Seguramente, que estas aficiones de mi madre debieron nacer a consecuencia de su trato con los filósofos y literatos que, en otro tiempo, frecuentaban sus salones.

Mi madre tiene en compañía un sacerdote; llámase este venerable abate Chauveau y es hombre de mucho mérito. Esta mañana nos ha dicho misa. En el templo había un bautizo y esto me ha recordado a mis pobres hijos: los bautizos me enternecen siempre.

He visitado hoy a una pobre mujer recién parida, enferma y sin recursos. Al reflexionar sobre su miseria y las atenciones de que yo me hallaba rodeada, he tomado la resolución de no regatear nada, alimentos, ropas, leñas, dinero, todo, en fin, cuanto pueda facilitar con mis economías a esta pobre mujer.

¡Cuánto se sienten los ajenos sufrimientos cuando uno los ha probado! Es muy buena la caridad que se ejerce indirectamente, pero resulta más eficaz aquella que se hace frente a frente, de corazón a corazón. ¡Que Dios me inspire con frecuencia en estas resoluciones, y no permita que olvide el cumplimiento de mis deberes!

La noche pasada he leído a Tácito. Este historiador me entretiene y casi edifica con sus narraciones; los otros solamente me instruyen. Tiene mi padre una biblioteca rica en libros de historia; por fortuna no hay ni siquiera una novela.

Mi madre ha escrito hoy una carta a la señorita de Orleans, que se encuentra en España, y ha querido que yo también le escriba dos renglones. Después de esto, hemos salido a paseo y llegado hasta Mont-Mirail, visitando al mismo tiempo los amigos de la familia. En este pueblo nos han hablado muy bien de los señores de Larochefoucauld-Dondeau, que tienen aquí un castillo en el cual reparten abundantes limosnas a los pobres de la comarca. No hace muchos días que estos señores han perdido la única hija que tenían; solamente les queda un hijo que, según dicen, es un guapo mozo de dieciocho años (hoy duque de Larochefoucauld), del cual se cuentan rasgos de bondad con los aldeanos de estas cercanías.

Ha llegado ayer mi desgraciado hermano y hecho las paces con mi madre. Todo le ha sido perdonado y parece en su aire muy formal. Nos ha dicho que desea marchar a Inglaterra, donde mi madre lo recomendará a los príncipes de Orleans, que estoy segura harán por él cuanto puedan.

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Vuelve mi madre a Milly durante la primavera y expresa en su diario la alegría que experimentó al ver de nuevo a su marido y sus hijos. Después pasa a Lyón para informarse de los motivos que tuvo su hijo para escaparse del colegio, tomando después de esto la resolución de que termine sus estudios en otra casa algo más religiosa y paternal que la que en la actualidad se encontraba.

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