El libro de Job, citado tan frecuentemente por el poeta, es un libro filosófico en el cual se plantea el problema que preocupó intensamente a los judíos. ¿Por qué los buenos sufren si hay un Dios justo? Para los beni-israel no había castigos ni penas de ultratumba: por eso sus profetas pedían la justicia, hoy, en seguida y sobre la tierra.

«Ved aquí, dice Job, que clamaré padeciendo violencia y nadie me oirá; vocearé y no hay quién me haga justicia» (Job, capítulo XIX).

Pero no se resigna; sabe que su esfuerzo vale, y le dice a Dios:

«No me condenes; hazme entender por qué pleiteas conmigo» (Capítulo X-2) «¿Por qué se esconde tu rostro?» (Capítulo X-24.).

Almafuerte es un optimista, como aquel Isaías que también fué poeta, que se indignaba contra la injusticia y rugía entonces como un viejo león, que discutiendo con Jehová concluyó por transformarlo haciéndolo más bueno.


En la «Sombra de la Patria,» clamaba contra la injusticia y rugía entonces tan admirablemente los sentimientos humano y nacionalista, como desmintiendo la afirmación de su crítico que explica tendenciosamente la evolución del poeta; en la «Sombra de la Patria,» está palpitando el pensamiento hebraico.

Almafuerte ve pasar la patria con el corazón oprimido.

Sueltos van los cabellos; en guedejas
por el busto de mármol se derraman
como velo de angustias, o sombría
melena de león. Siniestra, pálida,
desencajado el rostro...