«Con su gran maldición de sedienta
Maldice hasta mismo su vaso de agua»;
y que porque tiene noción de lo justo
«su disfraz de Catón la sulfura
y enloda y escupe su clámide blanca»;
y que porque vive Jesús en su alma
«ni respeto ni amor le despiertan
sus burlas de sabio, sus cruces de plata.»
Ella, la chusma dolorida, que gime, ve
que las flores no son del que riega
sino del dichoso señor que las planta
Y entonces el poeta que sabe que un perfume inefable, un fulgor de aurora y una música sublime esparcen las vidas más bajas, y que del fondo, de lo más hondo, surgen las altiveces más altas, extiende su manto sobre la chusma querida, maldiciendo a los poderosos, como los profetas de Israel.
Ese amor inmenso a los pobres que inflamaba el corazón de los profetas, impregnó toda la doctrina de Jesús. Almafuerte tenía más que una «gota de Cristo». Se le parecía en su afán de levantar al caído; en su espíritu de rebeldía y en su odio a los fariseos, «generación de víboras, sepulcros blanqueados».