La unión de ambas causas físicas y morales produjeron el descubrimiento del Nuevo Continente por los escandinavos.
Los normandos y los árabes fueron las únicas naciones que, hasta principios del siglo XII, compartieron la gloria de las grandes expediciones marítimas, la afición á aventuras extraordinarias, la pasión del pillaje y de las conquistas efímeras. Los normandos ocuparon sucesivamente la Islandia y la Neustria, saquearon los santuarios de Italia, conquistaron á los griegos la Pulla, y hasta escribieron sus caracteres rúnicos en los flancos de uno de los leones que Morosini quitó al Pireo de Atenas para adornar el arsenal de Venecia.
En todo lo que á la historia se refiere, preciso es distinguir las fechas de los acontecimientos, y las diversas épocas en que empezaron á combinarse aquéllas y éstos y á estudiar sus relaciones con descubrimientos mucho más recientes. En medio de tantos acerbos debates producidos por envidiosa malignidad y por las aficiones á una falsa erudición clásica entre los contemporáneos de Cristóbal Colón, acerca del mérito de este grande hombre, nadie pensó en las navegaciones de los normandos como precursores de los genoveses. Esta idea no se mostró sino sesenta y cuatro años después de muerto Colón. Sabíase por sus propios escritos, sobre todo por su obra acerca de las zonas habitables «que había ido á Thule», pero entonces este viaje al Norte no engendró sospecha alguna sobre prioridad del descubrimiento, y preferíase, para atacar á Colón, recurrir á algún manuscrito[275] que un bibliotecario del papa Inocencio VIII debió enseñar á un miembro de la rica familia de los Pinzones.
Si se quiere seguir con precisión la serie de hechos que han conducido á las costas boreales de América, conviene no olvidar que en las islas situadas entre Escocia, Noruega y Groenlandia las expediciones de los misioneros irlandeses rivalizaron con las de los normandos. La preciosa obra de Dicuil De Mensura Orbis terræ, cuya edición princeps debemos (y solamente desde 1807) al Sr. Walckenaer, ha llegado á ser de grandísima importancia para esclarecer la historia de esta rivalidad.
Los anacoretas cristianos en el norte de Europa y los piadosos monjes budhistas en el interior de Asia, exploraron y pusieron en relaciones con la civilización las comarcas más inaccesibles. El espíritu de propaganda y el deseo de extender las creencias religiosas prepararon igualmente las vías para las invasiones hostiles y para el cambio pacífico de ideas y de productos. Este fervor propio de las religiones de la India, de la Palestina y de la Arabia, y extraño á la indiferencia del politeísmo de los griegos y de los romanos, dió especialísimo aspecto á los progresos de la geografía en la primera mitad de la Edad Media.
Comentando dos importantes pasajes de Dicuil (capítulo VII, párs. 2 y 3), M. Letronne[276] demuestra ingeniosa y satisfactoriamente que «las islas Færoë, habitadas desde hacía un centenar de años por ermitaños de Scottia (Irlanda tuvo este nombre hasta el reinado de Malcolm II), fueron abandonadas por ellos desde el año 725, época de la primera invasión de los escandinavos en las Islas Británicas; y que la Islandia fué visitada y acaso colonizada por los irlandeses en el año 799, es decir, sesenta y cinco años antes de que lo fuera por los escandinavos.»
El Landnamabok, publicado de nuevo[277] recientemente en una colección de los Sagas históricos por la Real Sociedad de Anticuarios del Norte, en Copenhague, refiere textualmente que los noruegos encontraron en Islandia libros irlandeses, campanillas y otros objetos que los Papæ (Papas), «hombres de Occidente que profesaban la religión cristiana, habían dejado allí, especialmente en los dos cantones de Papeya y Papyli, en la costa oriental». Ahora bien; se sabe por los Sagas de las Orcades[278] que estas islas estaban habitadas á fines del siglo IX por «dos naciones, los Peti (probablemente descendientes de los Pictos) y los Papæ (los padres[279], sacerdotes, religiosos, sin duda los clerici de Dicuil).» Snorro-Sturlæson dice que hasta la misma Escocia se llamaba entonces Pettoland.
Las islas Færoë y la Islandia convirtiéronse en estaciones intermedias, en puntos de partida para llegar á la Escandinavia americana; de igual suerte que el establecimiento de Cartago sirvió á los Tyrios para llegar al estrecho de Gadira y al puerto de Tartesus, y desde Tartesus fué este pueblo de viajeros, de estación en estación, hasta Cerné, el Gauleón (isla de los barcos) de los cartagineses.