Así la sombra de Italia aparece en el alma dolorida de Leopardi, donde no hay esperanza, que es soberana en el espíritu de nuestro poeta. Así la sombra de Italia: lívida, suelta también la cabellera y arrancado el velo:
Sí che sparte le chiome e senza velo
siede in terra negletta e sconsolata
nascondendo la faccia
tra le ginocchia e piange.
Así Israel «regada en llanto por haber torcido sus caminos,» pasa por el alma ardiente de Jeremías. (Capítulo IV, V 21).
Almafuerte ve cruzar la patria llena de dolor; le parece que se arrastran gloriosas banderas y entonces airado se dirige a Dios, llamándolo siempre Jehová. Jehová no era ya el Dios patriarcal de las tribus semitas, nómadas, era el Dios nacional, el Dios «del pueblo elegido.»
Dice el poeta:
«¿Dónde estás Jehová, dónde te ocultas?
¡Qué! ¿no vuelves tus ojos y la salvas?»
¿Por qué mira caer sobre el pueblo todos los apetitos que carcomen su entraña y no lanza el rayo de su enojo, no descarga su brazo justiciero, no obscurece su cielo y no para sus mundos atónitos, si menester es salvar a su pueblo?
Y agrega:
«¿Oyes la voz de «tu poeta» y callas?
La voz de tu poeta que te clama
La voz de tu poeta que te adora.»