El poeta fué un cristiano sin dogma que repudió todas las Iglesias.

El Gran profeta Anónimo, más de 500 años antes de Jesús, había dicho que los pueblos no tienen más que un Dios, cuyo templo es el Universo y a quien debía honrársele con la justicia. Jesús, junto al pozo, dijo a la Samaritana, que le daba de beber: «creéme, mujer, ha llegado la hora de no adorar a Dios, ni en esta montaña—era el monte Garizim—ni en Jerusalén, sino allí donde se adora al padre en espíritu y en verdad.»

El sacerdote apegado a la rutina que todo lo reduce a fórmulas tradicionales, ligado al santuario, viene directamente del rito y entre sus antepasados está el hechicero. Ha tenido siempre en la historia por rival y a veces por adversario, según lo expresa Guyau, al Profeta desde Buda hasta Isaías y Jesús; el Profeta es con frecuencia revolucionario; el sacerdote es esencialmente conservador, el uno representa la innovación el otro la costumbre.

«El Misionero» que es un profeta, «cual un Moisés altísimo y tonante;» que es Jesús hombre que «no puso a su bondad ninguna linde,» que fué más allá que el de Asís, llamando hermano al vicio, el Misionero sintetizó todos los dolores, pero también todas las esperanzas de los que sufren. Es la negación del sacerdote, hijo del rito.

No es el abate perfumado de heliotropo de sus rudas Evangélicas que expresan una filosofía áspera pero vibrante de bondad; no es el abate que baja del púlpito cruzando como un César, sudoroso entre sus encajes, por el aristocrático auditorio cuya emoción artística él ha producido y cuya admiración él ha conquistado. No, las manos finas y olorosas y expresivas del abate

«Que no hicieron en la vida
Más que cruces en el aire.»

El Misionero tiene las manos callosas de las almas de combate a las que el poeta canta en sus «Milongas Clásicas,» las manos dolorosas «como vendas empapadas en el pus de las heridas.» Le llena de amor lo vil y lo caído, y ciego de bondad, enloquecido de evangelización, hace como el apóstol que penetra en los tugurios para salir de ellos, torturado de dudas cubierto de maldiciones y carcomido de remordimientos.

La presión secular exprimiendo la entraña de la chusma sacó de ese barro de sangre una flor. Así surgió para el Poeta, Jesús,