En esta estrofa hay una honda emoción amorosa. Aquí yo veo una mujer, no la mujer en abstracto, ni el «dolce pensiero» de Leopardi emanado sólo de la idea de mujer.
Almafuerte no fué nunca pesimista, ni sintió ni conoció a los filósofos que a ese respecto sistematizaron, y cometen un error lamentable por incomprensión de su obra, los que le creen inspirado en el hosco alemán para quien la mujer es «la intermediaria del insigne engaño de que es víctima el hombre».
Para Almafuerte existe una luz que nunca se apaga y que alumbra hasta en el calvario; es el ideal, fuerza que impulsa a la ascensión, y alguna vez el poeta confunde ese ideal, esa luz, esa fuerza con la mujer querida:
«Es la lámpara votiva del santuario
que fulgura dulcemente,
¡que derrama dulcemente, tiernamente,
sus bondades luminosas en la cruz de mi calvario!»
¿Y cómo no había de ser así?
¿Acaso es posible realizar alguna gran obra sin amar a una mujer? ¿Acaso se concibe que el hidalgo aquél que «santificara todos los caminos con el paso augusto de su austeridad», hubiera defendido a los débiles y levantado la enseña del ideal, sin su amor a Dulcinea?
Pero dejemos la vida íntima del poeta, que amó—y de eso no hay duda—porque fué caballero de grandes empresas, y, sabido es, pues lo dijo Don Quijote a Vivaldo, que tan propio y natural les es a los tales amar, como al cielo tener estrellas, y que a buen seguro no se habrá visto historia donde se halle caballero andante sin amores...
Un crítico que amaba profundamente al maestro, Más y Pí, respondiendo quizá a una tendencia de su espíritu, al estudiar la evolución del poeta, incurrió en el error de sostener que, fracasado el ideal de patria, surge en Almafuerte el de humanidad, para después llegar al refugio de su reino interior, donde el escepticismo contamina el alma.
Ya hemos visto cómo en el poeta eran compatibles los conceptos de patria y humanidad, así como en los profetas, patriotas austeros que a la vez propagaban un principio de universalidad que fué fecundo en la historia.