A fines del siglo XVI, y, por tanto, poco antes de que el geógrafo Ortelio creyera encontrar, no en los viajes al Vinland, sino en los de los hermanos Zeni, el primer descubrimiento de América, un historiador inglés, el Dr. Powell, y el útil compilador Ricardo Hakluyt[316], dieron alguna celebridad á las aventuras de Madoc, hijo segundo de un príncipe de North-Wales, Owen Guineth ó Guynedd.

Cansados de una guerra civil por causa de cuestiones de legitimidad y de sucesión al trono, Madoc y sus partidarios «buscaron aventuras en el mar, bogando hacia el Oeste y dejando las costas de Irlanda tan al Norte que arribaron á una tierra desconocida é inhabitada, donde vieron cosas rarísimas». De vuelta á su patria, persuadieron á algunos colonos para que dejaran el suelo pobre y pedregoso del país de Galles y fueran á la buena y fértil tierra nuevamente descubierta. Partió por segunda vez Madoc con diez barcos y aunque prometió volver no se supo más de él.

No cabe duda de que este suceso, vagamente referido, fué celebrado en 1477, quince años antes de la expedición de Colón, en unos versos del poeta Mereditho.

Hakluyt considera el viaje de Madoc «como el primer descubrimiento de las Indias occidentales, hecho por los bretones, antes que por los españoles», y quiere que las cruces que López de Gomara (lib. II, cap. 16) afirma eran adoradas en Acazunil[317] se deban á la influencia de estas antiguas colonias de habitantes del país de Gales, fundadas en 1170.

Ya en la época del caballero Ralegh corrió en Inglaterra confusa noticia de la sorpresa con que se había oído en las costas de la Virginia el saludo de Gales hao, houi, iach, de igual suerte que los misioneros franceses escucharon con tanto asombro como alegría el canto de Alleluia á los salvajes del Canadá. El capellán inglés Owen se había salvado en 1669, de manos de los indios Tuscaroras, que querían arrancarle el cuero cabelludo, pronunciando algunas palabras del dialecto del país de Gales. Benjamín Beatty descubrió un pueblo que conservaba (desde hacía quinientos años) la tradición de la llegada á América de Madoc ap Owen Guineth.

Todas estas fábulas se han renovado periódicamente; y aun en nuestros días se han discutido con seriedad[318] los «pergaminos, libros célticos y títulos de origen», que un capitán, Isaac Stewart, encontró en Red River de Natchitoches.

Ya he recordado en otra obra (Relación histórica, tomo III, pág. 159) que desaparecieron todos estos rastros de colonias del país de Gales tan pronto como viajeros menos crédulos, cuyas relaciones se comprueban unas por otras, Clark y Lewis, Pike, Drake y los editores de la nueva Arqueología americana, recorrieron el interior del país ó sometieron el estudio de la filiación de las lenguas indígenas á una crítica más severa.

Muy erróneamente[319] se ha acusado á Hakluyt de haber inventado las aventuras de Madoc para servir los intereses de la reina Isabel y legitimar los proyectos de Ralegh sobre las dos Américas[320], cuando se temía que ambas llegaran á ser presa de los castellanos.

La política de la reina Isabel no necesitaba esta clase de apoyo. Cuando Felipe II se quejaba en 1580 de las depredaciones de Drake en las costas americanas, la Reina, según Camden, respondió noblemente: «que el Océano era libre como el aire, y que una costa cualquiera no se convierte en propiedad de quien le da su nombre.»