En la cuarta expedición de Vespucci, en la que naufragó uno de los barcos en los escollos que rodean la isla de Fernando Noroña, tomaron en 1504, cerca de la bahía de Todos los Santos, un cargamento de madera de bresil[421]. Tan importante llegó á ser ya este comercio en 1510, que el Gobierno español[422] prohibió la importación de todo brasil que no procediera «de las Indias (occidentales) pertenecientes á los dominios de Castilla.»

Todo el mundo sabe que poco á poco, en la primera mitad del siglo XVI, la abundancia de esta madera tintórea hizo cambiar el nombre de Terra de Sancta Cruz dado por Cabral en Terra de Brasil. «Cambio inspirado por el demonio, dice el historiador Barros[423], porque la vil madera que tiñe el paño de rojo no vale lo que la sangre vertida por nuestra salvación.» De esta suerte el nombre Brasil pasó desde el Archipiélago de Asia á un cabo de la isla Tercera[424], y desde aquí á las costas australes del Nuevo Continente.

Con estas investigaciones acerca de la isla de Brasil, del archipiélago de los Azores, se relaciona la tradición tan vulgarizada de una estatua ecuestre que los portugueses hallaron en la isla de Corvo, señalando con un dedo al Oeste. Todos los libros, hasta los más elementales, que tratan del descubrimiento de América, refieren esta tradición, sin indicar documento alguno histórico, portugués ó español, que la mencione. En vano he buscado este «cuento de marineros» en las obras de los escritores de la Conquista, quienes con tanta extensión discutieron los indicios que guiaron á Colón hacia las tierras del Oeste. Martín Behaim, después de vivir tanto tiempo en las Azores en casa de su suegro Iobst de Hürter, ninguna mención hace de este hallazgo en su globo. Barros tampoco habla de él, ni Grinæus (1532), ni Sebastián Münster (1550), ni Ortelio (1570), ni Andrés Thevet (1575). El silencio de este último paréceme tanto más extraordinario, cuanto que observó por sí mismo (como pronto veremos), en la isla de San Miguel, una inscripción que creyó hecha «por el pueblo de Judea».

Pocas semanas hace que Mr. Link me ha dado á conocer un pasaje de la Historia del Reino de Portugal, por Manuel de Faria y Sousa[425], que detalladamente refiere la tradición de la estatua ecuestre. «En las Azores, en la cumbre de un monte que llaman del Cuervo, fué hallada una estatua de un hombre puesta á caballo en pelo, con la mano izquierda apoyada en las crines del caballo y la derecha señalando á Poniente. La estatua descansaba en una losa[426] de la misma clase de piedra. Más abajo estaban grabadas en la roca algunas letras desconocidas.»

Como el historiador habla de los descubrimientos hechos desde 1447 á 1471, parece referirse su noticia á que los portugueses vieron este monumento cuando por primera vez llegaron á la isla montañosa del Cuervo. La fecha de este suceso es, sin embargo, incierta[427], pues unos suponen que ocurrió en 1447 y otros en 1460. ¿Cómo es posible creer que los contemporáneos de Cristóbal Colón, que tan minuciosamente hablan de troncos de pinos arrojados por las corrientes á las costas de las islas Graciosa y Fayal, de cadáveres de hombres de raza desconocida, depositados por el oleaje en la arenosa playa de la isla de Flores, próxima á la de Corvo, no tuvieran noticia alguna de hecho tan extraordinario?

Un viajero muy ingenuo, que hace poco publicó su viaje, Mr. Boid, disipa en parte estas dudas. Durante su larga permanencia en las islas grandes del archipiélago de las Azores, adquirió las siguientes noticias relativas á Corvo: «Es la más pequeña de las nueve islas; fórmala una montaña con dos picos gemelos, y se llama Corvo (Cuervo), porque, vista de lejos, toda ella parece negra[428]. Entre la multitud de absurdos que divulgan sus pobres y supersticiosos habitantes, es uno asegurar formalmente que á su isla se debe el descubrimiento del Nuevo Continente, porque un promontorio que avanza en el mar hacia el NO., presenta la forma de una persona que alarga la mano hacia Occidente. La Providencia, añaden ellos, quiso que este promontorio de Corvo tenga dicha forma extraordinaria para anunciar (á los marinos europeos) la existencia de otro mundo. Comprendiendo é interpretando Colón esta señal, se lanzó en el camino de los descubrimientos (hacia el Oeste).» He aquí, pues, la estatua ecuestre reducida á un fenómeno natural.

Concíbese que una de esas configuraciones grotescas é imitativas tan frecuentes en las rocas volcánicas de basalto, traquita y pórfido anfibolítico, pueda engendrar el cuento de una estatua ecuestre que los eruditos no tardaron en atribuir á los cartagineses ó á los fenicios, quienes, según sabemos por Strabón, no eran muy aficionados á mostrar el camino de los descubrimientos á los pueblos rivales.

Los nombres de fraile, monja, gigante, dados en casi todas las regiones alpinas de la América española, sea á rocas aisladas, sea á cráteres de montañas, confirman esta probabilidad, y entre marinos las ilusiones fantásticas son más comunes, porque el aspecto de un litoral les produce impresiones más fuertes y duraderas.

Corvo no es en absoluto el punto más occidental del archipiélago de las Azores, pues está á 3′ 5″ en arco más oriental[429] que Flores; pero al volver los buques del Brasil, de Méjico y de las Antillas, favorecidos por el Gulf Stream (corriente de agua caliente del Atlántico), pasan con preferencia á la vista de la isla más septentrional, la de Corvo.