Y esta alma atormentada por el dolor, el amor y la esperanza, esta alma de titán que pelea con Dios por la causa de los hombres; esta gran alma agitada por todas las pasiones generosas como una selva por todas las tempestades, sólo tuvo dulces vibraciones para la mujer. Allí está el «Cantar de cantares», joya cincelada por manos divinas y que también viene de los libros hebraicos.

Alguna vez, leyendo esos versos, he pensado que el poeta era el pino solitario de Heine que bajo la nieve soñaba con una lánguida, melancólica palmera del Oriente muy lejano... pero se ha dicho que en la lira de Almafuerte faltaba una cuerda, la que hace vibrar la mujer; que el poeta no sintió la emoción amorosa, que no amó nunca; que en sus versos de amor no puso la pasión sino el arte.

Lo niego. En la boca de este león, que es bíblico como el otro, también se ha encontrado la miel.

Hablo de la amada, no de la madre. La madre nunca estuvo más alto que en los versos del poeta, al extremo de que cuando éste resume toda su obra y exalta su orgullo hasta el infinito dice:

«Soy el llanto que rueda sobre lo inmundo,
Yo he nacido, sin duda, para ser madre.»

Hablo de la amada de la cual no siempre se expresa el poeta como en el «Cantar de cantares», dulce, suavemente.

Cuando nos habla de sus desengaños amorosos, la pasión del autor del «Misionero», se desborda.

En «Mancha de tinta», donde las sombras se amontonan, donde el poeta siente la deslealdad, la traición del amigo, del discípulo, que yo sé cómo desgarra el corazón; donde casi llega a perder la esperanza que siempre le alienta, al referirse a la mujer infiel dice en un arrebato:

«Llamé, gemí... ¡No salió!
Aullé como loba hambrienta;
¡En sus puertas de caoba
Grabé con sangre su nombre!»