¡Qué sensible es, Dios mío, haber de abandonar a manos mercenarias el tierno pimpollo de nuestro corazón!

Al salir de la iglesia he experimentado una profunda melancolía. Ni la isla de Baebey de Fourvieres, las pintorescas montañas del Saona, ni el bullicio de las gentes que bajan por la pendiente de la Cruz Roja y Lyón, han conseguido distraer mi imaginación. Parecía yo al Abraham bíblico cuando vuelve la vista para contemplar a Agar y su hijo, abandonados en el desierto, menos peligroso ciertamente que esta multitud inmensa, donde las madres, obligadas por la sociedad, abandonan a sus hijos.

Todo el día de hoy lo he pasado en compañía de Mme. de Vaux, mi buena hermana, y mezclado mis lágrimas a las suyas, pues también es muy desgraciada.

Ocho días he pasado en Lyón para poder ver alguna vez más a mi Alfonso y con el fin de acostumbrarme a estar separada de él.

El abate Lamartine, que habita en su propiedad próxima a Dijón, nos cede su casita próxima a la calle de Ursulinas en Mâcón, donde pasaremos el invierno. Esta casa está junto al palacio de la familia que habitan mi hermano político M. de Lamartine y sus dos hermanas.

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El día 10 de enero de 1802 está anotado únicamente con acciones de gracias a la Providencia por los beneficios recibidos durante el año pasado.

XLIII

7 de enero de 1802.

Bonaparte ha pasado por aquí en dirección a Lyón, para presidir los «Cisalpinos». ¡Quién sabe lo que resultará de tal reunión!