Esta afición á las hipótesis quiméricas y á las ficciones que el P. Gaubil censura á los geógrafos, y que recientemente ha hecho atribuir á los indios antiguo conocimiento de las Islas Británicas, encuéntrase también, sin que se les pueda censurar, en los poetas chinos. El país de Fusang es el teatro de sus fantasías, y no faltan, porque no podían faltar en ellas, conforme á la afición nacional, al lujo de las sedas, moreras de muchos miles de toesas de altura y gusanos de la seda de seis pies de longitud.

Si hasta ahora no hay hecho histórico alguno que presente indicios de comunicación espontánea de los pueblos civilizados del Asia Oriental con el Nuevo Continente, no es, sin embargo, inverosímil que alguna tempestad haya arrastrado japoneses ó Siampis de la raza de Corea á la costa Noroeste de América. Sucesos de esta índole no tienen lugar en las investigaciones que son objeto de la presente obra. Gomara asegura que en el siglo XVI suponíase haber hallado en las costas del Quivira y de Cibora (el Eldorado del Méjico boreal, sitio fabuloso de una antigua civilización) los restos de un buque del Cathay[260]; pero en aquel tiempo tan cercano á la Edad Media, como á veces en nuestros días, la credulidad interpreta hechos mal observados, para fundar sobre ellos sistemas.

La dispersión de la flota que Khubilaï Khan, fundador de la dinastía de los Yuan y hermano de Manggu-Khan, envió en 1281 para conquistar el Japón, ha dado origen á hipótesis con las cuales Reinhold Forster y M. Ranking[261] han querido explicar grandes cambios en la civilización y el estado político del Perú. Paréceme indudable que los monumentos, las divisiones del tiempo, las cosmogonías y muchos mitos que he discutido en mi obra sobre los Monumentos de los pueblos indígenas de América, presentan notables analogías con las ideas del Asia Oriental, analogías que anuncian antiguas comunicaciones, y que no son sencillo resultado de la identidad de situación en que los pueblos se encuentran en la aurora de la civilización. ¿Por qué vía se han realizado estas lejanas comunicaciones? ¿Cómo se ha conservado la cultura intelectual, atravesando las regiones boreales, donde los dos continentes se aproximan? Problemas son éstos que no pueden resolverse en el estado actual de nuestros conocimientos. La corriente de los pueblos del Aztlán en Méjico fué sin duda de Norte á Sur; pero sólo se pueden seguir los rastros de estas emigraciones hasta el río Giba ó á lo más hasta el lago de Teguajo, que no traspasa, al parecer, el paralelo de 41°. La cuestión de los primeros pobladores de América no entra en los dominios de la historia, como tampoco en los de las ciencias naturales la del origen de las plantas y de los animales y la distribución de los gérmenes orgánicos.

Si la gran proximidad de Asia y América corresponde á una zona inhospitalaria y helada en la latitud del Labrador, del mar de Hudson, del lago de los Esclavos y del río Anadyr, las costas de ambos continentes, al avanzar hacia el Sur, se inclinan desde el paralelo de los 60° en dirección tan opuesta, y huyen, por decirlo así, una de otra, de tal modo que á los 30° de latitud en el paralelo de Nanking y de Nueva Orleans, el litoral de China se aleja 123° del litoral de la Vieja California, esto es, tres veces la distancia que existe entre Africa y la América meridional. Este es uno de los caracteres distintivos del Océano Pacífico, llamado con justicia el Gran Océano. Su cuenca no tiene la configuración de un valle longitudinal con ángulos salientes y entrantes que se correspondan, como en el Atlántico. Desde el estrecho de Behring las costas opuestas se apartan con igual rapidez; las de Asia dirigidas al SO.-NE.; las de América al SE.-NO. Podría decirse que en el levantamiento de las dos masas continentales hubo del lado oriental del Nuevo Mundo una conexidad de fuerzas que determinó simultáneamente los contornos de las masas americanas y de las del antiguo continente, mientras en las cuencas del Gran Océano Pacífico, causas más independientes entre sí han producido efectos distintos.

Al relacionar ideas geológicas, ó más bien físico-geográficas, con las probabilidades que se hayan presentado á las razas humanas para comunicarse entre sí, debo mencionar ante todo esa zona de islas alargadas hacia el Asia que se extiende de Este á Oeste por Juan Fernández, Salas y Gómez, la isla de Pascuas[262], la metrópoli de Taïti, las Fidji y las Hébridas hacia la Nueva Caledonia, y después, como circunstancia muy importante[263] para las necesidades de la navegación, la de una corriente que se dirige entre los paralelos de 35 y 40° Sur del meridiano de Taïti, hacia las costas de Chile, y que, por tanto, es opuesta á la corriente ecuatorial.

A excepción de Méjico y de Guatemala, cuyas planicies, por la poca anchura, dominan ambos mares á la vez, donde los españoles, al llegar al Nuevo Mundo, encontraron una civilización que se mostraba en los monumentos, en los grandes caminos, en las instituciones civiles y en el carácter imponente del culto y de las congregaciones religiosas, fué en la parte de América que da frente al Asia. La que baña el Atlántico sólo presentaba pueblos nómadas y cazadores, poco numerosos y hasta inferiores en cultura á las razas extinguidas, que en las llanuras al sur de los grandes lagos del Canadá, construyeron las circunvalaciones polígonas que semejan campos atrincherados.

Á la costa más civilizada de América, donde habitaban pueblos agrícolas y vestidos, corresponde, al Oeste, la costa oriental del Antiguo Mundo, donde todo lo que tiende al progreso de la inteligencia y su aplicación á las necesidades de la vida social, tiene indudablemente una antigüedad de muchos miles de años respecto á las costas occidentales de Europa. Sin embargo (tal es el misterioso encadenamiento de las cosas humanas), por el Oeste, por la parte más largo tiempo bárbara del Antiguo Mundo, es por donde se realizó el descubrimiento de América. Acaso las diversas familias del género humano no hicieron entonces más que reanudar los lazos que ya habían existido entre ellas en tiempos anteriores á toda reminiscencia histórica.

En el valle longitudinal del Atlántico, donde las sinuosidades correspondientes á las dos orillas están ocupadas hoy en gran parte por la civilización europea, el Antiguo Continente se acerca dos veces y casi á la misma distancia (de 510 y de 542 leguas marinas) á las costas del Continente americano. El valle tiene el mínimum de anchura en una dirección SSO.-NNE. cerca del Ecuador entre Africa y el Brasil. Desde el cabo Roxo (entre la desembocadura del Gambia y los Bissagos) al cabo de San Roque, sólo hay diez leguas marinas[264], menos que desde este último cabo á Sierra Leona. En Europa el promontorio de la Irlanda Occidental, entre Tralee y Dingle Bay, es el que más se aproxima á la extremidad SE. del Labrador, un poco al Norte de Terranova. El Atlántico tiene en este paralelo (y entre los dos puntos sólo hay una diferencia de latitud de 9′) una anchura de 542 leguas[265]. La diferencia de distancias entre Europa y la América continental del Norte, entre Guinea y la América del Sur, no es, pues, á pesar del aumento de más de 40° de latitud, sino de 94 millas, de 60 al grado ecuatorial.

Las relaciones de proximidad de ambos mundos cambian considerablemente cuando se considera como parte del Nuevo Continente la extensa isla de Groenlandia, cuya prolongación hacia el Noroeste más allá del mar de Baffin y del estrecho de Barrow, es completamente desconocida. Esta comarca septentrional parece, en efecto, corresponder á América por la identidad de dirección (SO.-NO.), y sus costas orientales desde Georgia á la tierra de Edam, desde los 30 á los 77 grados y medio de latitud.