—¡Y me lo da deliberadamente!
—Por supuesto.
—¿Y no retira usted ese insulto inmotivado que acaba de dirigirme?
—¡De ningún modo!
—¡Basta, Amaury!—dijo entonces Felipe animándose por grados.—Te concedo que a pesar de mis atenuantes soy algo culpable en el fondo; pero entre amigos y personas de cultura social se trata al prójimo con más tolerancia. Eso, dicho en el Palacio de Justicia, como allí es costumbre, puede pasar; pero aquí, de ningún modo; no puedo tolerarlo ni aun viniendo de ti, y si te ratificas...
—Mira si lo hago, que repito que mientes.
—¡Amaury!—gritó Felipe exasperado.—Te advierto que, aunque abogado, tengo algún valor además del cívico, y me siento capaz de batirme.
—¡Acabáramos! Ya ve usted que hasta le concedo la ventaja de la elección de armas, porque soy yo el ofensor.
—Me son indiferentes, pues no he tenido hasta hoy en mi mano una pistola ni una espada.
—Yo llevaré unas y otras al terreno, y sus testigos elegirán. Indique usted la hora.