«Para sembrar, también, abecedario
Donde mismo se siembran los trigales.»

Y allá, en el colegio de Trenque-Lauquen, cuya aula era un rancho de adobe, dejaba que los niños fueren a él.

Un día, uno de los pequeñuelos enfermó gravemente y el poeta le cuidaba como a un hijo. Cuando el enfermito falleció, Almafuerte vendió su cama para poder comprar el ataúd de pino.

Hacía frío; entonces, y el cantor de «El Misionero» se acostaba en una tarima y se abrigaba con la bandera nacional de la escuela...

Hace apenas cinco años, Alberto De Diego, a quien me ligaba una amistad fraternal y en cuya tumba lloré copiosamente junto al poeta, llegó a mi estudio y conmovido me extendió una carta que había recibido de Almafuerte y que nadie conoce. Aquél que cargara sobre sus espaldas las miserias de todos, se moría de hambre, allá lejos, olvidado del mundo.

«Ahí le mando esos versos para que los negocie—decía el poeta al joven amigo—pero hágame el favor de moverse, porque es muy posible que en la semana entrante no veamos en mi casa la cara de Dios, mis hijos y yo. No creo que sea usted de los que entienden que yo debo vivir de langosta como vivía Juan el Bautista en el desierto. Hasta hace dos o tres años yo pensaba lo mismo; después compliqué mi vida, la humanicé, la hice menos egoísta, echándome otras obligaciones más positivamente beneficiosas para el país, que que la de andar haciendo versos y hoy me veo precisado a reconocer que no sólo de langostas vive el hombre y el hijo del hombre.»

Y luego, con una insistencia dolorosa le dice a De Diego: «Ponga sus propios dolores bajo de cualquier ladrillo y entréguese por dos o tres horas a esta negociación. No le pido más; pero se lo pido como quien tuviera derechos adquiridos, esto es, con la mayor vehemencia. Vuelvo a decir; insisto; no le pido más que esto; consígame cuarenta pesos y remítamelos en seguida. Otra vez: no le pido más que eso; usted me entiende y no ha de permitirse ofenderse.»

Y termina el poeta, que es soberano en sus sueños pero que como Jesús no tenía dónde reclinar su cabeza con estas palabras que ponen de relieve la gran estatura moral de Almafuerte:

«Dirá usted que ya es mucho hablar de dinero. Pero, hijo mío, ¿quiere usted que salga a rejuntar macachines a las quintas con mis tres niños? ¿No ve que ni tiempo les quedaría para ir a la escuela y no sabe que en esta estación del año no hay macachines? Por otra parte, yo no doy al dinero los infames empleos que le dan otros y puedo hablar de él todo el santo día sin ensuciarme la boca.»