Hasta aquí la parte dolorosa de esta página íntima.
Tiene felizmente otra, que conforta el espíritu, Almafuerte, anciano de setenta años, sufriendo frío y hambre en su casucha de Tolosa, no obstante tener la convicción de que era de las más puras glorias de su patria, que él amaba intensamente; Almafuerte no sentía un solo desfallecimiento en su espíritu, y en esta hermosa carta dirigida a un joven torturado por depresiones, le dice varonilmente desde lo más hondo de sus dolores:
«Hágame el favor de sacudir su pesimismo. Es menester comenzar de nuevo; aprenda de este viejo. Vea cómo marcha por más que gima toda su miseria humana.»
Valerosa lección de energía. «Es necesario comenzar de nuevo,» dice el poeta.
Sí; cuando se reconoce que no se ha ahondado bien en el surco, menester es empuñar de nuevo el arado, con la misma tenacidad, con el mismo entusiasmo. Toda empresa humana exige el esfuerzo perseverante. Un camino nuevo no se abre a un solo golpe de piqueta.
El poeta sabe que la brega es dolorosa, pero sabe también que el dolor es necesario; no produce en él la depresión; es acicate, fuerza sin la cual no se desplegarían las alas, no se emprendería el vuelo, la gloriosa ascensión hacia formas siempre mejores. Menester será reconciliarnos con el dolor, calumniado por los pesimistas; el dolor advierte, a veces purifica, levanta de lo más hondo y redime.
El día sin dolor sería el estancamiento. Si no hubiera dolor, no habría piedad, no habría amor.
Alguien ha afirmado equivocadamente que el poeta fué pesimista y citó en apoyo de sus tesis el «Trémolo.» Ya veremos que no es así.
Almafuerte no se detuvo en la faz sombría del dolor sino por excepción expresando un estado transitorio de su espíritu. Se queja, impreca, maldice, blasfema, pero para mejorar el mundo, y teniendo siempre en vista un ideal, una luz que no se apaga nunca.
No así Leopardi, el gran lírico italiano. Para él la vida no merece sino desprecio; el progreso es mentira y como combatir sería inútil, se resigna. Por eso dice en «A se stesso»: