesa, establecidos en las márgenes del Amur y al Norte de Corea. Desde la época de la dinastía de Thang conocían á los Kulihanes y á los Tuphos, próximos al lago Baïkal; pero este conocimiento lo adquirieron por medio de viajes terrestres hechos á las comarcas de los bárbaros del Norte.
Examinada cuidadosamente la correspondencia completa del P. Gaubil, que ya había proporcionado al ilustre Laplace tan preciosos informes acerca de la longitud de la sombra meridional en los solsticios, observada por los chinos en el año 1.100, antes de nuestra era, viene en apoyo de las dudas de M. Klaproth la autoridad del más sabio de los misioneros jesuítas. «Todo cuanto me decís—escribe[258] el P. Gaubil á uno de sus hermanos en religión, en París en 1752—de la Memoria del señor Deguignes acerca del Wenchin[259] y el Tahan, y de los viajes á largas distancias al Noroeste del Japón, podría induciros á creer que los chinos han conocido á América. Los textos nada prueban, y con razonamientos tan vagos podría sostenerse hasta que los chinos han venido á Francia, á Italia y á Polonia.»