[48] The Sea of Sargasso may be considered as an eddy (remous, tourbillon), between the regular equinoctial current setting to the westward, and those easterly currents put in motion by the westerly winds a little to the northward of the parallel in which the tradewinds begin to blow (John Purdy, Mem. on the Hydr. of the Atlantic Ocean, 1825, pág. 221). «The Sea of Sargasso may be deemed the recipient of the water of the Gulf-Stream of Florida: it is a deposit of gulf-weed brought by the stream.» Rennell, Inv., páginas 27 y 71. Pero más adelante (pág. 184), el célebre hidrógrafo parece inclinarse á la opinión de que el fucus se renueva con el arrancado en los escollos próximos. El teniente Juan Evan, admirado también ante las grandes masas de fucus en el golfo de Méjico, «siente que no se sondee con más cuidado (with the deep-sea line) en el gran banco de fucus al O. de las Azores (lat. 30°-36°, longitud 43°-57°), donde algunas veces ha visto la mar cubierta, en una extensión de cuatro leguas marinas, de una espesa capa de fucus flotante» (Journal du Vaisseau Belvedere, Noviembre de 1810).

[49] Lo mismo opinan también M. Luccock en sus Notes on Brasil, y un marino muy distinguido, el capitán Livingston (Purdy, Memoir on the Hidrog. of the Atlantic, 1825, páginas 221-225).

[50] Cuando los barcos que cuentan con elementos para determinar con precisión las longitudes atraviesan el gran banco de fucus en el sentido de un paralelo, pero fuera de la banda que une los dos brazos, tiene muy pocas probabilidades de estudiar el fenómeno; y cuando, muy al E. del meridiano que consideramos en el estado normal como límite oriental del gran banco encuéntranse muchos días grandes grupos de fucus flotantes, igualmente espaciados y situados en la dirección de las corrientes, puede creerse que, navegando en rumbos poco diferentes del meridiano, no se ha tocado al verdadero banco longitudinal, y que el eje de la principal aglomeración está situado más al O. Á causa del minucioso trabajo que he hecho sobre esta materia, tengo pruebas de la existencia de estrías de fucus flotante en masas considerables en longitudes mucho más orientales de las que admite Rennell, como formando habitualmente el borde oriental del gran banco. Encuentro estas pruebas en las observaciones de Labillardiere, lat. 25°, longitud 31°—lat. 36° ½, long. 35° (Rélation du voyage á la recherche de La Perouse, t. II, pág. 331); de Mr. Lichtenstein, á su vuelta del cabo de Buena Esperanza, lat. 19° ½, long. 35° ¾—latitud 22° ½, long. 36° ¼; de Mr. Bory Saint Vincent, latitud 23° ½, long. 35°; de Mr. Gaudichaud en la expedición de La Herminia, lat. 27° ¾, long. 37° ¾—lat. 29°, long. 35° ½; de Mr. Freycinet, en el viaje de La Uranie, lat. 28° 31′, longitud 35° 55′—lat. 36° 1′, long. 35° 44′; del capitán Duperrey en el viaje de La Coquille, lat. 29° 54′, long. 31° 45′—lat. 31° 35′, longitud 31° 7′; de Mr. de Urbille en su viaje del Astrolabe, latitud 24° 51′, long. 32° 39′—lat. 26° 20′, long. 33° 39′—latitud 29° 5′, long. 30° 53′. He observado por mí mismo, en el trayecto desde la Coruña á Cumaná, pasando al NO. de las islas de Cabo Verde y 80° al E. del punto que las cartas de las corrientes del Atlántico, por el mayor Rennell, fijan como extremidad meridional del gran banco, masas considerables de fucus flotante (Rélation historique, t. I, pág. 271). Terminaré esta nota alegando testimonios de los resultados que oficiales de gran mérito, los Sres. Birch, Alsagar, Hamilton y Livingston, han obtenido desde 1818 á 1820, y que confirman por modo satisfactorio lo que creemos ser la configuración normal de la banda de Corvo; del almirante Krusenstern, según Mr. Horner, lat. 26°, long. 39° ½ (Reise um die Welt., t. III, páginas 151-153); Kotzebue, en su viaje del Rurick, según el diario manuscrito de Mr. Chamisso, lat. 20°, long. 37° ½—lat. 30°, longitud 39° ¾; de Mr. Meyen, en su viaje alrededor del mundo, latitud 24°, long. 39° ½—lat. 36°, long. 43° ½. Al comparar estas longitudes, reducidas siempre en esta obra al meridiano de París, á la posición del eje del banco de fucus flotante, debe tenerse en cuenta la anchura del banco.

[51] Colón creía estar entonces en lat. de 34° ½ y long. de 53°; por tanto, al ENE. de las islas Bermudas. Es notable que, desconociendo esta observación de 1493 el mayor Rennell, sitúe el banco de fucus en los mismos parajes (véase la segunda carta del Atlas de las Corrientes), much Gulf weed.

[52] Como en los últimos tiempos hasta la primera tierra donde arribó la expedición del descubrimiento se ha puesto en duda, no se puede tener demasiada confianza en el empleo habitual del medio de corregir la estima por la comparación de las posiciones de los puntos de partida y de llegada. Descubierta la primera isla el 12 de Octubre de 1492, continuó Colón su viaje hacia el Oeste, y llegó á la costa septentrional de Cuba (á los puertos de Tanamo, Cayo-Moa y Baracoa). Esta dirección hizo suponer á Navarrete que Guanahaní, la primera tierra descubierta, no es ni San Salvador Grande, en cuya isla hay un puerto en la punta SE. que aun lleva el nombre de Columbos port, ni la isla Watelin (Muñoz, § 137), sino un islote del archipiélago de las Turcas, llamado por los marinos franceses Grande Saline y por los ingleses The Grand Kay (Navarrete, t. I, pág. CV), al N. de Haïti, casi en el meridiano de Punta Isabela. Según Mayne, hay 4° 9′ de diferencia de longitud entre San Salvador y la Grande Saline de las islas Turcas, situadas al E. de los Caycos y al O. de Pañuelo cuadrado. Tampoco su llegada á las Azores (á la isla de Santa María), cuando su vuelta á España, puede servir para corregir la estima con certidumbre. Colón sufrió una gran tempestad que le tuvo errante desde el 13 al 17 de Febrero de 1493 en parajes donde la acción de las corrientes tiene una fuerza irresistible.

[53] Empleo esta expresión rara en el sentido que hoy le dan casi todos los pilotos españoles, oponiendo la mar agitada y tempestuosa al N. del paralelo 35° (el golfo de las Yeguas), á la mar tranquila y llana de los trópicos (el golfo de las Damas). En su origen, á fines del siglo XV y principios del XVI, la denominación de golfo de las Yeguas sólo se aplicó á la parte del Océano Atlántico entre las costas de España y las islas Canarias, á causa del gran número de yeguas que morían en la travesía desde los puertos de Andalucía á las Antillas, y que eran arrojadas al mar antes de llegar á Canarias. Al S. de estas islas, los animales sufrían menos los balances del barco y se habituaban á la navegación. Oviedo (Historia general de las Indias, lib. II, cap. 9, fol. 12) dice que morían muchas más vacas que caballos, y que esta parte de mar al N. de Canarias se la debía llamar el golfo de las Vacas. Hoy dicen los pilotos españoles que se va á América por el golfo de las Damas (Acosta, libro III, cap. 4) y que se vuelve por el golfo de las Yeguas, interpretando esta última locución de un modo impropio «por el aspecto de la gran ola espumosa que salta como una yegua».

Merece notarse que á pesar de la imperfección del arte náutico y de la incertidumbre de las rutas, se hicieron algunas veces, en los primeros tiempos de la conquista, muy rápidas travesías. Oviedo dice (l.c., pág. 13) que en 1505, mientras el emperador Carlos V estaba en Toledo, dos carabelas volvieron en veinticinco días de la isla de Santo Domingo al río de Sevilla.

[54] Sin duda á causa de este descubrimiento y de algunas aventuras semejantes, dijo Colón en su Diario (7 de Octubre de 1492), antes del descubrimiento de Guanahaní, que observaba el vuelo de las aves cuando van todas por la tarde en una dirección como para dormir en tierra, porque sabía que las más de las islas que tienen los portugueses, por las aves las descubrieron.

[55] Formaleoni, Nautica dei Veneziani, pág. 48. Es el Vouga del mapa de Castro.

[56] El temor que á los marineros de Colón inspiraba la acumulación de fucus, no lo expresa la parte de Diario que ha llegado hasta nosotros por los extractos de Fray Bartolomé de las Casas. El Diario (22 y 23 de Septiembre de 1492) refiérese sólo á los murmullos por la constancia del viento del E. y del Sur que mantenían la mar mansa y llana. Pero D. Fernando Colón se expresa con viveza en este punto. «Descubrieron cantidad de yerba hacia el N., por todo el espacio que alcanzaba la vista, con la cual se consolaban algunas veces, creyendo venía de tierra cercana, y otras les causaba gran miedo, porque había muchas tan espesas que en cierto modo impedían la navegación, y como siempre propone lo peor el miedo, temían les sucediese lo que se finge de San Amaro en el mar helado, que no deja mover los navíos, por lo cual se apartaban de las manchas siempre que podían» (Vida del Almirante, cap. 18). La comparación del Diario del Almirante y de la Vida del mismo, escrita por su hijo, me confirma en mi opinión de que éste, con objeto de hacer su relato más dramático, insiste demasiado en la desesperación de los marineros que se hallaban «en medio del Océano, lejos de todo socorro» (Barcia, Hist. prim., t. I, pág. 16). La travesía de Palos á Flores, y desde allí á las costas de Irlanda en 1452, que cité antes, podía, en mi opinión, haber acostumbrado á los marineros á no ver más que agua y cielo.